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| SI A LA PAZ |
EL DISCURSO DEL MIEDO
Joaquín Tamames
La opinión pública occidental que se ha manifestado en contra de una intervención
militar en Irak sin el acuerdo unánime del Consejo de Seguridad de la ONU expresado en
una nueva resolución, debe en mi opinión ser escuchada y tenida en cuenta por los
gobiernos de los Estados Unidos y de sus aliados.
Estados Unidos llega a este conflicto sobre Irak con una enorme pérdida de su legitimidad
moral debido a un cúmulo de circunstancias bien conocidas entre las que destaco tres: su
decisión sobre Irak que contrasta con su voluntad al diálogo con Corea y con otros
países poseedores de armas de destrucción masiva, su falta de voluntad política para el
desarrollo hasta sus últimas consecuencias del Tratado de No Proliferación Nuclear, y,
fundamentalmente, su previo apoyo a individuos que, como Saddam Hussein y Bin Laden, basan
su estrategia política en la dictadura y el terror. Como se ha recordado hasta la
saciedad en las últimas semanas, Irak invadió a Irán en 1980 a instancias o con el
beneplácito de Estados Unidos, que en aquellos años suministró muchos de los
componentes necesarios para producir armamento bacteriológico.
Desde la tragedia del 11-9, que fue un atentado no sólo contra los Estados Unidos sino
también contra la Humanidad, el gobierno de los Estados Unidos ha venido recurriendo al
discurso del miedo, alimentado por un sinfin de incidentes, desde los oscuros episodios
del antrax de aquel otoño hasta las últimas advertencias en Davos, hace una semana, del
Secretario de Estado de Salud estadounidense, Tommy Thomson, respecto de la inevitabilidad
e inminencia de un ataque bioterrorista a gran escala. Por supuesto que la amenaza
terrorista es brutal, como lo demuestra la masacre de Balí del otoño pasado, y que es
nuestra obligación prevenir cualquier posible acto terrorista, pero la mejor prevención
en el corto plazo es que los millonarios (en personas y presupuestos) servicios de
seguridad e inteligencia de los países occidentales hagan bien su trabajo en la mejor
coordinación y con el menor ruido posible, más que en el permanente bombardeo a la
población civil con espantosas amenzas contra las que no tiene defensa, y que permitan en
un momento generar la mayor aquiescencia de cara a una intervención militar como la ahora
en ciernes.
La reducción del mundo a "buenos" y "malos", que aparentemente
constituye la base de la actual doctrina exterior del gobierno norteamericano, peca de un
simplismo contra el que la opinión pública educada se rebela, tanto en Europa como en
Estados Unidos. Y se rebela porque las soluciones que se nos sugieren son más de lo
mismo: un mundo bipolar, fuertemente militarizado, un mundo de pobres y ricos, que de un
modo u otro, al margen de los permanentes conflictos locales y regionales, genera una gran
guerra cada 10 ó 15 años, con la particularidad de que en la prevista guerra contra Irak
no está en principio excluido ningún medio para alcanzar los objetivos, armamento
nuclear incluido. Y efectivamente, las guerras en determinados círculos del poder son
hasta bien consideradas porque contribuyen a un desarrollo tecnológico sin precedentes,
como el que tuvo lugar en la II Guerra Mundial, y en ciertos casos alimentan la maquinaria
económica. El argumento de que el hombre es un lobo para otro hombre se perpetúa de este
modo, sin esperanza de ruptura. Y el riesgo de sentar un precedente que una vez fuera de
control pudiera poner al mundo al borde del holocausto nuclear vuelve a darse, como en los
años más tensos de la guerra fría. Y los que plantean ese riesgo son la primera
potencia mundial y el Reino Unido.
El Presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn, recordó en la Conferencia de Monterrey
de la pasada primavera, la responsabilidad de todos los países desarrollados en la
perpetuación de la violencia que lleva a la miseria a tantas partes del tercer mundo
cuando afirmó que los países ricos son responsables del 90% del valor multimillonario
del comercio de armas en el mundo, de las armas que están contribuyendo a los
mismos conflictos que nosotros decimos condenar y en cuya eliminación debemos gastar más
dinero. He aquí el origen del problema al que nos enfrentamos ahora, y los
problemas no pueden ser resueltos definitivamente si no se ataca su raiz. Y en este
apartado de suministradores de armas (de destrucción masiva o no) juegan un papel
también importante muchos países europeos, incluida España y por supuesto Francia.
Los muchos admiradores de la Gran República Americana (como la definía Winston
Churchill) nos resistimos a que los defensores de la doctrina de la guerra preventiva
comparen la actual situación en Irak con la de la Crisis de Munich de septiembre de 1938,
de la que Neville Chamberlain volvió a Londres con el mensaje de paz para nuestro
tiempo a partir del pobre compromiso escrito arrancado a Hitler en el último
momento. Más bien, como han puesto en la mesa destacados columnistas, nos parece que la
situación actual tiene más que ver con el fiasco de Suez de 1956, en el que un
obsesionado Anthony Eden quiso ver en cada movimiento del contrario una repetición del
Munich de 1938, con los resultados ya conocidos. Y en esta admiración por la Gran
República, traemos a colación al Presidente Roosevelt, que cuando acuñó la Doctrina de
las Cuatro Libertades se refirió con énfasis a la cuarta de ellas, la libertad respecto
del miedo, que expresada en términos prácticos significa la reducción del nivel de
armamentos en el mundo hasta tal punto y en tal forma que ninguna nación se encuentre en
disposición de cometer un acto de agresión física contra ningún vecino, en ninguna
parte del mundo.
Para cerrar, unas palabras del Dalai Lama que me parecen especialmente oportunas en estos
días de militarización masiva y en los que, efectivamente, en violación del derecho
internacional, tropas estadounidenses operan ya en el norte de Irak: En la Biblia
hay un versículo maravilloso sobre la conversión de las espadas en rejas de arado. Es
una imagen hermosa: un arma transformada en una herramienta al servicio de las necesidades
humanas básicas, una imagen simbólica de una actitud de desarme interior y exterior. Con
el espíritu de ese mensaje bíblico, creo que es importante que hoy en día resaltemos el
carácter de urgencia de una política que ha sido demorada largo tiempo: la
desmilitarización del planeta entero (Responsabilidad universal y ecología
global).
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