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AÑO CERO DEL NUEVO ORDEN MUNDIAL
Miguel Ángel Bastenier
Seis meses después de los atentados del 11 de septiembre, es más nítida la
realidad del peso de una sola superpotencia en el mundo. Lo dice el Alto Representante
para Asuntos Exteriores de la Unión Europea, el español Javier Solana. En todo lo que
llevamos de guerra de Afganistán -lo justo para ganarla y situar a un régimen
complaciente en Kabul-, Estados Unidos ha empleado sólo siete horas de su presupuesto
militar anual. ¿Qué hará con los restantes 364 días y 17 horas? ¿Cuántos minutos, o
días, harían falta para borrar a las Farc de la faz de la tierra, suponiendo que,
primero, las encontraran?
Esa es la medida, aritmética para que nadie se confunda, de la verdadera hegemonía
americana que estamos empezando sólo ahora a experimentar. Podía legítimamente creerse
que E.U. era una gran superpotencia al término de la II Guerra Mundial, aunque para
tranquilidad de muchos aparecía a su vera la Unión Soviética; comprobamos los límites
de ese poderío cuando la guerra de Corea concluyó en 1953, a lo sumo con una victoria a
los puntos de Washington, que se tuvo que conformar con salvar al régimen dictatorial de
Seúl; algunos pensaron en los años 60 que la aparición del guevarismo en América
Latina era la primera campana alborozada que tocaba a muerto por una supremacía que
tantos, sin ser por ello comunistas, resentían; y esos mismos se convencieron de que el
reino de la felicidad socialista universal estaba a la vuelta de la esquina, cuando se
hacía evidente que E.U. había mordido el polvo en Vietnam.
Un historiador profesional y competente, Paul Kennedy, hasta lo teorizó en un volumen
de mucho éxito: The Rise and Fall of the Great Powers. Como el romano en su día, el gran
imperio norteamericano estaba, según el autor, irremediablemente carcomido por su
desmesura y sólo entonces, en los años 80, empezaba el mundo a darse cuenta. Japón
acumulaba, uno tras otro, superávit monstruosos ; la comunidad europea se preparaba para
el gran salto hacia adelante de Maastricht ; China daba zancadas de gigante con Deng
Xiaoping ; y la Unión Soviética, que si es verdad que desde que Gorbachov se había
empeñado en hacer que el país funcionara, comenzaba a mostrar lo mal que funcionaba, no
dejaba, sin embargo, con su muestrario nuclear, de montar la geométrica guardia de la
bipolaridad.
Y todos vivían -vivíamos- en un craso error. Moscú tuvo el mal gusto de suicidarse
sin advertir con la debida antelación al planeta, en diciembre de 1991, y eso ya tenía
que ponernos sobre la pista de que aún más portentosos acontecimientos se avecinaban. El
consuelo inicial consistía en que, si hasta entonces había habido dos atlantes que
sostenían el globo sobre sus anchas espaldas, ahora quedaba uno solo, y aunque eso era
peligroso para el resto de la humanidad, esa tarea, se afirmaba, era demasiado sobrehumana
para que pudiera acometerla un superpoder en solitario; el esbozo de unipolaridad que Bush
el Viejo trataba de acreditar con la guerra del Golfo ese mismo año debería encontrar
pronto, se barruntaba, sus límites en la realidad de un mundo complejo, distante,
contradictorio, donde el concurso de unos cuantos poderes, aunque menores, sería tan
necesario como para hacérselo pensar dos veces a Washington antes de cometer ciertas
barbaridades.
El resultado de la guerra casi daba la razón a esos puntos de vista. La victoria
militar había sido inexpugnable, pero a Washington le había faltado estómago para
llevar el éxito hasta sus últimas consecuencias. Los marines no tomaron Bagdad por temor
a que hubiera que combatir, a que los iraquíes decidieran defenderse en lugar de correr
bajo las bombas en las sendas invisibles del desierto. E.U. bajo Bush el Viejo, quería
sin duda la victoria final, pero bastante gratis, lo que le daba al resto del mundo un
margen de maniobra.
A fin de los 90, la impotencia de la Unión Europea 'obligó' a Washington a tomar cartas en el avispero de los Balcanes y en 78 días de bombardeos convenció a Milosevic de que era mejor rendirse a esperar a que la Nueva Yugoslavia se le convirtiera en un lote baldío. E.U. había empleado ya en una proporción relativamente significativa las 'armas inteligentes', aquellas que parece que sólo hay que decirles 'busca' y liquidan al enemigo sin arrugarle una pestaña al vecino de al lado. Pero seguía habiendo resquicios que permitían decir que otra cosa habría sido una operación terrestre, que si se hubiera tratado de ocupar Yugoslavia, la cosa habría sido otro cantar.
Superpotencia única
La guerra de Afganistán, en cambio, ha puesto fin a toda esa especulación
bienaventurada. Desde el aire, por primera vez en la historia, se ha ganado una guerra
-aunque es verdad que las bombas aún no han aprendido a capturar a Bin Laden- puesto que
la Alianza del Norte sólo ha hecho que recoger cadáveres, atraillar prisioneros muertos
de miedo, torturar adversarios y aceptar un Gobierno en Kabul, que dirige el Versace de
los estadistas internacionales, un tal Ahmed Karsai, a condición de que no tenga poderes
más que sobre el jardín presidencial. Pero un Afganistán que no exista como poder, con
talibanes o sin ellos, también sirve a los designios de la única superpotencia que hoy
domina el mundo.
Y esa ruptura tecnológica y militar, que pone hoy a E.U. en condiciones de derrotar a
una coalición de todos los restantes poderes del planeta, sin necesidad siquiera de
recurrir a las armas nucleares, le ha venido a tocar a un presidente republicano de luces
no excepcional, rodeado de un equipo de asesores que se siente como aquello que escribió
Nietzsche una vez de la España imperial, "un día -los españoles- enloquecieron y
lo quisieron todo".
Esa fenomenal situación de ventaja para Washington se da en un momento histórico
también muy característico. La derecha-derecha republicana, que no había estado nunca
propiamente en el poder, necesitaba para medrar -el padre Bush no habría servido porque
era modelo Brahmin de Boston, y, por tanto, demasiado prudente- a alguien del estilo de
Bush el Joven, tejano petrolero con título, aliado todo ello a una circunstancia fortuita
como ha sido el atentado del 11 de septiembre, para sacar un plan imperial que tenía
guardado en los sótanos de alguna de sus fundaciones de política exterior. Y ahí se
opera una conjunción de intereses entre un presidente que anda muy mal de geografía y
peor de historia, pero con temperamento de cowboy, dado a disfrutar de las situaciones en
blanco y negro -"todo el que no esté con nosotros está contra nosotros"- que
quiere comprarse una política exterior y un equipo de gobierno que se la vende
'ready-made', al tiempo que proclama el gran triunfo universal de la virtud y de la
prosperidad norteamericanas.
Hoy estamos asistiendo, con una gran premiére en Palestina, a la puesta en escena de
un Nuevo Orden Mundial. Aquello que se predicaba cautamente, de nuevo en los tiempos de
Bush el Viejo, sobre la base de una cuidadosa construcción en la que E.U. ocupaba el
vértice superior de la pirámide, pero, escalonadamente, debía contar con toda una serie
de caballeros feudales que prestaban servicios y recibían beneficios, se ve ahora
sustituido por un dibujo mucho más elemental en el que, sin apenas esconder las cartas,
el vicepresidente Dick Cheney deja muy claro lo que necesita de sus antiguos pares y hoy,
a lo sumo, asalariados: "para cada misión decidiremos la coalición que
corresponda".
Eso quiere decir que no habrá que dejarle a deber nada a nadie más que
esporádicamente, y que la nómina de lugartenientes imperiales se verá compitiendo entre
sí, para que se les incluya a cada uno el mayor número de veces posible en los equipos
de salvamento y rescate de la cristiandad occidental. Colombia tiene ahora, por ejemplo,
la oportunidad de que la dejen contribuir a la extinción del fenómeno narco-guerrillero,
aunque en este caso esté menos claro cómo tanta tecnología va a servir para despiojar
la selva de enemigos.
El caso clásico y puerta del futuro es el de Oriente Próximo, donde un equipo gubernamental, es verdad que cuajado de judíos sionistas pero también con una mayoría de protestantes de toda la vida, ha aceptado, al menos de momento, a Ariel Sharon -lo que no quiere decir que no prefirieran un prototipo menos llamativo- para redondear el dominio de los Estados Unidos en las tierras y los mares infestados de petróleo, aunque eso haga imposible la paz en esa parte del mundo.
Europa qué
Y ¿dónde queda en todo esto Europa ? Para responder habría primero que encontrarla.
La Unión Europea no es ni parece que vaya camino de convertirse en un Super-Estado -mala
suerte para América Latina-, sino una agrupación de intereses desunidos y lo bastante
débiles como para que E.U. pueda arbitrar imperialmente entre ellos. El caso de Oriente
Próximo es de nuevo paradigmático porque, cuando había un semiconsenso en torno a
Francia de lanzar un plan de paz para el conflicto: un comedidísimo reconocimiento de la
independencia palestina para salvar a Arafat y, quizá, obligar a Israel a negociar,
Alemania por un pasado de todos conocido que hace a la nación judía intocable, Gran
Bretaña porque todos los grandes caballeros necesitan un escudero, y Holanda porque
siempre ha sido el país europeo más filosionista, están, como mínimo, demorando que
alguien pueda hablar en nombre de la comunidad europea.
Esto es lo que está pasando; que a golpe de unilateralismo, arrogancia -'hubris' se
llama en inglés- fuerza y convicción absoluta de hallarse en posesión de la verdad, se
está cincelando con la piqueta y el escoplo más que la lima y el cortauñas, el Nuevo
Orden Mundial. El imperio ha vuelto.
Miguel Ángel Bastenier es
Subdirector del diario EL PAÍS de Madrid
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