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PALABRAS Y PRESTIGIOS
Traducir nombres es un lío y tal vez no debieran traducirse. El caso de los uruguayos, que bautizan a sus hijos Yerba, Email o Saravia Blanco, mal queles pese después a los vástagos, llega al límite de lo imposible.
En épocas pasadas era común sin embargo ese asunto de las traducciones. La geografía es un buen ejemplo. Cuando los españoles comenzaron la conquista de México se toparon con nombres que "nadie" entendía y quisieron castellanizarlos. Cuahunáhuac, lugar de las flores, pasó en las duras orejas peninsulares a ser Cuernavaca, vocablo que no existe y tal vez pudiera relacionarse con semovientes. Animal resultó también el dios Huitzilipochtli: su metamorfosis dio Uchilobos. Ya en el Flandes español la ciudad de Brygge --muelle, atracadero-- se había transformado nada menos que en Brujas. En los atlas italianos la capital de Rusia es Mosca.
Es más ridículo aún traducir nombres de personas. ¿Cuántos han leído obras
de Carlos Marx y Federico Engels? ¿Quién llamaba Carlos a don Karl? ¿Jenny von
Westphalen, acaso, se lo diría en la escasa intimidad del exilio en Londres? ¿Frederik
era Federico para alguna de las dos hermanas irlandesas que vivían un feliz romance a
tres puntas con el empresario textil?¿Creeríamos la historia de John Anthony Lavalleja
and The 33 Easterners?
Con los apellidos se puede llegar a cosas terribles, no autorizadas por el buen gusto.
A mí no me interesan las especulaciones del señor Segismundo Alegría, pero las de
Sigmund Freud son otra cosa. Usted no demostrará "cultura" si declara que le
gusta la música de Arroyo o lee a Blandelanza, ya que Bach o Shakespeare perderían
seriedad.
Especulando sobre el tema, constato que traducir un libro es, también, traducir ideas.
Daría para pensar si la absorción de ideas traducidas no significa tragarse más de una
pastilla. Si se trata de las aventuras del detective belga Hércules Puerro los errores no
importan demasiado; en cambio, si hablamos de libre comercio o democracia la cosa se
complica.
Por eso, amigos, hay que estar preparado, estudiar y desconfiar de todo. Entonces puede darse el siguiente diálogo:
--¿Y dónde estudiaste? --En Paso de los Toros.
--¿En esa ciudad perdida, que solo se conoce como marca de refresco? --Hablo de Oxford...
José da Cruz es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina).