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| SI A LA PAZ |
VELA DE ARMAS
Manuel Castells
Sólo un cambio de régimen en Iraq podría evitar la guerra. El derrocamiento de Saddam Hussein ha sido el objetivo de la Administración Bush desde el 12 de septiembre del 2001, y las cambiantes peticiones de desarme son simplemente el método para conseguir el aval de Naciones Unidas y disminuir el costo político de la operación. Incluso un exilio de Saddam no evitaría una ocupación temporal de Iraq por tropas americanas y británicas para desmantelar lo que queda del potencial militar de Iraq y asegurar el orden y el petróleo. En cualquier caso, la campaña de Iraq es el principio de un largo proceso de reorganización geopolítica mundial, dirigido a garantizar la seguridad de Estados Unidos y sus aliados frente a las redes terroristas, las revueltas sociales y los estados capaces de desarrollar y transferir armas de destrucción masiva y que no se sitúan en la esfera de influencia estadounidense. Entramos, pues, en un proceso de guerra intermitente, con distintas formas e intensidades.
En esa guerra, los aficionados a jugar a los soldaditos no lo tendrán fácil para poner banderas en un mapa. Porque la guerra del siglo XXI no se juega en términos de grandes unidades blindadas avanzando en frentes continuos: tales movimientos, cuando se producen, son la manifestación de que la guerra ya se ha ganado en el aire y en las mentes. Las guerras de nuestro tiempo dependen de dos armas: la capacidad tecnológica y la capacidad de influenciar a la opinión pública. Estados Unidos y sus adláteres tienen supremacía en la primera, pero están perdiendo la batalla, aun antes de empezar, entre la gente. Saddam no tiene ni una ni otra: los iraquíes no están dispuestos a morir por él, aunque probablemente acabarán sepultados por nuestras bombas y por tanto la causa de muerte les será de importancia relativa. Saddam es un déspota sanguinario y cínico, pero no un estúpido.
Por lo que es poco probable que utilice las armas químicas o bacteriológicas que le
puedan quedar de las que le transfirió Occidente: sabe que sólo la opinión pública
mundial le puede salvar. De ahí la táctica de atrincherarse en Bagdad y esperar que los
daños colaterales se conviertan en imágenes sangrantes.
La guerra que se inicia, con Iraq como escenario de horror, es pues un conflicto entre una tecnología militar al servicio de una doctrina de seguridad y la oposición popular mundial a esa estrategia política. Pero esa oposición tiene elementos muy distintos e incluso contradictorios. El primero son las redes terroristas globales, para las que Al Qaeda es más un símbolo de identificación que una estructura operativa, aunque todavía guarda alguna capacidad de destrucción y muerte. El segundo es la revuelta latente entre los sectores populares del mundo islámico, reaccionando a la humillación permanente de la ilegal ocupación israelí de Palestina y cuya indignación con sus propios gobernantes en caso de invasión de Iraq puede ser difícil de contener. El tercero es la opinión pública mundial, en particular en Europa y Estados Unidos, que puede movilizarse contra una guerra unilateral, realizada sin consenso de Naciones Unidas, en un momento en que la política francesa parece dar resultados en términos de desarme.
Ésos son los verdaderos contrincantes en esta guerra. El principal campo de batalla son los medios de comunicación, y el objetivo final, la traducción de los estados de opinión en la opinión de los estados. Quién puede ganar en ese objetivo dependerá de la importancia de los posibles atentados terroristas, que podrían volver a atemorizar al mundo, de la magnitud de los masacres de civiles en Iraq y que pueden revolver nuestras conciencias, y de la rapidez con que se ocupe Bagdad, puesto que una guerra relámpago relanzaría la economía y restañaría el espejuelo de la prosperidad bursátil. Éstos son los datos de fondo de una guerra que sabemos cómo y por qué empieza, pero que no sabemos a dónde nos conduce.
Publicado en La Vanguardia, España, 8 marzo 2003.