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PÁNICO, MIEDO, TERROR...
Un estudio de la Universidad Otago de Nueva Zelanda prueba que el miedo a los ataques terroristas es muy exagerado. Si se compara la cifra de muertos en el ataque a las torres gemelas de Nueva York en 2001 con las víctimas causadas por el automovilismo en EEUU, equivale a las bajas producidas en 26 días normales de accidentes de tránsito. Es decir que cada año los muertos en calles y carreteras son catorce veces más que los del archifamoso y terrible 11 de setiembre. Suponemos que en Inglaterra o España, otros países que también sufrieron ataques terroristas, las proporciones deben ser similares. Gana por lejos el automóvil como causante de muertes, y no hablemos del alcohol o el tabaco.
Esta es la diferencia entre normalidad y catástrofe: la normalidad, muestre lo que muestre, contenga lo que contenga, signifique lo que signifique, sucede con regularidad en medio del silencio o la indiferencia. En cambio lo inusual, y mejor si es violento, sangriento, escandaloso, gana los titulares de los medios. Por otro lado, a ningún líder occidental se le ocurriría llevar adelante una guerra contra el auto, fundamento básico de la visión del mundo que él o ella representan, y en cambio el “terrorismo” permite una guerra por petróleo en la que un montón de países se embanderan sin ningún pudor. El terror es construido en las redacciones de los periódicos y detrás de las cámaras de la TV, de acuerdo a lo que indican los círculos guerreristas del poder.
Veamos otro ejemplo: cada año mueren unos tres millones de personas de SIDA, dos millones de tuberculosis y un millón de malaria. Son seis millones, la mayoría pobres y negros. En tres años, entonces, 18 millones de habitantes del mundo pierden la vida debido a estas enfermedades que en gran parte se relacionan con malas condiciones de vida y bajo nivel cultural. El SIDA, que afecta a algunos miles de personas en los países ricos, de vez en cuando es noticia; en cambio, la tuberculosis y la malaria, curables si están los medicamentos a mano y el dinero para pagarlos y que han sido erradicados en el hemisferio norte, casi nunca se nombran.
¿Y la gripe aviar? Ah, eso sí es noticia, permanente e incesante. Los periodistas corren a interrogar a la ministra de salud sobre qué medidas se han tomado ante la posibilidad de que “el flagelo se instale entre nosotros”; las noticias internacionales hablan de una grulla o cigüeña contagiadas que aparecieron en un remoto pueblo de Francia; la OMS, la OPS, la Cruz Roja, la ONU, la OEA, los Médicos Sin Fronteras y los Médicos Sin Vergüenzas organizan campañas de vacunación masiva por las dudas... y por la plata.
Hace tres años se descubrió que el virus de esta enfermedad podía atacar al ser humano. En estos tres años transcurridos han muerto de gripe aviar… unas 100 personas… Es decir, ¡180 000 veces menos que por SIDA, tuberculosis y malaria! Sin embargo nos obligan a hablar de la gripe aviar. ¿Será por todo este terror flotante y omnipresente que en Europa –según el Fondo Mundial de Protección a la Naturaleza– se gastan 25 millones de árboles por año en papel higiénico? Cabe preguntarse si los medios de masas nos muestran la realidad o son un reality show.
Este artículo terminaba aquí, pero hace unos días empezó a circular en Internet una referencia al medicamento que supuestamente prevendría la gripe aviar, el llamado Tamiflu. Lo que se dice parece una novela, pero fui a las fuentes, un artículo de José Antonio Campoy publicado en Discovery DSalud y en la revista Jiribilla, y nada indica que no sea cierto. Vean esta cita:
“De hecho, los ingresos por su venta
pasaron de 254 millones en el 2004 a más de 1000 millones en el 2005. Y su techo
es imprevisible dada la grotesca reacción de los gobiernos occidentales con
peticiones masivas del producto. /…/ El Tamiflu era hasta 1996 propiedad de
Gilead Sciences Inc. empresa que ese año vendió la patente a los laboratorios
Roche. ¿Y saben quién era entonces su presidente? Pues el actual Secretario de
Defensa de EEUU, Donald Rumsfeld, que aún hoy sigue siendo uno de sus
principales accionistas. /…/ (Las dos empresas se asociaron para producir y
vender Tamiflu) Además Roche pagó a Gilead Sciences Inc unas regalías
retroactivas por valor de 62,5 millones de dólares./…/ Y por si fuera poco, la
empresa norteamericana se quedó con otros 18,2 millones de dólares extra por
unas ventas superiores a las contabilizadas entre 2001 y 2003. A lo que hay que
añadir un dato: Roche se ha quedado con el 90% de la producción mundial de anís
estrellado, árbol que crece fundamentalmente en China (aunque también se
encuentra en Laos y Malasia) y que es la base del Tamiflu.” Fin de la cita,
que explica muchas cosas. Entre otras cosas, que todo era mucho peor a lo que yo
pensaba. Perdón por mi inocencia.
Gracias a ETC Magazine y a Jiribilla
José da Cruz es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina).
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