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Fantasmas en la selva
Leo en un documento de la Asociación Latinoamericana de Integración, ALADI: “Una situación bastante difícil se presenta en los ríos amazónicos de Bolivia, básicamente debido el hecho que los accidentes naturales del Alto Madeira impiden la comunicación de este país con el Océano Atlántico y el exterior”. Un llamado de alerta aparece en mi imaginación: algo está mal aquí.
¿Por qué esa alarma? ¿Será por mi inveterada propensión a estar en contra, no importa de qué? No: yo vi los restos de un barco de hierro en medio de la selva boliviana, y me dijeron que navegaba desde allí hasta Francia. Si Colón se vino en unas cáscaras de nuez que hoy apenas se utilizarían para paseos turísticos, bien podía ese vaporcito atravesar los mares.
Cuando lo vi pensé de inmediato en aquel galeón español que los personajes de Cien años de soledad descubrieron abandonado en la ciénaga. Basta que uno salga de nuestras ciudades europeizadas a garrotazos para que nos identifiquemos con Macondo, su historia y su cultura. No sé si eso es malo o es bueno, pero quiero creer que el éxito que tuvo Cien años de soledad en la formación intelectual de mi generación se debió a que nos puso un espejo delante de los ojos: ante nuestra ignorancia abrió una puerta que nos invitaba a pasar y meternos en otro mundo, el de la realidad. Allí estaba la proa del buque, pintada de negro y blanco como correspondía a los comienzos del siglo XX, entre palmeras y caserones.
Era en los viejos territorios de los Moxos, cerca del río Mamoré, en las instalaciones de lo que había sido una gran hacienda y donde funcionaba una base militar, más precisamente de la marina fluvial boliviana. Un joven oficial me explicó:
– La castaña. Aquí se recogía castaña y se iban por los ríos hasta el mar y hasta Europa. Allá se vendía y ganaban mucho dinero
Qué hacían en Europa con las castañas de los Moxos no lo sé. Del barco quedaba parte de la infraestructura de proa y para mantenerlo vertical lo habían semienterrado bajo una lomita artificial. Por el talud de pasto se podía subir e imaginarse desde la cubierta la lenta navegación por los interminables ríos de la selva.
– Los dueños eran de una crueldad terrible. Aquí estaban los indios esclavos. Los mataban a latigazos, los enterraban hasta el pescuezo y los dejaban morir pisoteados por la caballada... Hay fantasmas aquí.
– ¿Usted los vio? –pregunté, desconfiado.
– ¡Caray! ¡Cómo no! Uno está de guardia, de noche, y se escuchan los lamentos y las cadenas que se arrastran. No hay fusil que lo salve a uno. Se le paran los pelos de punta.
No me cabe la mínima duda de que sea cierto, que la selva está llena de fantasmas que siguen sufriendo su condena de explotación y vilipendio, de abuso y tortura durante cientos de años. Allí estaba ese barco símbolo del capitalismo navegando así no hubiera agua por sobre los cadáveres y la vegetación, tentáculo de la lejana Europa miles de kilómetros continente adentro, esa Europa nacida con vocación totalizadora y totalitaria, globalizadora y englobadora.
– ¿Y por dónde navegan ustedes, la marina, aquí en medio de los árboles? –pregunté, ya que el río cercano era muy bonito y amable, pero no más ancho que un arroyo caudaloso.
– Llegan las lluvias y esto es un lago, un lago enorme; se inunda todo. Vamos con botes de fondo plano entre los pueblos, las ciudades. Esto cambia por completo, hay que ayudar a la población, hay que patrullar. Si usted no lo ve no se imagina...
Cuando leí esa afirmación sobre el Alto Madeira que cité al inicio, pensé en las chapas remachadas del casco negro emergiendo de su duna de pasto y su mensaje: tal vez, si se esperaban las crecientes, todo cambiaría.
José da Cruz es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina).
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