![]() |
| ECONOMIA Y DESARROLLO |
GLOBALIZACIÓN Y ESTADO DE BIENESTAR
Juan Torres López
Como es bien sabido, en los últimos dos o tres
decenios se han producido cambios muy profundos en nuestras sociedades que han
propiciado una nueva y quizá más profunda fase de internacionalización de las
relaciones económicas y sociales.
No es la primera vez en la historia en que la dimensión internacional alcanza un
protagonismo tan relevante y, de hecho, lo que muchos historiadores afirman es
que, en realidad, vivimos una segunda globalización. Pero sí es verdad que el
vertiginoso y revolucionario avance de las nuevas tecnologías de la información
ha creado un nuevo tipo de sociedad, la sociedad en red o de redes, en la que
muchos de sus aspectos más determinantes del bienestar humano (para bien o para
mal) se desenvuelven a escala global o planetaria.
Casi al mismo tiempo que se ha gestado esto último se ha ido produciendo también
una crisis evidente (si no la práctica desaparición) de lo que hemos conocido
como Estado de Bienestar.
Es muy pertinente, por lo tanto, preguntarse sobre la interrelación entre ambos
fenómenos sociales, si pueden reforzarse uno con otro, en qué condiciones, o si,
por el contrario, son verdaderamente incompatibles.
Pero para entender los efectos que la fase globalizadora en la que estamos ha
tenido sobre el Estado del Bienestar es imprescindible ponerse de acuerdo sobre
su naturaleza respectiva porque no todos estamos entendiendo lo mismo cuando
hablamos de las mismas cosas.
Creo que es fácil aceptar que cuando hablamos del Estado de Bienestar nos
referimos al sistema social que se consolidó, principalmente en Europa, a partir
de la II Guerra Mundial y que comúnmente se asocia con los años gloriosos del
capitalismo de los años cincuenta y sesenta.
Pero hay que tener muy en cuenta que el Estado de Bienestar fue el resultado
concreto de unas circunstancias sociales, políticas y económicas muy singulares
y de una correlación de fuerzas entre las clases sociales muy especial.
Por un lado, el Estado del Bienestar fue posible gracias al crecimiento
intensivo que favorecía grandes incrementos de la productividad y una expansión
continuada de la demanda, a la constante y amplia intervención del sector
público en la economía, al pleno empleo y a una división internacional del
trabajo y de las tareas productivas que garantizaba el predominio de las
economías del norte desarrollado, principalmente, sobre sus antiguos territorios
coloniales.
Y a todo eso coadyuvó, al mismo tiempo, la enorme capacidad de creación de
consenso que proporcionaba la llamada cultura del más y la aparición, desde el
principio muy ligada a los grandes poderes económicos, de las grandes industrias
culturales y de manipulación de las conciencias.
Por otro lado, el Estado del Bienestar fue (para muchos, de modo principal) el
resultado de un pulso entre clases sociales que en aquellos momentos históricos
no tenía un ganador claro.
Ese pulso sin ganador seguro se tradujo inicialmente en un pacto (en muchas
ocasiones explícito) sobre la distribución de la renta que expresaba, al mismo
tiempo, el equilibrio de clases existente entonces (que impedía que se produjese
un claro predominio del capital sobre el trabajo, o viceversa) y la necesidad de
ofrecer un modelo relativamente aceptable para las clases trabajadoras frente al
referente alternativo que en aquel momento representaban la Unión Soviética y
sus países afines.
En esas condiciones, teniendo en cuenta que se orientaba sobre todo a lograr un
cierto equilibrio de clases sociales, y aunque la economía tendiese
constantemente, como ha sucedido siempre en el capitalismo, a su
internacionalización, el Estado del Bienestar no podía ser fundamentalmente sino
una experiencia nacional, es decir, fraguada en el interior de los respectivos
ámbitos estatales.
La globalización neoliberal
Por otra parte, la globalización en la que nos encontramos no es simplemente un
cambio de escala, que lo es, ni el resultado de un gran revolución tecnológica,
que lo es, ni un cambio de proyecto civilizatorio, que lo es, ni siquiera el
resultado de una transformación radical en el modo de funcionar, organizar o
regular la vida económica y social, que lo es.
La fase globalizatoria que vivimos en la actualidad es todo ello pero también, y
sobre todo, es la consecuencia de un cambio radical en la correlación de
fuerzas, es el resultado del pulso al que hice referencia anteriormente ganado
ahora resueltamente por el capital frente a los trabajadores de todo el mundo. Y
esto es lo que de verdad explica que, a medida que la globalización se ha ido
consolidando, el Estado del Bienestar haya ido entrando en una crisis profunda y
definitiva.
Veamos esto con algo más de detalle.
Las razones que se pueden argumentan para explicar, justificar o racionalizar el
declive del Estado del Bienestar en la globalización de nuestra época son muy
diversas y todas seguramente cargadas de razón... si no se contextualizan
adecuadamente.
Se trata, por ejemplo, de argumentos como los siguientes:
- La falta de capacidad de maniobra de los gobiernos para llevar a cabo las
políticas redistributivas que permitieran los pactos o equilibrios de rentas que
son intrínsecos y consustanciales al Estado del Bienestar. Entre otras razones,
porque si las llevan a cabo, estableciendo cargas impositivas que no privilegien
al capital, éste se deslocaliza, desplazándose a territorios más favorables
desde este punto de vista gracias a las nuevas condiciones de movilidad que
proporciona el no-orden institucional del actual marco de relaciones económicas
internacionales.
- La ausencia de esos mecanismos o instrumentos redistributivos (principalmente
fiscales) a escala global que permitieran compensar o complementar la acción de
los gobiernos nacionales en este campo.
- El predominio de políticas deflacionistas que deprimen la actividad económica,
y que necesariamente implican reducir el potencial de crecimiento de las
economías limitando, en consecuencia, las posibilidades de creación de empleos.
- La generalización de mercados de trabajo que, en lugar de ser la fuente de la
socialización en el bienestar (garantizado salarios de suficiencia, acceso a los
derechos sociales universales, la creación de amplias redes familiares y
sociales,... como en la etapa fordista) son precarios, origen de grandes
desigualdades e incluso de un nuevo tipo de grave exclusión social.
- La imposibilidad, en las anteriores condiciones, de originar o generar el
consenso en el espacio de la mercancía (del empleo y del consumo) para pasar a
convertir en mercancía la generación del consenso en el espacio del ocio o no
trabajo.
- Una renuncia efectiva al Estado, a la política y a la consideración del
espacio colectivo (que es el propio del bienestar cuando las personas se
reconocen como seres sociales más que como simples individuos) como ejes de la
acción social, para convertir al mercado en su centro omnipresente.
Por otro lado, la regulación socioeconómica desde la ética y la lógica del
mercado que sostiene la globalización en la que nos encontramos ha producido una
economía global que es imagen vicaria del mercado: imperfecta, asimétrica,
desigualadora, útil solamente para optimizar la rentabilización de los
intercambios pero completamente ajena a la equidad o simplemente a la
problemática distributiva.
Finalmente, el orden institucional que finalmente acompaña a este estado de
cosas que caracterizan a la globalización de nuestras días es la negación
estricta de sí mismo porque no es un auténtico orden global (como ocurre
paradigmáticamente en el campo financiero) sino una arquitectura que no se rige
sino por la búsqueda constante del beneficio con independencia de su precio o de
las condiciones en que se produzca (lo que explica, por ejemplo, los acusado
problemas de sostenibilidad que la acompañan).
En todas estas condiciones, lo que viene creando la globalización son sociedades
fragmentadas, desiguales y compuestas de individuos ensimismados que renuncian
implícita o explícitamente, consciente o inconscientemente, a su pertenencia al
grupos o a la clase, es decir, al otro como puente hacia su socialización. Unas
sociedades en las que, efectivamente (y como suele ser opinión mayoritaria) es
materialmente imposible que sobreviva el Estado del Bienestar.
Ahora bien, lo que sucede es que esta incompatibilidad no se da entre
globalización y bienestar de modo genérico sino entre proyectos históricos
concretos de ambos.
Es fundamental tener en cuenta que la globalización en la que nos encontramos,
como ocurriera con otras fases globalizadoras, no es la globalización. En
realidad, es su modalidad neoliberal, tan inevitablemente caduca como
históricamente lo es cualquier otra.
Y lo está ocurriendo, y afectando gravemente al bienestar, es que la
globalización neoliberal es radicalmente imperfecta.
No es verdad que esté implicando una globalización de todas las relaciones
sociales, como falsamente se quiere hacer creer. Por el contrario, son
demasiados los ámbitos que expresamente están quedando fuera de la dimensión
global que podrían alcanzar para lograr mejores condiciones de vida y bienestar
para el conjunto de la humanidad.
De hecho, son muy pocos los ámbitos socioeconómicos que en nuestros días se
encuentran globalizados perfecta y literalmente hablando. Quizá solamente el
dinero y las finanzas. Ni siquiera el comercio, porque los países ricos imponen
costosísimas y barreras a los más pobres. Tampoco el trabajo, pues se mantienen
fronteras obviamente contrarias a la liturgia liberalizadora con la que se nos
adoctrina día a día. Y la globalización de la cultura, de los valores o las
pautas de consumo o estilos de vida son, una clara expresión uniformadora más
que la del mosaico en que debiera reflejarse la diversidad global de nuestro
planeta.
En definitiva, el Estado del Bienestar es incompatible con la globalización pero
solo en la versión neoliberal de ésta última y lo que eso indica no es que haya
que renunciar a la globalización o mucho menos al bienestar sino que hay que
hacer que éste sea su eje. En lugar de renunciar y dejar de hablar de bienestar
lo tendríamos que erigir en el centro de la globalización para así avanzar hacia
lo que me parece que satisface mejor que la agenda actual a las aspiraciones
humanas más auténticas: la sociedad mundial del Bienestar Global.
Juan Torres López es
Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Málaga (España). Su web
personal:
http://www.juantorreslopez.com
Publicado originalmente en la revista Temas para el Debate. Reproducido en
Globalizacion.org el 10 de marzo de 2008 únicamente con fines educativos.