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| GLOBALIZACION |
Es el momento de la diplomacia y el multilateralismo
Bani Ki-Moon
Me gustaría comenzar considerando algunas de las maneras en las que el mundo ha cambiado en los últimos años en beneficio de las Naciones Unidas. Existe un mayor aprecio por el multilateralismo y la diplomacia como medios para hacer frente a las crisis. Algunas cuestiones que requieren lo que se ha denominado “un poder blando” (el que atrae y persuade a través de la negociación diplomática, el ámbito natural de las Naciones Unidas) han pasado a un primer plano del programa mundial.
Tan sólo en 2006, por citar un ejemplo, se ha llegado a un consenso sobre el cambio climático y los peligros del calentamiento de la Tierra. Importantes personalidades, desde Bill Gates hasta Tony Blair y Bono, se han comprometido a ayudar a las Naciones Unidas a lograr los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), desde reducir la pobreza hasta detener la propagación del VIH/sida y del paludismo.
Pero lo más alentador es que el público continúa brindando mucho apoyo a las Naciones Unidas. Según una encuesta de World PublicOpinion.org, una amplia mayoría de personas (un 74 por ciento) cree que la ONU debería tener un mayor papel en el mundo, ya sea impidiendo actos de genocidio y defendiendo a naciones bajo ataque o investigando resueltamente los abusos de derechos humanos. Incluso en los Estados Unidos, donde la desilusión con las Naciones Unidas ha sido últimamente muy grande, tres de cada cuatro estadounidenses son partidarios de unas Naciones Unidas más fuertes, y casi otros tantos esperan que la política exterior de su país se desarrolle en colaboración con las Naciones Unidas.
Para la ONU, todo eso también equivale a un cambio de clima. No diría que hemos llegado a un nuevo momento como el de San Francisco (cuando se firmó la Carta de la ONU), pero quizá no estemos demasiado lejos, siempre que aprovechemos la oportunidad.
Nosotros, los coreanos, somos personas enérgicas. Por naturaleza, somos pacientes pero persistentes, resueltos a cumplir los objetivos que nos hemos fijado. Como muchos de mis compatriotas, creo en el poder de las relaciones. Durante años he llevado en mi billetera (junto con listas de estadísticas comerciales y económicas) un gastado pedazo de papel con caracteres chinos, cada uno sobre la edad y la etapa de la vida de una persona. Allí dice que, a los 30 años, una persona está en la flor de la vida, a los 50 conoce su destino y a los 60 posee la sabiduría de escuchar.
Yo estoy en esta última etapa, que supone más que simplemente escuchar, a pesar de que escuchar es muy importante. Quizá podría hablarse mejor de discernimiento, es decir, ver a una persona o situación en su totalidad, tanto lo bueno como lo malo, y poder establecer una comunicación y una buena relación de trabajo a pesar de los desacuerdos, por profundos que sean. Confío en que éste será el distintivo de mi mandato como secretario general. Creo en las conversaciones y en el diálogo antes que en la confrontación. A veces esta diplomacia será pública y otras entre bastidores, ya que así a menudo hay más posibilidades de éxito.
Hago hincapié en la palabra posibilidades. El éxito no suele ser algo predestinado. Lo importante es intentar obtenerlo, como hemos hecho en Darfur, Sudán, una de mis mayores prioridades. He insistido mucho a fin de conseguir más tiempo para negociar con el presidente del Sudán, Omar al-Bashir, el despliegue de una fuerza internacional de mantenimiento de la paz, bajo los auspicios de la Unión Africana. De momento, sólo se ha obtenido una victoria parcial, el gobierno de Jartum ha decidido aceptar a 3.500 efectivos de las Naciones Unidas, un número muy inferior al de los 20.000 que se consideran necesarios. Sigo confiando en que la diplomacia decidida todavía pueda obtener resultados más satisfactorios. Sin embargo, siguen muriendo inocentes y está claro que el tiempo apremia.
Con el mismo espíritu, he visitado Oriente Medio en cuatro ocasiones en cuatro meses y me he reunido y he hablado por teléfono varias veces con el presidente de Siria, Bashar al-Assad, la última vez en Damasco. Mi objetivo es entablar una relación que pueda ayudar a moderar los acontecimientos en el Líbano y, más adelante, a que Siria se reincorpore plenamente a la comunidad internacional. La diplomacia discreta no siempre funciona. Pero puede funcionar, incluso en las circunstancias más tensas, como vimos no hace mucho cuando la crisis de los rehenes británicos con Irán se resolvió entre bastidores.
Los países industrializados del Grupo de los Ocho (G-8) se han reunido en Alemania la primera semana de junio donde examinaron, entre otras cosas, el cambio climático, una causa que me propongo hacer plenamente mía. Demasiado a menudo hablamos del calentamiento de la Tierra como si fuese una cuestión técnica. Hablamos del comercio de carbono, de máximos para las emisiones de gases y de nuevas tecnologías, desde la de automóviles de bajo consumo de combustible hasta la energía solar. No hay que decir que todas ellas son importantes.
No obstante, el aspecto del cambio climático en el que quiero insistir es un aspecto más humano. Tiene que ver con la desigualdad intrínseca del fenómeno. Aunque el calentamiento de la Tierra nos afecta a todos, nos afecta de manera diferente. Los países ricos tienen recursos y conocimientos para adaptarse.
Quizás un día dejará de nevar en los pueblos suizos donde se practica el esquí, como me dice un colega que acaba de regresar de unas vacaciones en los Alpes, y los valles suizos podrían convertirse en una “nueva Toscana”, llena de viñedos soleados. Las desventajas para Africa, ya asolada por la desertificación, o para los habitantes de las islas de Indonesia, que temen quedar sumergidos bajo las olas, son mucho más adversas.
Si hay un tema que unifica mi trabajo, o una visión, es esta dimensión humana, el valor definitivo del diálogo y de las relaciones diplomáticas entabladas con confianza pero también con lucidez, teniendo en cuenta cómo afectan las políticas mundiales –nuestras políticas– a las personas y a la vida diaria de las sociedades. Todas las mañanas podemos leer información sobre tragedias humanas en nuestros periódicos. ¿Pero con cuánta frecuencia escuchamos la voz de esas personas? o ¿con cuánta decisión y determinación intentamos ayudar? Esto es lo que prometo hacer.
B. Ki-Moon, ciudadano surcoreano, es actualmente el Secretario General de las Naciones Unidas. Texto distribuido por la ONU en junio 2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.