MIRADA IMPERTINENTE

 Columna de José da Cruz

 18 de Setiembre 2005

 

IMAGEN DEL MUNDO

 

Salgo de la estación del Metro y en torno se extiende una plaza con fuentes y canteros floridos. Bajo de nuevo al inframundo, tomo otro tren, recorro unos minutos de túneles y llego a otra estación. Tomo la escalera mecánica y subo a la superficie: es un cruce importante de avenidas, dominado por una alta torre de oficinas; pasan varias líneas de ómnibus y abundan los vendedores de baratijas. Emprendo otro descenso, hago otro viaje y vuelvo al nivel de la tierra. Estoy en una calle anodina, con comercios de barrio; a una cuadra se ve una escuela o tal vez sea un hospital.

No puedo decir que conocí esta ciudad, pero tampoco puedo decir que no la conocí. Alguna impresión me dejó el tren subterráneo, el contacto con la gente, la visión de las escenas urbanas. Si no consulto un mapa no sabré si he recorrido treinta cuadras o diez. Es la realidad, pero una realidad engañosa. Incluso, pongámonos maquiavélicos, es posible pensar que lo que vi fueron escenografías, como aquellos pueblos felices que Potemkim construyó en cartón para satisfacer a Catalina de Rusia.

¿Y qué pasa cuando vemos un periódico o un informativo? ¿No estamos viendo escenarios cuya realidad se nos escapa? Volcó un tren en Zarabujara, Bush declaró que la guerra es muy oquey, hace frío en las orillas del Volga, el auto del futuro funcionará con cáscaras de papa, cayó la cotización del alambre de púas, hubo un acto de protesta en contra de algo en Ginebra… ¿Eso pasó ayer o hace seis meses? Hasta se podría pensar que la sucesión de escenarios inconexos se parece demasiado a la deprimente sucesión de banalidades y ordinarieces a que nos someten las tandas publicitarias, ¿o no?

Además, ¿no habrá noticias positivas? No. El primer periódico fue el boletín de naufragios de la aseguradora inglesa Lloyd en el 1600 y pico. Lo cotidiano y feliz no es noticia. ¿Qué cantaba la poesía épica, esa especie de crónicas de su tiempo? Desgracias, batallas, tragedias familiares con hijos bastardos, como los teleteatros.

Para peor, lo que pasa en el Norte rico interesa muchísimo más. Un caso tristemente típico fue la reacción ante tres desastres similares, casi contemporáneos, ocurridos hace pocos días. Me refiero a que un ciclón extratropical dañó el sur del Uruguay, un fuerte tifón cayó sobre China, y el huracán Katrina destrozó Nueva Orleans.

En China evacuaron a 800 000 personas y sufrieron varios muertos; las pérdidas en Uruguay, llevadas a la escala de los EEUU, hubieran significado 900 muertos y 1 000 millones de dólares en pérdidas, lo que hubiese llenado pantallas. La prensa internacional ni siquiera mencionó el desastre uruguayo y apenas nombró el chino de pasada, poco más que lo que anoté aquí.

En cambio, las imágenes de Nueva Orleans, los pro y contra, los si y no, los tal vez y los aún y los todavía llegan en oleadas a la prensa grande y chica, a la tele y a las radios, muchas fotos, declaraciones y encuestas de opinión. El egocentrismo llega a tal extremo que el gobernador local Haley Barbour comparó los daños en Luisiana con los de Hiroshima después de la bomba. El buen señor se olvida que en Hiroshima los muertos inmediatos fueron 130 000, por un acto deliberado y de efecto instantáneo. Así fallezcan 10 000 personas en la inundación, muchas podrían haberse salvado si la situación previa hubiese sido diferente y las intervenciones de asistencia más eficaces.

¿Y todavía los medios pretenden que les creamos cuando se presentan como paladines de la objetividad? No es de extrañar que florezcan los “blogs” esa especie de impresiones individuales del mundo publicadas en Internet, y que mezclan ficción y datos concretos, opiniones y chusmerío, algo parecido a estas Miradas impertinentes.

 

  José da Cruz es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina).

 

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