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ECONOMÍA, PINTURA, PARLAMENTOS Y BOMBEROS
Este apunte no
trata de arte, pero comencemos recordando que el pintor William Turner es famoso por
pintar motivos atmosféricos, lo que da a sus cuadros una apariencia de obras abstractas
muchos decenios antes de que se hablara en estos términos. Así pintó una estación de
ferrocarriles envuelta en nubes de vapor, atardeceres amarillos y rojos, y un par de telas
sobre el incendio del parlamento inglés en 1834. Del incendio del parlamento surgió esa
especie de catedral gótica elevada al cubo que es el actual edificio, con el Big Ben como
motivo favorito de las postales londinenses. ¿Qué lo provocó?
Bien, lo
provocó un foco de fuego en los archivos. Supongo que el lector pensará en interminables
laberintos polvorientos, una pesadilla de bibliotecas borgianas, olor a cucarachas,
ancianos encorvados entre papeles. Sin embargo, esta imagen sería una traspolación de lo
que puede ser una realidad actual; lo que estaba archivado y se incendió hace ciento
setenta años no eran papeles sino tablitas, trozos de palo.
En realidad,
lo último que esperaríamos encontrar en un archivo son trozos de palo, pero la cosa
empieza con las cifras y la forma de representarlas. Durante miles de años las
transacciones comerciales entre la gente común -lo
que alguna vez, pero hoy no, se llamó el Mercado- fueron anotadas con rayas en la arena,
montoncitos de guijarros o marcas de cuchillo en pedazos de madera. Una oveja era
representada -imagino un ejemplo- con una raya, cinco formaban un bloque. Otras incisiones
definían el artículo y el método se iba refinando a lo largo de los años. Marcas
especiales al final del recibo identificaban a los comerciantes. Aclaremos que
no había un modelo universal a seguir, sino que cada quien daba a su astilla una forma
propia.
El método se
desarrolló y aceptó de tal modo, que las autoridades financieras de la corona británica
utilizaron los palitos como comprobantes del pago de impuestos, amén de otros usos
oficiales, entre el siglo XII y el año 1828. Cuando el sistema cambió, estas autoridades
decidieron quemar la enorme cantidad de madera acumulada en quinientos años y el fuego se
les desbocó.
Quedan algunas
conclusiones interesantes al alcance de la mano. La primera, es que puede haber otras
formas de representar la realidad que la que hemos internalizado, y con palitos también
podían hacerse negocios y mantener las finanzas de un país. Nuestros métodos podrán
ser más efectivos, pero no tienen porqué ser más racionales. Dentro de un par de siglos
alguien puede escribir un libro sobre nuestro pensamiento mágico en relación con la
economía o la política, por ejemplo.
Una segunda
conclusión es que sin ese incendio no se hubiera construido el Big Ben y la industria
turística hubiera perdido uno de sus platos fuertes. Una tercera, que Turner no lograría
esas atmósferas coloridas y nebulosas sin incendios, pero no nos apresuremos a agradecer
a los palitos esta oportunidad: a mediados del siglo XIX hubo varios años con atardeceres
incendiarios, debido a la erupción del monte Pelée en el Caribe y la consiguiente
polución atmosférica. No es oro todo lo que Turner pintó de amarillo.
José da Cruz es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina).