MIRADA IMPERTINENTE

 Columna de José da Cruz

 17 de Enero 2006

 

UN RECUERDO HISTÓRICO

 

El país acababa de salir de un período de varios años caóticos, conocido como la Anarquía Militar. La situación era un desastre: los agricultores abandonaban el campo aplastados por contribuciones y tributos, las fuerzas armadas consumían enormes recursos, la inflación anulaba los salarios y las devaluaciones de la moneda se sucedían. La minería, el comercio, la industria y la artesanía sufrían desde hacía años una gran contracción productiva.

Con los ingresos que recibían los funcionarios del Estado y los sectores modestos de la población no alcanzaba para comprar ni siquiera lo más necesario para subsistir. Un documento oficial comentaba que: "Los precios de las cosas que se compran en el mercado o que se traen cada día a las ciudades, han sobrepasado todos los límites, de tal suerte que el afán desatado de ganancia no se atempera ni por las cosechas abundantes, ni por el excedente de mercancías..."

Nadie quería recibir la moneda ya tan devaluada, y parte de los salarios militares se pagaban en especies que los soldados vendían para obtener numerario. La especulación con los productos era extendida y también lo era el malestar general. Entonces las autoridades tomaron una medida suprema: tope de precios. Se publicó una lista de mil artículos que a partir de ese momento tenían un precio máximo, se fijaron también topes salariales y se establecieron penas drásticas para quienes no respetaran la disposición.

Si usted, lector o lectora, piensa que esto sucedió en la América Latina de los años de 1970, y que quien firmaba esos documento oficiales era Domingo Cavallo o Martínez de Hoz, entonces logré mi objetivo de engañarlo modestamente: lo que relaté sucedió en realidad en Roma a comienzos del siglo II, bajo el emperador Diocleciano.

Efectivamente, en 301 el emperador firmó un edicto sobre sueldos y precios del que hasta hoy se conservan copias. En aquellos tiempos no se andaban con contemplaciones: su contravención significó la pena de muerte y muchos especuladores perdieron la vida. Como Diocleciano además se dedicaba a la cacería de cristianos, a lo mejor estas muertes no se notaron demasiado. Tal cacería estaba justificada pues, como opinaba Demetríades, los dioses, a causa de los cristianos, habían desamparado al imperio y producido esos males económicos. La culpa siempre la tiene el otro...

Ustedes se preguntarán en qué terminó el asunto este del decreto. Pues bien, digámoslo de una buena vez: terminó en un fracaso. El mismo Estado rompió las reglas, pues compró oro a Egipto a un precio diez veces superior al que había fijado. A pesar de los ajusticiamientos, la gran ocultación de mercancías y una multitud de acaparadores y revendedores elevaron rápidamente el precio de los artículos de primera necesidad.

Una de las causas para el decreto que comentamos, indican los historiadores, fue el intento de favorecer a los más pobres pero estos resultaron ser los más perjudicados. Ante esta experiencia cambió el signo de la política, y al parecer cambió para siempre: el próximo emperador, Constantino, legisló desde un principio para favorecer a los más ricos. Ah, en cuanto al cristianismo, lo convirtió en religión oficial. Nihil novum sub sole.


Basado en "Inflación, subida galopante de los precios y devaluaciones de la moneda al final del mundo antiguo", artículo de José María Blázquez Martínez en Antiqua, disponible en http://www.cervantesvirtual.com/proyectoES/BIMICESA.shtml

 

José da Cruz es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina).

 

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