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| SI A LA PAZ |
LA GUERRA Y LA PAZ
Carlos Montemayor
Hermanas y hermanos de México y del mundo: este día nuestra voz tiene la fuerza de
innumerables millares de voces. El día de hoy nuestras manos se enlazan con millones de
manos en el mundo. Hoy nuestra palabra vibra en muchos idiomas y se desprende de
incalculables millares de labios.
Nuestros pasos han recorrido e inundado hoy ciudades de Medio Oriente, Europa, Africa y
de nuestro inmenso y herido continente. Nos enlazamos con la palabra, las voces y las
manos a los hombres y las mujeres del mundo. Es la fuerza de la paz. Es la fuerza de los
pueblos.
Desde este Angel de la Independencia venimos a decir ¡no! a la guerra que un puñado
de gobernantes estadunidenses quiere volcar sobre Irak. No es una guerra del pueblo de
Estados Unidos. Jóvenes, ex militares, profesores, trabajadores, intelectuales, cinco mil
poetas y alcaldes de 90 ciudades de Estados Unidos han dicho no a esta guerra. Tampoco la
desean los pueblos de Inglaterra, España, Italia o Turquía. Es la guerra no de los
pueblos, insisto, sino de un puñado de gobernantes que a nombre de los pueblos, que a
nombre de la vida, de la libertad, de la justicia, quieren acabar con nosotros, acabar con
nuestros pueblos, destruir la vida, la libertad, la justicia. Venimos a decir: "¡no
a esta guerra, no en nuestro nombre!"
Este grupo de gobernantes cree que no tenemos memoria. En los años ochenta, dos años
después de que aviones israelíes destruyeron el reactor Osirak, eje del programa nuclear
iraquí, el entonces presidente Ronald Reagan envió como representante personal ante
Saddam Hussein al joven político Donald Rumsfeld. Llegó el ahora secretario de Defensa
hace 20 años a Bagdad para renovar las relaciones diplomáticas, militares y comerciales.
Un apoyo peculiar, a partir de ese momento, estuvieron brindando a Hussein los gobiernos
de Ronald Reagan y George Bush padre: dinero y las materias primas necesarias para iniciar
la producción de armas de destrucción masiva. El enemigo del momento para los
gobernantes de Estados Unidos no era Irak, pues, sino Irán. Entre los años de 1985 y de
1988 los gobernantes estadunidenses aprobaron el envío a Irak de 70 provisiones de
microorganismos, entre ellos la bacteria ántrax. La familia Bush y políticos como Donald
Rumsfeld recuerdan hoy la ayuda que prestaron a Sadam Hussein hace más de veinte años en
materia de armas químicas, biológicas y nucleares. A los gobernantes de Estados Unidos
les sucede lo que a las mejores familias de la mafia: sus mejores amigos de ayer son sus
peores enemigos de hoy. Ayer, Osama Bin Laden fue un héroe para Reagan en la lucha de
Afganistán contra los soviéticos; hoy es la cabeza del terrorismo mediante el cual
justificó Bush la invasión de Afganistán. Ayer, ayudaron a Saddam Hussein para que
iniciara la producción de armas de destrucción masiva; hoy quieren derrocarlo e invadir
Irak por haber aceptado esa ayuda.
Estados Unidos necesita para su consumo doméstico la cuarta parte del mercado mundial
del petróleo. Las mayores reservas de petróleo se encuentran en yacimientos de Medio
Oriente, en particular de Arabia Saudita y de Irak. En otras palabras, no era necesario
para Estados Unidos comprobar a plenitud los nexos de Afganistán ni de Al Qaeda con los
atentados en Nueva York y Washington, ni ahora comprobar los nexos de Hussein con Al Qaeda
ni confirmar la producción iraquí de armas de destrucción masiva, sino asegurar por
cualquier medio el control militar, político y económico del petróleo de esa región.
Es decir, a ese puñado de gobernantes estadunidenses no le basta la seguridad comercial,
la amistad internacional, el libre mercado de los hidrocarburos, el respeto a la vida de
los pueblos ni el estatus de socios comerciales, sino el control militar y económico
total.
Por eso deciden plantear al mundo una guerra nueva, diferente, que bajo el concepto de
lucha contra el terrorismo les autorice a definir los espacios, países, gobiernos,
dirigentes y movimientos sociales que tendrían derecho a existir o merecerían la guerra.
Este reajuste político y militar no constituye tampoco una propuesta de solución ni de
mejoramiento de las condiciones sociales, económicas, políticas o militares de los
pueblos que habitan las zonas designadas como ejes del mal, sino solamente una
recomposición militar de acuerdo con los intereses de los gobernantes de Estados Unidos y
de los grandes consorcios petroleros. El poder que ha vencido en la guerra fría no se
propuso construir una nueva paz entre los países, no se ha propuesto construir un mejor
ser humano; desea encontrar nuevos enemigos y justificar nuevas injustificables guerras.
Es aquí donde la voz solidaria de los pueblos del mundo se convierte en la conciencia de
los pueblos del mundo. Esta conciencia, que es la paz; esta fuerza solidaria con que se
construye la paz, ha venido a decir hoy, aquí, ¡no a la guerra!
No a esta guerra de un puñado de gobernantes estadunidenses que ha desafiado y
presionado a la ONU para que convalide su intención de invadir Irak a fin de controlar
las reservas petroleras del Medio Oriente sin que importen las pérdidas humanas ni las
devastadoras consecuencias ecológicas y económicas que ocasione al mundo. Nos oponemos a
esta guerra por los millones de muertos y desplazados que se generarán en Irak y en toda
la región; por la catástrofe que implica la guerra despiadada y porque desencadenará
nuevos actos de terrorismo. Un ataque unilateral destruiría el derecho internacional, el
multilateralismo de las relaciones internacionales y la existencia misma de las Naciones
Unidas.
Los gobernantes estadunidenses se han erigido como protectores y jueces del mundo.
¿Quién los nombró? ¿En qué votación democrática pedimos su protección? ¿Quién
les dijo que pueden juzgar a quienes quieran y no ser juzgados por nadie? ¿Con qué
calidad moral dedican miles de millones de dólares al diseño y producción de armas de
destrucción masiva y cuestionan a otro país por hacerlo a sabiendas de que ellos mismos
lo indujeron a hacerlo? ¿Con qué calidad moral los que bombardearon inecesariamente
Hiroshima y Nagasaki y arrojaron napalm en Vietnam pretenden devastar a un país
debilitado por 13 años de embargo meses después de haber invadido al país más pobre de
la tierra, como lo es Afganistán? Ningún gobierno tiene derecho a utilizar ese armamento
en contra del mundo.
Estamos aquí para advertir a la ONU que la resolución que autorice el ataque a Irak
equivaldría a legitimar el genocidio. Estamos aquí para decir a los mexicanos que es
necesario oponernos en todos los espacios posibles a esta guerra, porque también es
contra nosotros. Si hoy invaden Irak por su petróleo, ¿quién nos puede garantizar que
mañana no vendrán por el nuestro, por nuestra agua, nuestras especies, nuestro maíz,
nuestros recursos naturales? Hoy defender al pueblo iraquí es defender nuestro derecho a
la vida, el derecho de todos los pueblos a la vida. ¡Hermanos iraquíes, hermanos de todo
el mundo, no están solos! ¡No estamos solos! Nos quieren hacer creer que la guerra es
algo lejano y ajeno, pero no es así. Es un proyecto de reorganización del mundo que ha
acaparado las tierras de Brasil, militarizado Colombia e intervenido en Venezuela, que
está aniquilando y expulsando al pueblo palestino, que impide la autodeterminación al
vasco y mantiene el bloqueo al cubano. A este proyecto no le importa que el hambre y el
sida se extiendan en Africa como las peores epidemias de todos los tiempos; que Argentina
haya caído en la crisis socioeconómica más severa de su historia; que nuestro país
prosiga desmantelando su producción nacional; que se impongan leyes laborales que socavan
los derechos de los trabajadores; que se mantenga la guerra de baja intensidad y se
boicotee la autonomía indígena plasmada en los acuerdos de San Andrés, aún
incumplidos.
Los poderosos tienen planes y sus planes tienen nombre: Plan Colombia, Plan
Puebla-Panamá, Area de Libre Comercio de las Américas, Banco Mundial, Fondo Monetario
Internacional. Sólo una fuerza global anclada en las luchas locales podrá resistir y
construir un mundo distinto. Un mundo que no sólo sea el proyecto de los poderosos. Un
mundo en el cual todos quepamos y todos los mundos sean posibles.
Hay una permanente abdicación de las soberanías en materia de política económica
que los gobiernos actuales llaman modernización. Y en muchos países se confunde la
estabilidad social con la violencia institucional de la pobreza, el analfabetismo o la
desnutrición. Una nueva idea de la naturaleza del hombre y sus derechos lleva a los
gobiernos a sancionar legalmente la exclusión de trabajadores en muchas regiones del
mundo sometidos a índices de pobreza extrema o a rechazarlos bajo un estereotipo que los
deshumaniza y que usualmente se llama trabajador o migrante ilegal. La miseria extrema
cancela de manera definitiva el desarrollo intelectual, físico y político de millones de
individuos en zonas urbanas y rurales del mundo. Esta cancelación de vida plena es en
verdad equivalente a la cancelación de todos los derechos humanos.
Por ello la paz no es la ausencia de la guerra. Confundimos la paz con muchas facetas
de la violencia. Confundimos la paz internacional con el sometimiento de los pueblos, con
el nuevo colonialismo que se llama libre mercado. ¿Cuándo los pueblos del mundo
acudieron a votar democráticamente por el neoliberalismo y el libre mercado? Libre
mercado llaman los gobernantes de Estados Unidos a la expansión de los consorcios
internacionales y a la imposición de las propias reglas de esos consorcios. Llaman libre
mercado y modernización al sometimiento de pueblos y gobiernos a las reglas que esos
consorcios imponen. De tal manera que no importa la pobreza del campo mexicano ni la
pobreza de cualquier otro campo del mundo si, como aquí, se enriquecen 15 o 20 grandes
empresas. ¿Esta es la paz internacional por la que lucha el actual gobierno de Estados
Unidos? ¿Es la paz internacional por la que lucha el gobierno del cambio de Vicente Fox?
La paz es una fuerza. Es una voluntad. Es una tenacidad por construir, por vivir, por
comprender, por no renunciar a la vida, por no dilapidar ni perder el instante en que
pertenecemos a la vida y en que, ¿por qué no?, somos la vida. La paz es la tarea
difícil y plena de dignificar al ser humano, de reconocer en el otro la misma dignidad y
necesidad de vida que en nosotros. El actual sistema económico mundial va en un sentido
opuesto al de nuestra dignidad. Tiende a transformar el conocimiento y la educación en
una mercancía; no busca el saber como conquista humana, sino como conquista empresarial y
comercial.
La guerra somete, avasalla, subyuga, esclaviza, despoja. La pobreza y el sufrimiento
creciente de los pueblos del mundo no son resultado de una política mundial de paz, sino
muestra de la violencia que se expande con el poder económico de un puñado de empresas
transnacionales que se han apoderado con las armas del dinero del planeta. Y que quiere
ahora apoderarse del gas y del petróleo de Irak, de Afganistán, del mar Caspio, del
mundo entero. Quizás desde Bagdad a Libia, desde Venezuela a México.
Démosle el turno a la dignidad de la paz. Es hora de la dignidad de la vida. De la
dignidad del mundo. Esta red de resistencia ya se escucha hoy. Se oye en este Angel de la
Independencia. Se escucha en las ciudades que hoy protestan en nuestro país: Guadalajara,
Monterrey, Cancún, Cuernavaca, San Cristóbal de las Casas, Ciudad Juárez, Tijuana,
Puebla, muchas otras.
Esta red comienza a hablar y a escucharse en Francia, Alemania, Estados Unidos, Egipto,
Australia, España, Italia, México. Esa red de resistencia grita ahora:
¡No a la guerra! ¡No al neoliberalismo!
Sí a la paz que nos torne dignos, constructivos. Sí a la paz que nos deje nacer,
crecer, comer, brindar, amar, cantar, pensar, reír, envejecer, descubrir, comprender.
Esa red grita muy fuerte a los poderosos, pero sobre todo a nosotros mismos: ¡otro
mundo es posible!
Discurso pronunciado el 15 de febrero de 2003 con motivo de la marcha "No a la guerra, no en nuestro nombre"; reproducido de La Jornada (México).