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| CIUDADANIA Y POLITICA |
Ildefonso Marqués Perales
El presente artículo
tiene como propósito esbozar algunas de las conclusiones a las que he llegado
en el marco de una investigación que ha tenido como objeto de estudio la
globalización y los movimientos sociales. Para hacer más clara mi exposición
he decidido despojar este artículo de la totalidad de las fuentes empíricas
que lo acompañan. Debido a que combino el análisis sociológico, es decir, el
estudio científico de las relaciones sociales, con la filosofía política, que
se ubica como todos sabemos en el terreno de los valores, he considerado
pertinente prescindir de los datos para otorgar más espacio a las reflexiones
que he realizado sobre ellos.
A continuación, voy a
tratar de presentar con la mayor síntesis y claridad expositiva posibles las
ideas principales que, a mi juicio, hacen que la ideología neoliberal no se vea
salpicada de las críticas que les hace el mal llamado movimiento
antiglobalización [1]. Estimo que son estas ideas fuerza las que les dan toda
su fortaleza a este nuevo pensamiento economicista, que presenta todas las
características de un nuevo pensamiento dominante, por emplear la terminología
á la mode en el pensamiento marxista de los años setenta.
El material empírico
que las ciencias sociales han recogido hasta hoy en día demuestra de forma casi
irrefutable que la globalización es un hecho y lo es porque sus efectos pueden
percibirse de forma objetiva en todas las esferas de la actividad y experiencia
humanas. Tanto en lo que se refiere al mundo económico financiero, como al mediático
a al jurídico, todos los universos sociales han sufrido el impacto de este fenómeno
y, como consecuencia, han sufrido profundos procesos de reestructuración.
No obstante, el que se
halla iniciado en su forma neoliberal no significa que no pueda adquirir otro
perfil en un futuro reciente, de la misma forma que pudo tenerlo en el pasado si
la correlación de fuerzas entre los grupos sociales en liza hubiera variado. Ya
que las acciones que emprenden los agentes individuales y colectivos no están
determinadas en su totalidad, la globalización será el resultado del
enfrentamiento de aquellos grupos que quieren hacerla pervivir, aquellos que
quieren destruirla y aquellos que desean que tome una nueva configuración. Lo
que nos queda más o menos claro es que el resultado de esta confrontación
dependerá de las 'lentes' con las cuales leamos esta nueva realidad social. La
naturaleza de los discursos que se formen alrededor del fenómeno no serán de
ninguna forma neutra sino que su misma existencia tendrá como fin influir en la
realidad que analizan. Se tratarán con toda seguridad de auténticas "políticas
de nombramiento" [2], es decir, discursos poderosos que moldean la vida
cotidiana, discursos que a la vez que nombran, ayudan a conferir existencia, a
las cosas, personas y hechos que son supuestamente designadas o descritas.
Los grupos favorecidos
por la globalización la mostrarán como un proceso benévolo al que simplemente
hay que concederle tiempo para que mejore. Valgan todos los sufrimientos por
alcanzar el objetivo final, pero está claro que mientras amplías capas de la
población 'invierten' su salud, su formación y sus sufrimientos en hacer
caminar a la globalización, ellos aumentan su riqueza, influencia y poder. Esta
es su mejor arma y es un arma ideológica contra la que algo puede hacerse.
Los grupos que aspiran
a erradicar la globalización adoptarán una perspectiva radical en el sentido
que dibujarán la globalización como una etapa de exterminio y/o decadencia. No
en vano estos movimientos sociales se dividen en dos grandes corrientes: una
primera, proveniente de los países occidentales, muy sensible a las realidades
del tercer mundo, que aboga por una simple ruptura con lo establecido y aspiran
una vuelta a lo local (turn to local); y una segunda, ubicada en el tercer mundo
o en las zonas más deprimidas del primero, que aspira a transformar in toto el
orden establecido a pesar de que a ojos occidentales haya adquirido una forma
exclusivamente tradicional. En el primer grupo podemos incluir a los pensadores
Jonh Zerzan, gurú de los verdaderos movimientos antiglobalización, y David
Noble, neoludita ex profesor de Harvard, obsesionado con la eliminación de la
división del trabajo. El segundo grupo estaría compuesto, principalmente, por
los islamistas radicales, aunque podríamos incluir una gran multitud de
movimientos políticos pero de apariencia religiosa bajo esta clasificación.
Los grupos que desean
trasformar la globalización sacarán a la luz todos los efectos nefastos que ésta
produce: desempleo, desarraigo, mercantilización..., sin embargo, ellos no son
los pilotos de la globalización. Su poder frente a las instituciones y agentes
favorecidos por la globalización es minúsculo, más todo su futuro dependerá
de las estrategias que sepan movilizar a su favor. A mi juicio, dada la
experiencia histórica precedente, sólo será por mediación del Estado, por su
apropiación y utilización, cuando estos cambios cobrarán carta de naturaleza.
Quizá sea el sociólogo francés Pierre Bourdieu quién más ha insistido en
esta línea y, de hecho, sus célebres escritos sobre la invasión neoliberal así
lo atestiguan [3].
La corriente
neoliberal, que se integra, lógicamente, en el primer grupo, ha pulido mejor
sus argumentos [4]. Y lo ha hecho porque ha sabido reducir el 'universo de
posibilidades', ha conseguido restringir nuestras elecciones cotidianas por lo
que nos ha hecho inevitablemente "menos libres". Sus conquistas son
infinitas pero su principal fuerza reside en un conjunto de ideas que han calado
en lo más profundo de nosotros.
A pesar de ser una
nueva etapa histórica, la globalización no es un proceso tan novedoso como nos
lo quieren hacer creer. Su visión teleológica de la historia ha impregnado y
actualmente forma parte de aquello que se da por hecho y no es discutido. Ha
pasado a constituir parte de la doxa de nuestras sociedades.
Es, por poner un
ejemplo, una victoria de los neoliberales la ocultación del periodo económico
comprendido entre los años 1870-1973 [5]. Muchos de los novedosos rasgos que se
le atribuyen a la globalización aparecieron ya durante este intervalo, no
obstante, su proyecto globalizador no admite rupturas, cambios de sentido o
cesuras pues abrirían espacios a la reflexión y a las trasformaciones
sociales. La historia debe estar gobernada y debe estarlo porque, al vernos
gobernados por una naturaleza superior a nuestra voluntad, nuestra capacidad de
elección se ve anulada o, al menos, limitada.
Por otro lado, otro de
sus éxitos procede, como tan bien ha descrito el crítico literario Terry
Eagleton [6], de la merma del componente político existente en la misma idea de
cultura. Lo político ha perdido todo su poder de convocatoria pues ha sido
incapaz de ofrecer a los agentes sociales un ideal de emancipación. La búsqueda
de la identidad y la cultura narcisista del yo han sustituido, con unas
consecuencias que aún no podemos divisar, a la cultura política de la
izquierda. La razón social, verdadero sostén de las luchas que los grupos
dominados han emprendido en las sociedades industriales, está dando paso a una
concepción de la cultura fragmentada y apolítica. Si las universidades, medios
de comunicación y activistas persisten en la batalla liberalismo versus
comunitarismo, en los intríngulis de la sociedad multicultural o en el nuevo
'giro del sujeto', nada habremos avanzado. De igual manera, no deberíamos
esperar que el socialismo soft, o si se quiere en términos más cómicos, el
softcialismo de las democracias actuales nos saque las castañas del fuego.
Hemos de ser capaces de reactivar la política pero iniciándonos una nueva
senda que corrija los errores del pasado.
De la misma forma, los
neoliberales han logrado reducir toda la idea ilustrada de progreso al aumento
de los índices del Producto Interior Bruto. Si una nación crece económicamente
es porque su sociedad es dinámica, abierta y libre, independientemente de que
el desempleo, la violencia, la desigualdad y la pobreza aumenten. La idea de
desarrollo ha de contemplarse atendiendo a diferentes variables, siendo el
crecimiento económico una más entre otras. Las sociedades occidentales asisten
a una nueva etapa histórica caracterizada por un crecimiento de mala calidad,
es decir, por un desarrollo que sólo contempla el engrandecimiento económico
de los que más tienen. Los economistas, sociólogos o ciudadanos pueden emplear
multitud de taxonomías para clasificar a las sociedades. El hecho de que todos
dividamos a las sociedades entre ricas y pobres –por encima de estables-no
estables, consensuadas-conflictivas, socialmente avanzadas o socialmente
atrasadas–, es un claro exponente de la colonización de las ideas
neoliberales.
Otra idea fundamental
que la ciudadanía ha aceptado deriva del cambio que ha sufrido la noción de
interés común. En la formación de los Estados modernos y del capitalismo, el
aumento de riqueza y poder por parte de las clases favorecidas se vio acompañado
de una preocupación por el avance del bien común. Debido a la buena salud que
presentaban los 'metarelatos', tanto los primeros teóricos del Estado como los
primeros capitalistas idearon estrategias políticas que tendían al logro de su
propio beneficio pero que eran camufladas de forma que se hiciera pasar por
universales. La necesidad de legitimarse ante un amplio abanico de poderosos
grupos sociales desembocó en la creación de una ideología desinteresada,
aunque fuera la mayor parte de las veces en su forma hipócrita. De alguna
forma, el que las clases dominantes presentaran su interés como universal hacía
avanzar aunque fuera de forma desigual el interés común. La educación y
sanidad universales son un ejemplo de ello. Esta situación hoy ha cambiado. La
elite que gobierna los flujos financieros mundiales o los altos funcionarios del
Estado mínimo no están sujeta a ninguna obligación para con los demás. Todos
aceptamos las reglas del juego tal como están fijadas y vemos lógico que
aquellos que tienen la posibilidad de aumentar su poder y riqueza lo hagan. De
ahí, que personajes como el especulador internacional George Soros o el
corrupto Silvio Berlusconi se hayan convertido en modelos a seguir. Como señala
el sociólogo Richard Sennett "la nueva élite de Nueva York o Londres
manda en pisos y restaurantes, pero ha mostrado escasos deseos de gobernar los
hospitales, escuelas, bibliotecas y otras facetas públicas de la ciudad. De
hecho, uno de los grandes dramas que se desarrolla en la actualidad en Nueva
York es la crisis financiera que se ha producido como consecuencia de que la
nueva elite se haya apartado del ámbito público; las nuevas clases adineradas,
sobre todos en los sectores de información y la alta tecnología, no han
proseguido ese tipo de hegemonía cívica que, en la historia neoyorkina, se
extendía desde la época de los holandeses, a principios del S.XVIII, hasta la
llegada de los italianos, irlandeses y judíos a las clases dirigentes de la
ciudad, doscientos cincuenta años más tarde" [7].
El Neoliberalismo
también nos ha hecho ver como 'un imposible' la idea de democracia directa.
Todos los discursos emancipadores –y recordemos el socialismo algún día lo
fue– parten de la creencia de que cambiando las condiciones sociales de
dominación, los agentes sociales alcanzarán no sólo la libertad sino, dentro
de un margen más menos estrecho, la igualdad. Sin embargo, la ideología
meritocrática y su corolario, la tecnocracia, niegan la posibilidad de esta
admirada forma de democracia. La cada vez mayor complejidad de los asuntos públicos,
sobre todos los políticos y económicos, pero también los energéticos o médicos,
hace necesaria la formación de un cuerpo específico de ciudadanos destinados a
su administración. Y es cuando más desconocemos el mundo que nos rodea cuando
más necesitamos del gobierno de los otros. Ya sea la decoración de nuestra
casa, la dirección de nuestro dinero o la educación de nuestros hijos, todo
está actualmente mediado por un "saber experto" que limitan nuestra
capacidad para actuar sobre las personas y las cosas. Pero no creamos que este
saber es producto de la división del trabajo que caracterizó la modernización.
Aunque las distintas esferas que estructuran los órdenes de la vida parezcan
ser autónomas y simulen estar gobernadas por sus propias leyes, no lo son.
Todos los universos sociales, desde el cultural hasta el científico, están
siendo penetrados por la lógica del cálculo.
De hecho, el filósofo
español Antonio Campillo, basándose en una lectura muy personal de la obra de
Georges Bataille, ha mostrando con gran sencillez expositiva las profundas
incoherencias de los supuestos que fundan la economía neoclásica. Los
'fundamentalistas del mercado', como los llama Joseph Stiglitz, piensan que
todas las relaciones sociales básicas se reducen a las relaciones económicas.
Del mismo modo que el marxismo más realista, señalan que son las relaciones
económicas las que fundamentan las relaciones sociales y nunca al contrario.
Pero no cuentan con otro género de relaciones que son irreductibles a las
relaciones económicas y son igualmente básicas para la cohesión y
perdurabilidad del género humano, a saber, las relaciones de parentesco y las
políticas. Las primeras son fundamentales para regular la convivencia entre
sexos y generaciones haciendo posible la reproducción, la trasmisión sexual y
vida afectiva. La segunda son necesarias para dar forma a la resolución de
conflictos y facilitar los acuerdos entre los diferentes grupos sociales.
"No hay sociedad alguna que no cuente con estas tres formas básicas de
relación social, las económicas, las parentales y las políticas, y que no
lleve a cabo una determinada articulación o integración de todas ellas"
[8].
Hoy en día, el mundo
globalizado es percibido como un totum revolutum en el que las distintas
culturas se religan ajenas a toda relación de poder. La globalización prima la
diferencia –Ulrich Beck dixit– y puesto que todos somos diferentes todos
somos iguales. Debido a que cada persona puede escoger sus productos y sus
servicios contemplando una gama infinita de variedades, puede construir una
biografía genuina, original y distintiva. Es el signo inevitable de los tiempos
que corren. Incluso la nación más poderosa del mundo acepta 'anclajes
culturales' foráneos, de la misma forma que las demás naciones aceptan sus películas,
su música y su moda [9]. Las multinacionales, aunque efectivamente, poseen un
poder que mercería ser regulado en alguna ocasión, son eso; empresas que nos
pertenecen a todos, compañías que no están sujetas a un espacio nacional. En
ningún caso se puede hablar de 'americanización', de 'imperialismo cultural' o
terminologías afines, pues estas palabras nos retrotraen a lo más trasnochado
del espectro ideológico radical.
Sin embargo, una
mirada más detenida a la realidad niega semejantes aseveraciones. De los préstamos
culturales que se producen entre las diferentes 'culturas' en la globalización,
es evidentemente la nación estadounidense la que menos influencias recibe y la
que más da. EEUU lidera la globalización y lo hace porque posee todos los
recursos para salir victorioso. No porque uno esté 'pasado de moda' deja de ser
verdad que USA posee todo el poder tecnológico, militar, económico, cultural.
Además, posee 'instancias de mediación entre todos estos poderes' ¿Por qué
no se habla nunca del papel que cumple el poder militar estadounidense en su
desarrollo económico?
En resumen, la globalización es un terreno de luchas 'cuyo resultado está aún por decidir'. Si la consideramos de esta forma, comprobaremos muchos de los análisis que se están realizando en la actualidad se inscriben de facto en la senda del pensamiento más reivindicativo de las ciencias sociales. Pero puede ser que aún fallemos en algo. Quizás si somos capaces de someter nuestros presupuestos a una crítica radical, estas agujas tan inclinadas hacia la ideología neoliberal puedan cambiar.
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Notes |
[1] Digo el mal
llamado movimiento antiglobalización porque sólo una reducida parte de los
agrupados bajo esta designación puede clasificarse como verdaderamente
antiglobalizadores. Sólo los anarquistas radicales y los neoluditas pueden
inscribirse bajo ese nombre. El resto se acogen positivamente al proceso de la
globalización pero no en el sentido de los economistas neoliberales y políticos
situados a la derecha del espectro político. Algunos miembros de esta fuerza
social se han autonombrado movimiento por una globalización alternativa,
conjunto de términos que describen mucho mejor su realidad. Por lo tanto, yo
voy a escoger esta terminación, no obstante, para resaltar la fuerte carga
opositora que desde todos los ámbitos desencadena cualquier manifestación de
este movimiento, en alguna ocasión utilizaré antiglobalizadores pero siempre
en cursiva. Por otro lado, he decidido escoger globalización en lugar de
mundialización para hacer hincapié en el componente anglosajón y
norteamericano de este proceso.
[2] Schirato, T.;
Webb, J., Understanding globalization. London-New Delhi, Thousand Oaks, 2003,
218.
[3] Explícitamente se
aborda en Bourdieu, P., Contre-feux. Propos pour servir à la résistance contre
l'invasion neo-liberal. Paris, Raisons d'agir, 1998 (Contrafuegos. Reflexiones
para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal. Barcelona,
Anagrama, 1998), Contre-feux 2. Pour movement social européen. Paris, Raisons
d'agir, 2001. (Contrafuegos 2. Por un movimiento social europeo. Barcelona,
Anagrama, 2001), "Sur les ruses de la raison impérialiste". Actes à
la recherche de science sociales, 121-122 (marzo de 1988), 109-118. ("Sobre
las argucias de la razón imperialista", en Intelectuales, política y
poder. Buenos Aires, Eudeba, 1999, 205-222. También existen dos importantes
conferencias donde se aborda la misma temática. Vid. "Neo-libéralisme
comme revolution conservatrice" (Premio Ernst Bloch 1997, Ludwigshafen, 22
de noviembre de 1997), en Kufeld, K., Zukunft Gestalten. Môsingen-Talheim,
Talheimer Verlag, 1998, 23-29. ("Una utopía razonada: contra el fatalismo
económico". New Left Review, 227 (2000), 156-162.) y "Neolibéralisme
et Nouvelles formes de domination" (Universidad de Keisen, Tokio, 3 de
octubre del 2000), Tokio, Universidad de Keisen, Fujiwara-Shoten, 2001, obra
(1998), y CD-ROM.
[4] Entre los
defensores, más reconocidos internacionalmente, de esta postura podemos
encontrar al guru de las finanzas japonesas, Ohmae, al ex-secretario de Trabajo
de la administración norteamericana, Robert Reich o, Alain Minc, por citar algún
autor francés. Sus aportaciones no generarían ninguna réplica si las
instituciones trasnacionales, como el BM o el FMI, junto con los políticos
especialmente la tríada Bush-Blair-Berlusconi, las hicieran suyas. Vid. Ohmae,
K., The end of the Nation State. Nueva York, Free Press, 1995 y Reich, R., The
work of nations. Nueva York, Vintage Books, 1992.
[5] Went, R.,
Globalization, Neoliberal Challenge, Radical Reponses. Londres, Sterling y
Virginia, Pluto Press, 2000, 8.
[6] Eagleton, T., La
idea de cultura, una mirada política sobre los conflictos culturales.
Barcelona, Paidós, 2001, 188-189.
[7] Sennett, R.
"La calle y la oficina: dos fuentes de identidad", en Giddens, A.;
Hutton, W. (eds.), En el límite. La vida en el capitalismo global. Barcelona,
Tusquets Editores, 2001, 256.
[8] Campillo, A.,
Contra la economía. Ensayos sobre Georges Bataille. Granada, Editorial Comares,
2001.
[9] El manual de la
globalización neoliberal, con afán de simpatía y de claridad expositiva, señala
que la globalización está tan presente que la podemos ver cotidianamente en
nuestra gastronomía. Salimos a cenar a restaurantes italianos, mexicanos y
chinos. Pero ¿no son estas las principales minorías étnicas norteamericanas?
Publicado en la revista "Historia Actual On-Line" (No 3, 2004).