MIRADA IMPERTINENTE

 Columna de José da Cruz

 13 de Marzo 2006

 

CUADROS Y BOMBAS Y BANCOS

 

Junto al retrato de la señora Lisa de Giocondo –de niño me preguntaba en qué lugar del cuadro estaba la famosa mona lisa–, el mural sobre tela que pintó don Pablo Ruiz Picasso en 1937 debe ser una de las obras de arte más reproducidas en los medios de comunicación: me refiero al Guernika, un arte-facto de 350 x 780, es decir, unos 27 metros cuadrados de tela pintada.

Es una obra emblemática no solo por el tratamiento de las figuras representadas, o el uso de una paleta de negros, blancos y grises, sino por su temática: el bombardeo en plena guerra civil de una pequeña aldea del País Vasco por la aviación alemana, aliada de Francisco Franco. Fue, se dice, la inauguración de un nuevo tipo de acción de guerra: el bombardeo de intimidación sin objetivos militares, como luego se harían sobre Dresden o Hiroshima.

Todo esto es historia conocida, así como también los sesudos análisis sobre el simbolismo del caballo, el toro, el guerrero, las mujeres, el ojo con la lamparilla y el farolito a kerosene que aparecen en la obra. Mientras la especulación interpretativa cobraba fuerza don Pablo ya andaba, pincel en mano, sembrando más problemas en otras telas y guardándose para sí lo que había “querido decir” por otras vías que no son las palabras. Suele hablarse de que el cuadro es un alegato contra la guerra, y es probable que así lo vean los visitantes del Centro de Arte Reina Sofía pero sin embargo, cuando la tela se colgó ante el público, la recepción fue muy diferente.

Esto sucedió en 1937, en la Exposición Internacional de Artes y Técnicas de París –también llamada Universal– que recibió 30 millones de visitantes. Muchos de los edificios levantados para este evento aún hoy siguen allí, junto a la torre Eiffel. La exposición estuvo marcada por el clima de preguerra y los monumentales pabellones de la Alemania nazi y la Unión Soviética se desafiaban frente a frente en la avenida central. En España hacía ya un año que los fascistas habían desconocido las elecciones y lanzado su insurrección junto a los sectores más reaccionarios y conservadores de la sociedad, la iglesia y el ejército; la causa de la República era la causa del progresismo, la intelectualidad y los partidos populares. En el pabellón español estaba el Guernika junto a obras de Joan Miró, Julio González y otros plásticos, y el recuerdo del recientemente fusilado Federico García Lorca.

Si bien el gobierno republicano había encargado y pagado a Picasso la obra, nunca tomó posesión de la misma: después de la muestra, el Guernika quedó en manos del artista y continuó su existencia en el exilio. Importantes intelectuales y políticos vascos habían cuestionado tanto el encargo como la interpretación que Picasso había hecho del bombardeo, y pretendieron que el mural se sustituyera por obras del pintor Aurelio Arteta, que a este modesto escriba le recuerdan en algo ciertas pinturas de Diego Ribera o aún de Rafael Barradas, inclinadas al realismo social y de factura más bien clásica.

Ni el Guernika ni el pabellón concitaron interés. Según el arquitecto Le Corbusier, los visitantes “se sentían repelidos por el cuadro” y querían admirar las maravillas de la ciencia y la técnica más que hacer conciencia de que la guerra ya arrasaba el sur de Europa. La guía para los visitantes del pabellón alemán atacaba el “arte degenerado” y sin decir su título ni su motivación, calificaba al Guernika de obra de un loco, desordenado amasijo de cuerpos propio de un niño de pocos años. El mural no mereció una reproducción en el Libro de Oro de la exposición publicado en 1938, que sí dedicó mucho espacio al pabellón alemán y a un gran retrato de Hitler allí expuesto… España ni siquiera fue mencionada entre los participantes finales.
A pesar de que muchos creen que Picasso es un pintor francés, a pesar de que las variantes del cubismo ya tenían décadas de historia, a pesar de que don Pablo había vivido en Francia desde principios del siglo y de que era bien conocido, aún en 1947, diez años después de la exposición que comentamos, había solamente tres obras suyas en los museos franceses. Es difícil entrarle al establishment, y hoy, cuando todo lo que se dice sobre Picasso son alabanzas, no está mal tener presente estos datos que anoto aquí.

Ante el encogimiento de hombros de los franceses, y según la decisión de Picasso de que el mural no fuera a España hasta que muriera Franco, el Guernika fue mostrado en dos galerías de Londres en 1938. El número total de visitantes alcanzó a 15 000 y los críticos conservadores lo denostaron. De Inglaterra, el Guernika cruzó el Atlántico y llegó a USA. Pronto estalló la guerra y Picasso organizó entonces exposiciones para recoger 10 000 dólares para el gobierno republicano español. En Los Angeles hubo solo 735 interesados en ver la obra y dejaron 240 verdes, 535 se colectaron en San Francisco, 208 en Chicago y en el Museo de Arte Moderno de Nueva York –el popular MOMA que acogería finalmente al cuadro– lo vieron 2000 curiosos que aportaron 1700 dólares más: casi un desastre.

Deberían pasar décadas para que Guernika se hiciese conocido. La indiferencia y la crítica negativa de los comienzos se transformó poco a poco en admiración y en toneladas de literatura analítica e interpretativa. Un dato curioso es que hasta el mismo Franco expresó que sería positivo que el cuadro volviese a España… Luego de discusiones entre neoyorquinos y españoles y con el franquismo ya fuera de juego, el 25 de octubre de 1981 se abrió al público una sala en el Casón del Buen Retiro del Museo del Prado, el mismo día en que Picasso hubiera cumplido cien años, para exponer la obra. Tiempo después, ya creado el museo Reina Sofía, siguió hasta allí en su vocación peregrina.

Moraleja: no es fácil ser vanguardia, no es fácil remover las células grises de los espectadores para que acepten que la realidad puede verse de más de una manera, no es fácil esperar reconocimiento. Hay que tener paciencia y creer en lo que se hace, como Picasso.

*    *    *

Había pensado terminar aquí, pero mientras escribía la nota sobre el Guernika me enteré del destino, también curioso, de otros cuadros en nuestra pequeña ciudad de Montevideo. Tiene que ver con una nueva vocación que han descubierto los bancos, el mecenazgo, y con su vieja costumbre de –por lo menos en nuestro país– estar en crisis. Sumemos una y otra cosa y veamos un ejemplo.

Una pintora amiga aceptó la posibilidad de exponer en una de las agencias del banco cooperativo Cofac, y colgó allí 15 paisajes. La exposición terminaba el 31 de enero y para el 1 de febrero mi amiga ya había dispuesto fletes y asistencia para recoger sus telas. Ay, ay, ay... al mismo tiempo el Banco Central del Uruguay decretaba el cierre del banco y al día siguiente la intervención. Lo demás puede leerse en los periódicos, pero los paisajes siguen en las paredes de la sucursal, en el primer caso de “corralito” artístico de que, por lo menos yo, tenga memoria. Lamentablemente, en su prisión detrás de rejas y candados, los paisajes de mi amiga tienen aún menos visitantes que al Guernika 70 años atrás. Algún día, cuando la pintora recupere sus telas, ojalá le paguen intereses...

Basado en “El Guernika. Historia de un cuadro”, de Joaquín de la Puente.

José da Cruz es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina).

 

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