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| CIUDADANIA Y POLITICA |
Francisco Fernández Buey
Este libro trata del movimiento
que en su origen fue llamado antiglobalización y que hoy prefiere llamarse a sí
mismo alterglobalizador. Es un movimiento social crítico y alternativo con
cuatro años de existencia, que ha salido del génesis posmoderno criticando la
teología política dominante. Es un movimiento de movimientos que aspira a ser
global. Como tal, no necesita presentación porque todo el mundo ha oído ya
hablar de él. Ha sido presentado, en tiempos de desigualdades profundas
marcadas por la ideología de la guerra preventiva para fomentar la guerra de
civilizaciones, como representación genuina de lo que podría llegar a ser una
sociedad civil global. Es posible que tal aspiración sea una utopía en el
sentido propio de la palabra. Pero, para sus activistas, es una utopía
pertinente, una utopía que hace falta, pues gran parte de lo que un día se
llamó sociedad civil, si es que alguna vez hubo algo que respondiera con verdad
a una apelación así, se había ido haciendo "incivil" en la época
que los ideólogos han llamado del fin de la historia.
Hay varias maneras de ver el mundo en que se
vive. Una, muy socorrida, es verlo con categorías políticas: desde la
izquierda o desde la derecha. Otra, más atenta a las desigualdades sociales que
a las declaraciones y promesas de los políticos institucionales, es verlo desde
arriba o desde abajo. Generalmente el mundo tiende a verse desde arriba porque
lo que se ve desde abajo apenas llega a los medios de comunicación, a no ser
como suceso periodístico o como desgracia. El movimiento antiglobalización
trata de ver el mundo desde abajo, con los ojos de los que viven de sus manos o
malviven en la peor de las situaciones. Esto no quiere decir que las personas
comprometidas en el movimiento sean todas, socialmente, de los de abajo. Sólo
quiere decir que, al valorar y calificar el mundo en que vivimos, quienes
escriben o actúan en el movimiento se identifican, o tratan de identificarse,
con las víctimas, con los perjudicados por la globalización neoliberal en
curso. Que ya es bastante.
El segundo capítulo es una reconstrucción de la
historia del movimiento de movimientos. Empieza remontándose a la década de
los sesenta del siglo XX para mostrar cómo surgieron y qué pretendían los
movimientos sociales críticos y alternativos que entonces se llamaron nuevos
(feminismo, ecologismo, pacifismo), discute varios tópicos muy establecidos
sobre su novedad y explica luego las razones por las cuales aquellos movimientos
fueron declinando hasta quedar parcialmente absorbidos por una multitud de
organizaciones no gubernamentales que oscilaban entre la institucionalización,
el voluntarismo y el mantenimiento del espíritu anticapitalista. A continuación
presenta el movimiento de movimientos como una especie de crisol de lo que hubo
antes, subrayando su propósito explícito de superar lo que en su día fueron
movimientos de un solo asunto.
En este contexto se describe el recorrido que va
desde Chiapas y Seattle a Mumbai pasando por Porto Alegre, Génova, Barcelona,
Florencia, etc. La finalidad principal de este capítulo es mostrar cómo, a
pesar de todo, se ha mantenido el espíritu crítico del capitalismo realmente
existente y cómo, precisamente por las vueltas que ha dado el mundo entre 1990
y 2000, el lenguaje con el que se expresa la crítica y con el que se vierten
las alternativas ha cambiado de una forma radical. Mantengo en este punto que el
cambio de lenguaje ha tenido mucho que ver la experiencia de Chiapas y que sin
ella no se puede entender la forma de expresarse del movimiento de movimientos.
El tercer capítulo del libro está dedicado a
los objetivos del movimiento que se quiere alterglobalizador, es decir, a su
intención alternativa, a las medidas que propugna para cambiar el mundo en que
vivimos. Repaso ahí la propuesta de establecer variantes de la Tasa Tobin para
el control racional y justo de los intercambios comerciales, cómo ha ido
evolucionando la idea de establecer una renta básica, qué entienden los
activistas del movimiento por sustentabilidad y biodiversidad y cómo se ha ido
perfilando la idea de soberanía alimentaria para combatir el hambre y salir de
la miseria. Pero como varias de estas propuestas, generalmente compartidas, no
son entendidas en el mismo sentido por los distintos grupos y organizaciones que
componen el movimiento alterglobalizador, me he detenido en algunas de las
discusiones y polémicas en curso para decir qué opino al respecto.
El mismo punto de vista (que va de la descripción
al análisis y del análisis al diálogo) he adoptado al abordar, en ese mismo
capítulo, algunas de las cuestiones actualmente más controvertidas en el seno
del movimiento de movimientos, a saber: si de lo que se trata es de reformar el
mundo que conocemos o de cambiarlo de base, como decían los antiguos; si se
puede hablar o no de sujeto o sujetos para ese cambio; si para tal viaje siguen
valiendo las alforjas a las que llamamos partidos políticos o más bien se
necesita otra cosa, aún indefinida, entre la forma partido y la forma
movimiento social; si, decidido esto, el movimiento de movimientos está abocado
a mantenerse como un anti-poder que va cambiando capilarmente el mundo que hay
sin proponerse tomar el poder o si, antes o después, tendrá que volver a
plantearse aquel viejo asunto de la conquista del poder.
Estas cosas no se suelen discutir de una manera
explícita en las asambleas preparatorias de las grandes campañas mundiales en
las que participan activamente los afiliados al movimiento de movimientos, tal
vez por falta de tiempo o porque se piensa, como pensaron algunos grandes
hombres, que primero hay que ponerse en marcha y luego ya se verá. Pero son
cosas que están implícitas casi siempre en las decisiones que se toman. Me ha
parecido sano hacerlas explícitas aquí refiriéndome a los autores vinculados
al movimiento alterglobalizador que sí se han ocupado de ellas con algún
detalle.
El capítulo cuarto trata de desobediencia civil.
Parte de la convicción de que esta expresión resume bien la intención y el
espíritu que en otros tiempos se llamaron "revolucionarios". La
desobediencia civil lleva camino de convertirse en la estrategia del movimiento
de movimientos. Expresa, por una parte, la voluntad de resistencia ante las
injusticias claramente percibidas. Pero en la medida en que no se plantea ya
solamente en términos de moral individual, de objeción de conciencia del
individuo ante leyes injustas, sino como reiterada propuesta colectiva, ético-política,
la desobediencia civil está apuntando también hacia lo que podría ser otra
sociedad (con otras leyes, con otra legalidad) o, por lo menos, a lo que podría
ser una sociedad realmente "civil" en esta época de la globalización.
Atendiendo a lo que hoy se entiende por
desobediencia civil desde Chiapas a Padua pasando por Vieques, Canadá, Seattle,
Barcelona y Bilbao he llegado a la conclusión de que está naciendo un híbrido
interesante desde el punto de vista ético-político; un híbrido que despuntaba
ya en el movimiento por la paz de los años ochenta del siglo XX, en los peores
momentos de la guerra fría. La configuración definitiva de este híbrido
intelectual tendría que ver también con el cambio de lenguaje que se está
imponiendo en el movimiento de movimientos. Me explico. Hasta hace no mucho
tiempo decir desobediencia civil en los movimientos sociales equivalía a estar
pensando en Thoreau, en Tólstoi, en Gandhi, en Luther King. Y ese pensamiento
se oponía, por lo general, a la estrategia del movimiento obrero y sindical y a
las tradiciones, más politicistas, que contribuyeron a configurarlo desde el
siglo XIX. Hoy no. Hoy cuando se habla de desobediencia civil (y se habla mucho)
como estrategia o principal forma de actuación del movimiento de movimientos se
está pensando en términos que no son ya necesariamente de oposición entre
estas tradiciones. El híbrido al que me refiero está naciendo por integración
de ideas que vienen de Spinoza, de Marx, de Rosa Luxemburgo y que se cruzan con
ideas de Thoreau, de Gandhi y de Luther King, pero también con otras ideas y
actitudes que vienen de Francisco de Asís o de las tradiciones orientales. No
he encontrado mejor forma provisional de caracterizar este híbrido en formación
que llamarlo nuevo libertarismo.
¿Por qué? Porque ocurre como si aquella herejía
del liberalismo histórico que, al decir de Antonio Gramsci, fue el socialismo,
volviera a sus orígenes. Y volviera, después de hacer la experiencia del
fracaso histórico en el siglo XX, para replantearse (con ojos parecidos a los
que tuvieron los fundadores de la I Internacional) qué hacer, ay, con ese
monstruo un día llamado Leviatán que, por comparación con el otro monstruo
apocalíptico, Behemoth, resultó tener, paradójicamente, una querencia no
despreciable: la de educar ciudadanos y asistirlos en lo peor. Tal vez por eso,
por lo que apunta en esta paradoja y en este híbrido al que llamo aquí nuevo
libertarismo, Noan Chomsky y otras personas vinculadas al movimiento de
movimientos vienen diciendo que lo que haría falta, en este coro polifónico
libertario que se quiere internacionalista y unitario, es una nueva
internacional, la V Internacional. La idea me parece buena. Y para apoyar la
sugerencia me he servido, al encabezar cada capítulo, de alguna estrofa
significativa del canto que escribió Eugen Pottier y que tanta gente ha cantado
tantas veces con emoción.
El quinto y último capítulo de este libro trata
de la democracia: de la realmente existente, que no responde a lo que la palabra
democracia dice, y de la que se está perfilando, que es democracia
participativa. La gran mayoría de los activistas del movimiento
alterglobalizador son muy críticos de la democracia representativa realmente
existente en este mundo nuestro. He recogido esas críticas fijándome sobre
todo en el malestar que hoy produce una concepción simplemente procedimental o
procedimentalista de la democracia, en la reducción de la misma a los procesos
electorales, en la sobre-representación que de hecho tienen los de arriba y en
la infra-representación de los abajo, en el condicionamiento que representa la
tecnificación de la función pública y en el papel que actualmente juegan los
medios de comunicación.
Pero lo característico del actual movimiento de
movimientos es que no se queda en la crítica de las democracias realmente
existentes en el Norte y en Sur del mundo, sino que puede proponer ya
experiencias alternativas que en estos años ha hecho suyas e incorporar, además,
las reflexiones de aquellos teóricos de la democracia que van más allá del
punto de vista procedimental. He tenido en cuenta estas reflexiones, algunas de
ellas procedentes de ámbitos académicos (de la teoría política o de la
sociología) para ponerlas en relación con la descripción y el análisis de
las experiencias alternativas habitualmente apreciadas por los activistas
alterglobalizadores. Me he fijado sobre todo en dos: la de Porto Alegre y la de
Kerala para acabar planteando otros dos problemas sobre los cuales están
llamando la atención algunos de los teóricos del Foro Social Mundial: el de la
posibilidad de generalizar la experiencia participativa a megaurbes
multiculturales y el del peso relativo de la representación institucional y de
la participación por abajo en la toma de decisiones sobre cuestiones básicas
para la ciudadanía.
Editado a partir de secciones de la introducción a Guía para una globalización alternativa, publicado por Ediciones B, Madrid (España), 2004. Publicado en La Insignia - 5 de mayo del 2004.