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RECORTE Y PEGUE
José da Cruz
La maestra manda a sus alumnos un trabajo sobre las fanerógamas; ellos consiguen acceso a Internet, bajan un par de páginas, las imprimen, las pegan en sus carpetas y chau, a otra cosa. Se supone que han hecho un trabajo sobre las fanerógamas. Claro, es mejor que hagan eso a que no hagan nada. ¿Por qué lo hacen? Lo hacen porque el sistema educativo los obliga a presentar un resultado, fácil y rápido. Todo debe ser medido y pesado, y por lo tanto mensurable; el éxito también. La presión por el rendimiento y las clasificaciones es generalizada. Hay que definir, y rápido, quién es el mejor, cuáles son los tres finalistas, los 100 éxitos, las 500 empresas.
Leía por algún lado que en los hogares de la India antes se cantaba por placer pero ya no; la gente no lo hace más. El acceso a caseteras y radios se ha generalizado y los profesionales cantan “mejor” que un vecino cualquiera. Un escritor de éxito (la calidad es otra cosa) está obligado a sacar un libro por año para conformar al editor; un periodista estrella tiene que causar sensación con su nota semanal o diaria o se cae del pedestal; un buen empresario logra determinado rendimiento en cada ejercicio contable, o prepara su cabeza pues rodará en la próxima asamblea de accionistas.
Hay que luchar, ser efectivo, defenderse sin pausa; el fin más o menos justifica los medios. La producción que se espera de un profesor universitario en carrera a veces pasa por utilizar trabajos de alumnos como base de elaboración de resultados investigativos, sin siquiera nombrarlos. El famoso director Costa-Gavras muestra en una película cómo un ejecutivo desempleado de la industria papelera simplemente asesina a quienes compiten con él por conseguir un puesto, y la realidad no anda muy lejos de la ficción.
El recorte y pegue es rey. Puede utilizarse y no tiene porqué ser negativo ni condenable, pero el abuso es notorio. También es notorio el abuso de la buena fe del prójimo. El dilema ético entre crear su propio trabajo o aprovecharse del esfuerzo de los demás se enfrenta a la presión del mercado, de la eficiencia, de la obligación, del rendimiento, de engordar la currícula.
El plagio no es una novedad, pero con el fenómeno de Internet se ha acelerado y facilitado enormemente. Alguien comparó a Internet con un quiosco de periódicos que una pandilla hubiera desbaratado: hay de todo y revuelto, y se trata de buscar entre la confusión de hojas sueltas y tapas coloridas aquello que nos resulta interesante. Da trabajo revolver entre las páginas, pero hay conocimientos dispersos y valiosos colocados allí por miles y miles de personas. Todo parece estar a muestra disposición; mucho, en forma gratuita. Un sentimiento de impunidad y exuberancia recorre Internet: llama al plagio.
A su vez, el hecho de que además de las manos que “ponen cosas” en la red de redes haya una miríada de ojos y oídos que las consumen, dificulta la impunidad. La cantidad de casos de plagio que salen a luz aumenta día a día; los escándalos mayores terminan en tribunales, los menores quedan en el comentario general. ¿Hasta dónde va el límite entre cita y plagio, hasta dónde entre intervención artística y plagio, entre copia y plagio? Ni los abogados se ponen de acuerdo, y la ley protege la paternidad de las palabras elegidas, no de la idea. Como señala una profesora de la Universidad de Michigan: “En nuestro ambiente hiper comercial y anti intelectual de hoy, solo las grandes corporaciones y publicaciones pueden permitirse el lujo de registrar todo con su marca de fábrica, patentarlo y reclamar derechos de propiedad literaria. Los periodistas famosos y aprovechadores, a menos que su plagio sea exacto y extenso, son protegidos”. (Susan J. Douglas. Plagiarists: Catch Your Own Clue. http://www.inthesetimes.com/site/main/article/2782/, 1 de setiembre de 2006).
Algunos, si caen en el escándalo, pierden su empleo por inventar de cabo a rabo una historia o copiar sin pudor alguno, como ha sucedido en varios periódicos de los Estados Unidos. El corresponsal cultural en Nueva York del diario sueco Dagens Nyheter no se perdía un solo evento musical... en las páginas de los diarios neoyorquinos. En nuestro medio fue famoso el reciente “traspié” de un periodista de televisión; en Argentina el de un autor de best-sellers sobre autoafirmación.
Dan Brown, el del Código da Vinci, fue acusado de plagio por quienes habían publicado un estudio con teorías similares sobre la vida de Jesucristo. En tribunales europeos se ventiló el caso de alguien que había utilizado para un libro páginas enteras de otro, pero el presunto plagiario explicó su proceder con una serie de justificaciones artísticas. Centenas de denuncias tienen lugar en los Estados Unidos, país obsesionado con la propiedad y donde cada conflicto se judicializa pues los abogados ven allí plata para ganar.
Dice Douglas que un estudio de 2005 mostró que el 70 por ciento de un universo de estudiantes universitarios encuestados reconocieron que habían hecho trampa en sus trabajos. La cosa va tan lejos que la compañía iParadigms ofrece un servicio de rastreo de plagios. El participante de un blog –firma Decampe– comenta el artículo de Douglas y recuerda que cada vez son menos los autores de libros de información que hacen sus propias pesquisas. Muchos emplean a un equipo de investigadores para controlar motores de búsqueda como Google, Dow News Retrieval o Lexis-Nexis y toman por esa vía el contenido de los trabajos de otros, lo refunden con su lenguaje y lo ofrecen como elaboración propia. Cuanto más lejana, remota y desconocida sea la fuente, mayor impunidad; cuanto más rico y exitoso sea el plagiario, mayor defensa tendrá en caso de ser denunciado. Uno no sabe para quién trabaja....
José da Cruz es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina). Publicado el 6 de marzo de 2007. Se permite la reproducción siempre que se cite la fuente.
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