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MOMIAS VIVIENTES
Incidente
banal: se cortó la electricidad y el tren se detuvo. Un inspector recorrió los vagones y
nos informó que demorarían lo menos posible en resolver el asunto. Era una declaración
inútil, más que nada una reafirmación de buena voluntad. Miré a mi vecino de asiento
con gesto resignado, ésto provocó un comentario, el comentario la conversación, la
conversación la confidencia. El tipo resultó ser médico forense. Trabajaba conectado al
ministerio de Relaciones Exteriores. Algo no cuadraba: ¿para qué quería ese ministerio
médicos forenses?
Bueno
explicó, si usted se muere en otro país pero va a ser enterrado aquí, el
ministerio me manda para asegurarse de que todo se haga de acuerdo con nuestras normas.
¿Usted
es una especie de procurador de los derechos del cadáver?
Se rió.
Más
bien de que todo se haga según correctos principios sanitarios. Son los derechos de los
vivos.
¿Viaja
mucho?
Estos
últimos años, sí. Mucha gente vieja se va a hacer turismo y no aguanta calores de
cuarenta y cinco grados, por ejemplo. Anteayer llegué de Uzbekistán.
¿De
Uzbekistán? ¿Algún turista?
Difícil,
allí. Fue ese industrial, que se comentó en los diarios.
Yo no había
leído la noticia. Informó:
El
hombre fue a invertir y ¡paf!, le tocó el infarto.
Tenía
facilidad para reirse y lo hacía como un chico avergonzado. Andaría por los cuarenta
años. Su abundante bigote y su traje descuidado le daban aire de poeta. Juntacadáveres
era un oficio exclusivo. Supuse que no tendría muchos colegas. Supuse también que no
sería una ocupación agradable.
Uno se
acostumbra. Además, cada vez es más fácil. Los métodos de embalsamar han mejorado, y
hemos cambiado nosotros.
Morimos
más viejos.
No, no
es eso. La dieta, ¿me entiende?
Comemos
cada vez peor.
Cierto,
pero con más conservantes.
Eso nos
hace mal.
Sí,
sí, pero favorece mi trabajo. Por año comemos quilos de conservantes. Buena parte queda
en nuestros tejidos.
No me
atrevo a sacar conclusiones.
Sáquelas.
El cadáver se pudre con mucha mayor lentitud. Bueno para los forenses.
Rió
nuevamente. Cerraba los húmedos ojos castaños y fruncía el bigote.
Nos
estamos mineralizando, mire usted qué cosa. Hubiera sido el sueño de los faraones.
El tren
continuó. Nos bajamos en estaciones diferentes y quedé rumiando el asunto. Lo he
comentado después con amigos médicos. Algunos opinaron que eso no era posible; otros que
sí. Trato de convencerme de que el hombre era carpintero o economista y se divirtió a mi
costa para llenar el tiempo. La duda persiste, sin embargo
José da Cruz es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina).
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