MIRADA IMPERTINENTE

 Columna de José da Cruz

 24 de Julio 2003

 

ECONOMÍA, PINTURA, PARLAMENTOS Y BOMBEROS 


Este apunte no trata de arte, pero comencemos recordando que el pintor William Turner es famoso por pintar motivos atmosféricos, lo que da a sus cuadros una apariencia de obras abstractas muchos decenios antes de que se hablara en estos términos. Así pintó una estación de ferrocarriles envuelta en nubes de vapor, atardeceres amarillos y rojos, y un par de telas sobre el incendio del parlamento inglés en 1834. Del incendio del parlamento surgió esa especie de catedral gótica elevada al cubo que es el actual edificio, con el Big Ben como motivo favorito de las postales londinenses. ¿Qué lo provocó?

Bien, lo provocó un foco de fuego en los archivos. Supongo que el lector pensará en interminables laberintos polvorientos, una pesadilla de bibliotecas borgianas, olor a cucarachas, ancianos encorvados entre papeles. Sin embargo, esta imagen sería una traspolación de lo que puede ser una realidad actual; lo que estaba archivado y se incendió hace ciento setenta años no eran papeles sino tablitas, trozos de palo.

En realidad, lo último que esperaríamos encontrar en un archivo son trozos de palo, pero la cosa empieza con las cifras y la forma de representarlas. Durante miles de años las transacciones comerciales entre la gente común  -lo que alguna vez, pero hoy no, se llamó el Mercado- fueron anotadas con rayas en la arena, montoncitos de guijarros o marcas de cuchillo en pedazos de madera. Una oveja era representada -imagino un ejemplo- con una raya, cinco formaban un bloque. Otras incisiones definían el artículo y el método se iba refinando a lo largo de los años. Marcas especiales al final del “recibo” identificaban a los comerciantes. Aclaremos que no había un modelo universal a seguir, sino que cada quien daba a su astilla una forma propia.

El método se desarrolló y aceptó de tal modo, que las autoridades financieras de la corona británica utilizaron los palitos como comprobantes del pago de impuestos, amén de otros usos oficiales, entre el siglo XII y el año 1828. Cuando el sistema cambió, estas autoridades decidieron quemar la enorme cantidad de madera acumulada en quinientos años y el fuego se les desbocó.

Quedan algunas conclusiones interesantes al alcance de la mano. La primera, es que puede haber otras formas de representar la realidad que la que hemos internalizado, y con palitos también podían hacerse negocios y mantener las finanzas de un país. Nuestros métodos podrán ser más efectivos, pero no tienen porqué ser más racionales. Dentro de un par de siglos alguien puede escribir un libro sobre nuestro pensamiento mágico en relación con la economía o la política, por ejemplo.

Una segunda conclusión es que sin ese incendio no se hubiera construido el Big Ben y la industria turística hubiera perdido uno de sus platos fuertes. Una tercera, que Turner no lograría esas atmósferas coloridas y nebulosas sin incendios, pero no nos apresuremos a agradecer a los palitos esta oportunidad: a mediados del siglo XIX hubo varios años con atardeceres incendiarios, debido a la erupción del monte Pelée en el Caribe y la consiguiente polución atmosférica. No es oro todo lo que Turner pintó de amarillo.

  José da Cruz es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina).

 

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