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| ECONOMIA Y DESARROLLO |
POBREZA GLOBAL Y JUSTICIA GLOBAL
Amartya Sen
¿Y la desigualdad y la pobreza globales? Las cuestiones concernientes a la
distribución que figuran -de modo explícito o implícito- en la retórica
tanto de los manifestantes antiglobalización como de los firmes defensores
"pro globalización" necesitan un examen crítico. Acepto que este tema se ha
visto perjudicado con la popularidad de algunas cuestiones extrañamente
fuera de foco.
Algunos manifestantes "antiglobalización" argumentan que el problema central
es que los ricos del mundo están volviéndose más ricos, y los pobres más
pobres. Esto no es de ninguna manera algo uniforme (aunque hay una serie de
casos, en particular en América latina y en África, donde esto realmente
ocurrió), pero la cuestión esencial es si es ésta la manera correcta de
entender los temas centrales de justicia y equidad en la actual economía
global.
Por otro lado, los defensores de la globalización a menudo invocan y
recurren a su interpretación de que los pobres del mundo en general están
menos pobres, no (como se aduce muchas veces) más empobrecidos. Se refieren
en particular a la evidencia de que aquellos pobres que participan en el
comercio y en el intercambio no están más pobres sino todo lo contrario.
Dado que se están enriqueciendo gracias a que participan en la economía
global, ergo (sigue el argumento) la globalización no es injusta con los
pobres: "Los pobres también se benefician así que, ¿cuál es la queja?". Si
se aceptara la centralidad de esta pregunta, todo el debate se reduciría a
determinar cuál es el lado correcto en esta disputa mayormente empírica:
"¿Acaso los pobres que participan de la globalización están más pobres o más
ricos? (Dígannos, dígannos, ¿cuál es la respuesta?)".
Sin embargo, ¿acaso es ésta la pregunta adecuada? Yo argumentaría que no lo
es en absoluto. Existen dos problemas en esta forma de considerar el tema de
la injusticia. El primero es la necesidad de reconocer que dados los
recursos globales que hoy existen, incluidos los problemas de omisión tanto
como los de comisión (que se analizarán en breve), a muchas personas les
resulta difícil ingresar en la economía global.
Tener en cuenta sólo a aquellos que ganan participando en el comercio deja
afuera a millones que permanecen excluidos de las actividades de los
privilegiados y que, de hecho, no son bienvenidos. La exclusión es un
problema tan importante como la exclusión desigual, y su solución exigiría
cambios radicales en las políticas económicas internas (tales como mayores
recursos para la educación básica, la salud y los microcréditos familiares),
pero también, cambios en las políticas internacionales de otros países,
sobre todo de los más ricos.
Por un lado, los países económicamente más avanzados pueden marcar una gran
diferencia recibiendo de mejor grado los productos -agrícolas, textiles y
otros industriales- exportados por los países en desarrollo. También están
las cuestiones concernientes al tratamiento humanitario -y realista- de las
deudas pasadas, que tanto limitan la libertad de los países más pobres (se
recibió de buen grado el hecho de que se hayan tomado algunas medidas
iniciales en esa dirección en años recientes), así como el gran tema de la
ayuda y la asistencia al desarrollo, acerca de lo cual difieren las
opiniones políticas, pero que de ninguna manera es un foco de atención
irrelevante.
Hay muchos otros temas que enfrentar, incluida la necesidad de volver a
pensar las disposiciones legales vigentes, como el actual sistema de
derechos de patentes.
Sin embargo, el segundo tema es más complejo y requiere una comprensión más
clara. Aun cuando los pobres que participan en la economía globalizada se
estuvieran enriqueciendo en cierta medida, ello no necesariamente implica
que estén recibiendo una parte justa de los beneficios de las
interrelaciones económicas y de su vasto potencial. Tampoco es adecuado
preguntar si la desigualdad internacional es marginalmente mayor o menor.
Para rebelarse contra la atroz pobreza y las pasmosas desigualdades que
caracterizan al mundo actual, o para protestar contra la división injusta de
los beneficios de la cooperación global, no es necesario afirmar que la
desigualdad no sólo es terriblemente grande sino que también se está
volviendo marginalmente más grande.
La cuestión de la justicia en un mundo de grupos diferentes y de identidades
dispares exige una comprensión más completa.
Cuando hay ganancias derivadas de la cooperación, puede haber muchos
acuerdos alternativos que beneficien a cada parte en mayor medida de lo que
ocurriría si no hubiera cooperación. La división de los beneficios puede
variar ampliamente a pesar de la necesidad de cooperación (esto a veces se
llama "conflicto cooperativo"). Por ejemplo, puede haber considerables
ganancias como consecuencia de la creación de nuevas industrias, pero sigue
existiendo el problema de la división de los beneficios entre los
trabajadores, los capitalistas, los vendedores de insumos, los compradores
(y consumidores) de productos, y quienes se benefician indirectamente por
los ingresos mayores de las zonas involucradas.
Las divisiones pertinentes dependerían de los precios relativos, de los
salarios y de otros parámetros económicos que regirían el intercambio y la
producción. Por tanto, es apropiado preguntar si la distribución de
ganancias es justa o aceptable, y no si existen ganancias para todas las
partes en comparación con una situación de ausencia de cooperación (que
puede ser el caso de muchos acuerdos alternativos).
Como John Nash, matemático y teórico de juegos (y ahora también un nombre
conocido gracias al tan exitoso film basado en la maravillosa biografía de
Sylvia Nasar, "Una mente brillante"), analizó hace más de medio siglo (en un
trabajo publicado en 1950, que estaba entre sus trabajos citados por la Real
Academia Sueca cuando ganó el Premio Nobel de Economía en 1994), el tema
central no es si un arreglo en particular es mejor para todos que la falta
total de cooperación, que es lo que sucede con muchos acuerdos alternativos.
Más bien, la cuestión principal es si las divisiones que surjan de las
diversas alternativas disponibles son divisiones justas, teniendo en cuenta
lo que en cambio podría elegirse. La crítica que sostiene que los arreglos
distributivos derivados de la cooperación son injustos (manifestada en el
contexto de las relaciones industriales, los acuerdos familiares o las
instituciones internacionales) no puede ser refutada simplemente advirtiendo
que todas las partes están en mejores condiciones de lo que estarían en
ausencia de cooperación (bien reflejada en el argumento supuestamente
contundente: "Los pobres también se benefician, así que ¿cuál es la
queja?").
Como esto sucedería en muchos –posiblemente infinitos acuerdos alternativos,
el verdadero ejercicio no radica aquí, sino más bien en la elección entre
estas diversas alternativas con diferentes distribuciones de ganancias para
todas las partes.
El punto puede ilustrarse con una analogía. Para argumentar que un arreglo
familiar particularmente desigual y sexista es injusto, no hay que mostrar
que a las mujeres les habría ido comparativamente mejor si no existiera la
familia ("Si piensa que las divisiones familiares actuales son injustas para
las mujeres, ¿por qué no se van a vivir fuera de las familias?").
Ese no es el tema: las mujeres que buscan un arreglo mejor dentro de la
familia no están proponiendo como alternativa la posibilidad de vivir sin
ella. El centro de la contienda es si en los acuerdos institucionales
existentes la división de beneficios dentro del sistema familiar es
gravemente desigual en comparación con otros acuerdos alternativos posibles.
La consideración en la que se concentraron muchos de los debates sobre la
globalización, a saber, si los pobres también se benefician del orden
económico establecido, es un enfoque completamente inadecuado para evaluar
lo que hay que evaluar. Lo que se debe preguntar, en cambio, es si es
factible que obtengan un arreglo mejor -y más justo-, con menos disparidades
de las oportunidades económicas, sociales y políticas y, de ser así, a
través de qué nuevos acuerdos internacionales e internos esto podría
llevarse a cabo. Allí radica el verdadero compromiso.
La posibilidad de mayor justicia
Sin embargo, antes tenemos que discutir algunos temas. ¿Acaso es posible un
arreglo global más justo sin trastornar totalmente el sistema globalizado de
relaciones económicas y sociales? En particular, debemos preguntar si el
arreglo que los diferentes grupos obtienen de las relaciones económicas y
sociales globalizadas puede cambiarse sin socavar o destruir los beneficios
de la economía de un mercado global.
La convicción, que muchas veces se invoca de manera implícita en las
críticas antiglobalización, de que la respuesta debe ser negativa desempeñó
un papel importante al generar pesimismo respecto del futuro del mundo con
mercados globales, y éste es el origen del nombre elegido por las protestas
antiglobalización.
Hay una suposición extrañamente común de que existe "el resultado del
mercado", sin importar cuáles son las reglas de la operación privada, de las
iniciativas públicas y de las instituciones que no pertenecen al mercado que
están combinadas con la existencia de mercados. En efecto, esa respuesta
está totalmente equivocada, como puede fácilmente verificarse.
La economía de mercado es coherente con muchos patrones de propiedad,
disponibilidades de recursos, recursos sociales y reglas de operación
diferentes (tales como leyes de patentes, reglamentos antimonopolios,
disposiciones para el cuidado de la salud y apoyo económico, etc.). Y según
estas condiciones, la propia economía de mercado generaría distintos grupos
de precios, condiciones comerciales, distribuciones de ingresos y, más en
general, muchos diferentes resultados globales.
Por ejemplo, cada vez que se establecen hospitales públicos, escuelas o
universidades, o se transfieren recursos de un grupo a otro, los precios y
las cantidades reflejadas en el resultado del mercado se alteran en forma
ineludible. Los mercados no actúan solos, ni pueden hacerlo. No existe "el
resultado del mercado" más allá de las condiciones que rigen los mercados,
incluida la distribución de los recursos económicos y de la propiedad. La
introducción o la mejora de acuerdos institucionales para la seguridad
social y otras intervenciones públicas también pueden producir diferencias
significativas en el resultado.
La cuestión central no es –y no puede ser– si aceptar o no la economía de
mercado. Esa pregunta superficial es de fácil respuesta. En la historia
mundial, ninguna economía logró jamás una prosperidad generalizada que fuera
más allá del nivel de vida elevado de la élite, sin hacer un uso
considerable de los mercados y de las condiciones de producción dependientes
de ellos.
No es difícil llega a la conclusión de que es imposible lograr una
prosperidad económica general si no se hace un uso extensivo de las
oportunidades de intercambio y especialización que ofrecen las relaciones
del mercado. Esto no niega en absoluto el hecho básico de que la operación
de la economía de mercado puede ser significativamente defectuosa en muchas
circunstancias debido a la necesidad de tratar con productos que se consumen
en forma colectiva (tales como los establecimientos de salud pública) y
también (como se analizó recientemente) debido a la importancia de la
información asimétrica y en general imperfecta que pueden tener los
diferentes participantes en la economía de mercado.
Por ejemplo, el comprador de un automóvil usado sabe mucho menos acerca del
auto que el dueño que lo vende, de modo que las personas deben tomar sus
decisiones de intercambio con una ignorancia parcial y con un conocimiento
desigual. Sin embargo, estos problemas, que son importantes y serios, pueden
tratarse mediante políticas públicas apropiadas que complementen el
funcionamiento de la economía de mercado. Pero sería difícil prescindir por
completo de la institución de los mercados sin socavar del todo las
perspectivas de progreso económico.
Sin duda, usar los mercados no es tan distinto de hablar en prosa. No es
fácil prescindir de ella, pero mucho depende de qué prosa escojamos para
hablar.
La economía de mercado no funciona sola en las relaciones globalizadas; de
hecho, no puede operar sola ni siquiera dentro de un país dado. No se trata
sólo de que un sistema global que incluye el mercado pueda generar
resultados ampliamente distintos según diversas condiciones (tales como de
qué manera se distribuyen los recursos físicos, de qué manera se desarrollan
los recursos humanos, qué reglas de relaciones comerciales prevalecen, qué
seguros sociales existen, cuán extensivamente se comparte el conocimiento
técnico, etc.), pero también estas condiciones dependen críticamente de las
instituciones económicas, sociales y políticas que operan en el ámbito
nacional y global.
Como se demostró ampliamente en estudios empíricos, la naturaleza de los
resultados del mercado está muy influida por las políticas públicas en
educación y alfabetización, epidemiología, reforma agraria, facilidades para
microcréditos, protección legal apropiada, etc., y en cada uno de estos
campos hay mucho por hacer a través de la acción pública que puede alterar
de manera radical el resultado de las relaciones económicas locales y
globales.
Es necesario comprender y utilizar esta clase de interdependencias para
superar las desigualdades y las asimetrías que caracterizan a la economía
mundial. Por sí sola, la mera globalización de las relaciones de mercado
puede ser un medio totalmente inadecuado para alcanzar la prosperidad
mundial.
A. Sen es doctorado en Cambridge y profesor de las universidades de Calcuta, Oxford y Harvard. Extraído del libro "Identidad y violencia", de Katz Editores. Versión publicada en el suplemento El Observador del diario Perfil, Buenos Aires, 24 de junio de 2007. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.
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