![]() |
||||
|
ACCIDENTES VIRTUALES, MUERTES REALES
Los datos están ahí pero la realidad, como una mala película, cansa. Además, como decía una tía, “bastante tengo con lo mío, m´hijito, como para preocuparme de todas esas cosas raras”. De todos modos, nunca hubo tanta información ni tan grotesca, y a veces directamente obscena.
Encontré dos pequeños artículos en ETC Magazine. Uno de ellos reproduce declaraciones de un funcionario de Naciones Unidas quien dice que cada día es como si se estrellaran 45 Jumbo Jet cargados de niños en el mundo. Ustedes dirán que la tele nunca muestra esa enorme sucesión de accidentes terribles y que el redactor de estas “Miradas impertinentes” está con chochera. No. Lo que sucede es que ni los medios ni nosotros le damos importancia a que 25 000 personas mueren de hambre cada 24 horas, la mayoría niños, lo que equivale al número de pasajeros de 45 Jumbo Jet.
Por otro lado, datos de la FAO indican que la malnutrición “afecta a alrededor de 852 millones de personas de todo el mundo, a saber, 815 millones de países en desarrollo, 28 millones de países en transición y 9 millones del mundo industrializado. El 20 por ciento de la población total de los países en desarrollo está desnutrido”. No se aclaraba qué quería decir “países en desarrollo”, “países en transición” y “mundo industrializado”, pero es interesante constatar que la proporción entre desnutridos en países ricos y en países pobres es más o menos de uno a cien.
El otro artículo comenta un problema médico: cada vez es más difícil dar inyecciones. Una investigación hecha en Irlanda muestra que hay casos en que las agujas hipodérmicas resultan muy cortas. En las personas extremadamente gordas, las nalgas –el mejor lugar para aplicar una inyección– tienen tanta grasa que la aguja no llega a la masa muscular que está debajo. Bueno, puede pensarse, es un problema de los gordos. Sí, pero hay muchisísimos gordos: una de cada seis personas.
Actualmente son más de 1 000 millones los adultos con sobrepeso, de los cuales 300 millones son considerados obesos desde el punto de vista clínico, dice la Organización Mundial de la Salud. La aparición de esta desgracia universal se debe a cambios en los hábitos de vida. Gastamos cada vez más en alimentos chatarra, vendidos a fuerza de propaganda masiva y permanente por la televisión.
Comer equivale a marcar estatus; comer juntos es importante recurso de sociabilidad y estrategia fundamental en los negocios; salir a comer es una actividad recreativa importantísima; comer en determinado restaurante da una señal de identidad... La comida real o virtual llena nuestras calles desde mercados hasta afiches, desde el sonsonete de los jingles hasta las páginas de los diarios. Entre usted a una librería y verá una mesa llena de libros de cocina; un canal de televisión por cable está dedicado con mucho éxito a transmitir programas culinarios ininterrumpidos… Entre cocineros y cocineras surgió una elite con aspiraciones de ídolos de masas: son estrellas de los medios, ponen su “firma”, cobran como grandes jugadores de fútbol o músicos populares. Como todo en esta sociedad, la comida se ha transformado en una manera para que algunos hagan dinero.
Yo creo que somos más infelices, simplemente, y más fáciles de engañar. Aquello del gordito feliz existe sólo en la propaganda de las chancherías, pues los gordos que conozco son compulsivos como los fumadores: adictos que por un minuto de placer comprometen una vida de sufrimiento. Todos quieren abandonar su vicio pero no lo hacen. ¡Y las pobres gordas! Discriminadas fuertemente, nacieron en el siglo equivocado. Una cosa eran aquellas gordas rozagantes de Rubens, Rembrandt o nuestro Juan Manuel Blanes, y otra esas caricaturas para millonarios que pinta Botero.
Cuando el alimento se transforma en símbolo de consumo deja de ser alimento para pasar a mercancía lisa y llana. Entonces se gasta más dinero en menos nutrición: grasas, harinas refinadas, azúcar y sal, predominan en lo que la FAO llama “una convergencia alimentaria”, o sea, la occidentalización de la dieta global. Los alimentos son un mercado gigantesco, con consumidores asegurados y permanentes. En 2001, por ejemplo, la población mundial había gastado más en alimento que en combustibles.
Pero el consumo alimenticio se ha industrializado, y este consumo se basa en generar insatisfacción, angustia e inseguridad a través de la propaganda. Nada mejor que volcar por montones en los sentidos del público mensajes contradictorios: coma, tome, muerda, lama, chupetee, absorba, huela, toque, amasije, desmigaje, parta, acuchille, cucharee, revuelva, condimente, meta el dedo, chúpelo y disfrute, disfrute de la comida; pero eso sí muévase, corra, haga trekking, jogging, bodybuilding, caminatas, sauna, calistenia, aerobics, yoga, meditación, siga la dieta de los quince días, la de las 600 calorías, la de Chopra, la de Obesos Anónimos, la de los Weight Watchers, la del ananá, el shock de proteínas. Nuevas generaciones de siquiatras y nutricionistas tienen un mercado asegurado.
La cosa es que no sólo esas especializaciones son favorecidas por la tendencia universal, sino toda la ciencia médica: cada vez estamos más enfermos, y los obesos más que todos. Un problema adicional es que la obesidad es una enfermedad no contagiosa (¿o sí…?) pero ataca como epidemia a ricos y pobres. Los ricos pueden gastar su dinero en clínicas para no comer, masajes reductores, estadías en centros de salud, liposucciones, píldoras, drogas y menjunjes, pero los pobres no tienen otra que confiar en Salud Pública, que en todos lados vive al límite.
Para 2020, dos de cada tres enfermos en el mundo tendrán problemas cardíacos o de diabetes. Los jóvenes, atiborrados de papitas, alfajores, refrescos y hamburguesas, sufren cada vez con mayor frecuencia de hipertensión, colesterol, arteriosclerosis y diabetes. A medida que esta población envejezca aumentará piramidalmente el número de enfermos crónicos. En 2025 habrá el doble de muertes por derrame cerebral y el doble de diabéticos que hoy. Éstos serán 300 millones, y tres de cada cuatro vivirán en el tercer mundo.
A su vez, las estadísticas globales hablan de que cada vez vivimos más años, pese a todo, pero nada dicen de la calidad de esos años extra. El remedio a todo esto no es fácil, y menos fácil aún salir de esta nota con elegancia y dejarle, ¡oh lectora!, ¡oh lector!, un mensaje de fe, esperanza y caridad, que no se limite a repetir “qué mal que está el mundo y que horrible es todo”. Seguimos vivos, y eso ya es ganancia. Ande, vaya al “refri” y consígase una cosita rica...
José da Cruz es analista de información en D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad América Latina).
REGRESAR a GLOBALIZACION - REGRESAR a MIRADA IMPERTINENTE