OPINION


LA GLOBALIZACION Y EL CAPITALIMO SALVAJE

 

Fernando Henrique Cardoso


La discusión sobre los problemas de la globalización parece ser simple y compleja a la vez. En cierto sentido, todos sabemos y sentimos de cerca lo que es la globalización. De una u otra forma, todos terminamos teniendo contacto próximo con Internet, con las nuevas tecnologías, con el crecimiento del comercio y de las finanzas internacionales, con la mundialización de las cadenas productivas o con la información que circula por el mundo en tiempo real o casi.

Por otra parte, cuando reflexionamos un poco más, nos damos cuenta de que, en realidad, se trata de un fenómeno multifacético, que engloba tendencias que exigen un mayor esfuerzo de comprensión, para poder actuar y responder a los nuevos desafíos.

Para los llamados países emergentes, la globalización significó un mayor acceso a los flujos de capitales extranjeros. Brasil, por ejemplo, recibió a lo largo de los últimos años cerca de 30.000 millones de dólares estadounidenses al año, por término medio. Al mismo tiempo, nuestra inserción en un mercado financiero globalizado nos acarreó dificultades, como las crisis de México en 1994-1995, de Asia en 1997 y de Rusia en 1998. La volatilidad de los flujos de capitales nos colocó ante el problema, antes desconocido o menos relevante, de un contagio entre las economías.Lo que pasa en el sudeste asiático afecta al desarrollo de la economía brasileña a través de mecanismos que reflejan, a menudo, reacciones irracionales del mercado, como el llamado «comportamiento de rebaño».

Es cierto que, con las nuevas tecnologías y con la ampliación de los intercambios internacionales, la globalización creó oportunidades sin precedentes de democratización de la riqueza y del bienestar.Al mismo tiempo, sin embargo, creó o agravó las asimetrías que mantienen bloqueadas las oportunidades de desarrollo.

Además del problema, ya mencionado, de la volatilidad de los capitales, que es causa de inestabilidad y turbulencias en las finanzas internacionales, se producen graves asimetrías en el comercio mundial. Se liberalizó el intercambio comercial, pero los países más ricos mantienen un aparato proteccionista basado en subvenciones, en reglas anti-dumping y en todo un conjunto de medidas que distorsionan el comercio y reducen la capacidad de los países en vías de desarrollo para participar en los beneficios del proceso globalizador.

En la Ronda Uruguay, por ejemplo, se avanzó mucho en algunos sectores (manufacturas, servicios, propiedad intelectual), y no tanto en otros, como la agricultura, que es de suma importancia para Brasil y para otros muchos países emergentes.

Además, al mismo tiempo que se profundizaba, a un ritmo acelerado, en la internacionalización de la economía, no se ponían en marcha mecanismos eficaces de coordinación y de gobierno en el ámbito internacional. Tal vez el único avance más significativo registrado en los últimos años a este respecto haya sido la creación del G- 20. Pero eso fue apenas un primer paso.

Como ya ocurrió también en otros momentos históricos, la política va por detrás y muy por detrás de la economía. Uno de los resultados de esa dinámica es la percepción de que existe, hoy en día, un déficit de democracia y de ciudadanía a nivel internacional. Los individuos se ven afectados de forma cada vez más directa en su trabajo y en su vida personal por hechos que pasan fuera de las fronteras de los países donde viven. Es, pues, legítima la aspiración a participar en las decisiones que contribuyen a regular el mercado internacional.

Las manifestaciones que se están produciendo con motivo de las cumbres de alto nivel relacionadas con el tema de la globalización demuestran que existe un profundo sentimiento de insatisfacción.La falta de coordinación entre la política y la economía contribuye a difundir la percepción de que, en la globalización, los mercados lo son todo y los individuos, nada.

Es esencial que los que tienen la responsabilidad de tomar decisiones sepan separar la paja del trigo. No hay duda alguna de que la globalización provoca problemas y desafíos. Eso no significa, con todo, que la globalización sea únicamente una amenaza, una pesadilla, y que no podamos aprovechar las oportunidades que nos brinda.

La globalización no puede ser sinónimo de fundamentalismo del mercado. No puede ser sinónimo de capitalismo salvaje de dimensiones globales. Si fuimos capaces de crear mecanismos, no para sofocar sino para orientar los mercados para que funcionen de forma más eficaz, más estable y, sobre todo, más justa, tendremos mucho que ganar con la inserción de los países en vías de desarrollo en los flujos de capital, mercantiles, tecnológicos e informativos que hoy se procesan a nivel internacional.

Los países de Latinoamérica han hecho avances importantes que los colocan en condiciones de hacer frente, a pesar de todas las dificultades, a los desafíos de la competencia internacional y de la economía del conocimiento. Hemos abierto nuestros mercados de una forma significativa. Avanzamos en la integración, en varios organismos regionales, como Mercosur, la Comunidad Andina y el Mercado Común centroamericano. Al mismo tiempo, estamos comprometidos en un proceso de asociación más profunda con la Unión Europea.

Reunimos excelentes condiciones para competir en el ámbito internacional.Pero para ello, necesitamos condiciones más simétricas y más justas en la economía internacional, sin las cuales corremos el riesgo de que el resultado de la globalización no sea el desarrollo sino la exclusión.

No podemos permitir que pase algo así. De ahí que ésta tenga que ser una preocupación central en las discusiones relativas a los diversos niveles de gobernabilidad en el ámbito global: en las negociaciones con la Organización Mundial de Comercio (OMC), en los esfuerzos de perfeccionamiento de la arquitectura financiera internacional y, de una forma general, en la coordinación de iniciativas de cooperación para el desarrollo, que no pueden dejar de prestar una atención especial a los países más pobres, especialmente a los de Africa.

Es necesario recordar que el objetivo que da sentido a la ampliación del comercio y de los flujos financieros internacionales no es sólo el de aumentar la riqueza, sino también el de eliminar la pobreza. Sin la conciencia de ese doble objetivo, no habrá justicia ni desarrollo.

En el plano político, la existencia de problemas de alcance global, como el terrorismo, acentúa los desafíos de la gobernabilidad internacional, una preocupación que aumentó después de los trágicos acontecimientos del día 11 de septiembre en Estados Unidos.

Los países latinoamericanos pueden y deben contribuir de una forma importante al esfuerzo de creación de mecanismos políticos capaces de garantizar que la globalización no sea sólo de los mercados, sino también y sobre todo de la democracia y de la ciudadanía.

 

Fernando H. Cardoso, sociólogo, actual presidente de Brasil. Publicado el 7 diciembre 2001, en el diario El Mundo (España).

 

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