CIUDADANIA y POLITICA

 

GLOBALIZACIÓN Y LUCHA FEMINISTA


Sira del Río

 

1) El conocimiento de los datos generales sobre la situación de las mujeres, no puede sustituir a la necesidad de saber lo que pasa a nuestro alrededor.

Hablar de globalización y feminismo da lugar a numerosas reflexiones. La primera de ellas es de qué feminismo estamos hablando. En este caso, no se trata tanto de señalar las diferentes tendencias teóricas dentro del feminismo, como de distinguir aquellos sectores que se plantean conseguir cambios desde las instituciones, sin poner en tela de juicio el marco político y económico en el que nos encontramos, de las feministas que consideramos que la lucha antipatriarcal no puede ser ajena a la lucha anticapitalista, no sólo porque formamos parte del mundo radical, sino porque pensamos que ambos sistemas están íntimamente relacionados y se apoyan y sostienen mutuamente.

Desde este punto de vista, el posicionamiento ante lo que supone la globalización, adquiere características muy diferentes, aunque en muchos casos se produzcan situaciones de ambigüedad. Con esta reflexión no se quiere propugnar ninguna barrera infranqueable, sino la necesidad de un análisis claro que ilumine una realidad que se muestra de manera confusa en numerosas ocasiones. También dentro del mundo radical nos encontramos con otras confusiones. La existencia de algunos estereotipos propicia un distanciamiento muchas veces injustificado, imposibilitando el acercamiento para deliberar si podemos o no construir un discurso y una práctica colectivos. Bueno ejemplo de estos estereotipos es la identificación como “institucionales” o “antagonistas” en base a la edad (no sólo personal sino de los grupos de los que se forma parte) o a una mayor o menor proximidad al feminismo dela igualdad o al de la diferencia.

La segunda reflexión es que una perspectiva feminista en el discurso contra la globalización, no puede quedarse en hacer una relación pormenorizada de sus desastrosos efectos sobre las mujeres, ni en la constatación de que para nosotras son peores porque vivimos en una sociedad patriarcal. Si bien esto es necesario, desde luego no es suficiente. Hay que profundizar en las causas y esto significa, entre otras cosas, construir un discurso contra la globalización que tenga en cuenta el género. Hablar de consolidación del capitalismo o de la forma de desarrollo económico sin considerar el papel del trabajo doméstico y de cuidados, es un ejemplo de pensamiento androcéntrico. Pero, además, otro factor a considerar, es el peligro de que una mirada excesivamente centrada en la economía, nos lleve a relegar a un segundo plano el análisis de los mecanismos patriarcales inherentes a la subordinación de las mujeres. Es preciso mantener la tensión para avanzar hacia un pensamiento integral.

La tercera y última idea tiene que ver con el uso de términos que, en su momento, tuvieron una gran fuerza, pero que hoy han quedado convertidos en lugares comunes. En unos casos han sido desactivados por la utilización que de ello se ha hecho desde el poder. En otros, porque en su utilización aparecen vacíos de contenido, sin vinculación con la realidad que nos rodea. “Feminización de la pobreza” es un ejemplo de ello. El análisis de lo concreto no debe de ser sustituido por ideas generales que funcionan a modo de “ungüento amarillo”, que valen para todo.

De la misma manera, el conocimiento de los datos generales sobre la situación de las mujeres, no puede sustituir a la necesidad de saber lo que pasa a nuestro alrededor. Podremos partir de ideas generales, debemos tenerlas en cuenta, pero es necesario contextualizar, no sólo para poder explicarnos lo que pasa en un lugar geográfico concreto, en un momento histórico determinado, sino porque es en nuestra realidad más cercana en la que podemos intervenir primordialmente.

2) Mediante la subordinación del espacio privado y de sus protagonistas, las mujeres, el modelo liberal garantiza, con un bajísimo coste, la producción y reproducción de la fuerza de trabajo, actividad imprescindible para la construcción del espacio público y del mercado. También asegura la continuidad de las relaciones patriarcales de dominación.

Las políticas aplicadas en nombre de la construcción europea, nuestra particular globalización, han traído flexibilización del empleo, peores condiciones laborales, privatización de servicios públicos y recortes en la protección social. Para la mayoría de las mujeres, sobre todo para las más desfavorecidas económicamente, estos problemas se manifiestan de forma más acusada, tanto en el mercado laboral, donde tenemos las peores condiciones [1] , cómo en el trabajo doméstico y de cuidados del que nos seguimos ocupando casi de forma exclusiva.

Abordar el significado de la globalización para las mujeres exige una mirada que no sólo tenga en cuenta la esfera pública, el mercado, sino también la esfera privada, los cuidados a las personas. Habitualmente, nuestra mirada sobre la realidad no tiene en cuenta algo que está muy cerca de nosotras, algo que es la base del funcionamiento de la economía y de la sociedad y que no obedece a la lógica del mercado. ¿Fue el interés lo que movió a nuestra madre a atendernos cuando éramos sólo unas criaturas? ¿aplicamos criterios de productividad cuando cuidamos a nuestro hermano enfermo?

Paradójicamente, y a pesar de aparecer como secundaria, la lógica que mueve estos comportamientos, basada en el afecto, en la solidaridad, en el cuidado de las otras, es la que moviliza la mayor parte del trabajo que se realiza.

La globalización es la etapa actual de desarrollo del capitalismo. Comprender su significado para las mujeres exige conocer nuestro papel histórico en este sistema. Si bien la desigualdad de las mujeres es muy anterior a la sociedad capitalista, el liberalismo reformuló esta relación de subordinación, que pasó a formar parte de la estructura del nuevo sistema económico y social, en base a la división del mundo en dos esferas separadas e incluso antagónicas: la pública y la privada. La pública era, y es, el espacio del mercado, regido por los criterios de la racionalidad económica. El inversor busca maximizar sus ganancias, el asalariado sus ingresos y el consumidor la utilidad derivada de su compra. De este modo, según el liberalismo, a través de la persecución egoísta del propio interés, la sociedad se organiza de una manera eficiente. Es la mano invisible del mercado. Sin embargo, esta explicación no contempla comportamientos y actividades que atienden necesidades básicas de los seres humanos como la reciprocidad, el afecto o los cuidados, que son fundamentales para el desarrollo y la vida de las personas. Estas necesidades se satisfacen en una esfera diferente, la privada.

La teoría del intercambio rentable, como motor de la vida social, no se verifica en la familia, en la que prevalece el altruismo en lugar del egoísmo y la mano tendida en lugar de la mano invisible. El papel de las mujeres en ella no solamente sirve de contrapeso frente al individualismo y el materialismo del mercado, sino que también proporciona el cuidado necesario a la población dependiente –niños, personas ancianas o enfermas– y también a los varones adultos, para que estos puedan dedicarse plenamente a su actividad en la esfera pública. Esta división de espacios no es desde luego neutral, y a pesar de que los valores que se asignan a la esfera privada están mucho más vinculados a las necesidades humanas esenciales, ésta queda desvalorizada frente al espacio público que aparece como el único importante.

Mediante la subordinación del espacio privado y de sus protagonistas, las mujeres, el modelo liberal garantiza, con un bajísimo coste, la producción y reproducción de la fuerza de trabajo, actividad imprescindible para la construcción del espacio público y del mercado. También asegura la continuidad de las relaciones patriarcales de dominación.

Se sella así una alianza que ha posibilitado la consolidación y la expansión de un sistema feroz y devastador, en el que cualquier derecho humano está condicionado a los intereses económicos y donde se mantiene la subordinación de las mujeres, con la complicidad y el provecho de la mayoría de los hombres. En la etapa actual de globalización, la dicotomía público-privado legitimada por el liberalismo tiene plena vigencia. Las políticas neoliberales de flexibilización laboral y reducción de gastos sociales, exigen un incremento del trabajo no remunerado en el espacio privado para paliar sus efectos. Sin embargo, la lucha del movimiento feminista ha logrado algunas transformaciones en esta férrea división. La irrupción de un gran número de mujeres en la esfera pública ha hecho emerger, en parte, el conflicto entre estos dos espacios y sus respectivos habitantes, los hombres y las mujeres.

Mientras la mayoría de las mujeres hemos cumplido el papel asignado socialmente de esposas y madres, manteniéndonos en el espacio privado, el conflicto entre la “lógica del mercado” y la “lógica del cuidado” ha permanecido encubierto, quedando también en la sombra la dependencia que la economía de mercado tiene del trabajo doméstico y de cuidados. En los últimos años, la progresiva incorporación de mujeres al mercado laboral ha producido algunas contradicciones que han sido, quizás, el mayor exponente de este conflicto. Del mismo modo que en la sociedad capitalista no se produce lo que necesitan las personas –da igual producir medicinas o bombas con tal de que originen beneficios– el tiempo social se organiza en base a las necesidades de la producción de capital y no en base a las necesidades humanas. Los empresarios pueden establecer los turnos y horarios que convengan para incrementar la productividad, aunque se perjudique la salud de los trabajadores, o sean incompatibles con otras actividades, como el cuidado de las personas dependientes. En este caso, como en otros, las necesidades de las personas quedan subordinadas a las necesidades de la economía de mercado.

Aunque el trabajo asalariado no libera ni a hombres ni a mujeres, para nosotras ha supuesto la posibilidad de tener autonomía económica. La contrapartida ha sido sufrir simultáneamente la lógica del mercado laboral y la compresión del tiempo disponible para los cuidados. Las mujeres nos hemos incorporado al mercado laboral, y nos hemos encontrado en un mundo diseñado por y para hombres [2] , que tienen casi todo su tiempo disponible porque no tienen que cuidar a nadie. A pesar de los grandes cambios que se han producido en la forma de vida y trabajo de las mujeres, la mayoría de los hombres se siguen considerando ajenos a las tareas domésticas y de cuidados. El Estado, por su parte, no sólo es el garante de las leyes que permiten a los empresarios organizar el tiempo social, sino que se desentiende en gran medida del cuidado de las personas dependientes, aportando unas infraestructuras y atenciones sociales exiguas e insuficientes. Además, en algunos casos, estos servicios no se orientan en función de lo que es más conveniente para las personas que hay que cuidar, sino para que los asalariados podamos cumplir los requerimientos del mercado de trabajo.

En estas condiciones, somos las mujeres las que seguimos manteniendo mayoritariamente toda la infraestructura social doméstica y de cuidados con nuestro trabajo no remunerado [3]: jóvenes, ancianas, amas de casa, asalariadas, jubiladas... Pero también como empleadas de un sector muy precarizado [4] , que se va abriendo paso para ofrecer, desde el mercado, algunos servicios a las mujeres y las familias que puedan pagarlos. El cuidado de las personas dependientes no debería ser un asunto que las mujeres tengamos que resolver desde la esfera privada, mientras en la esfera pública los hombres, el Estado y el mercado se desentienden. No podemos seguir aceptando este modelo que sostiene, simultáneamente, la globalización capitalista y la opresión de las mujeres.

Garantizar las necesidades de las personas dependientes es un problema de todos. Debemos construir una organización social donde lo prioritario seamos los seres humanos y no los beneficios, donde el conjunto de la sociedad se corresponsabilice del cuidado de las personas que la componen, estableciendo los mecanismos y los medios más convenientes para atender a sus necesidades. Un mundo completamente diferente al que nos impone la globalización y las políticas de la Unión Europea. La defensa de los derechos humanos y de la igualdad entre mujeres y hombres es incompatible con el modelo que requiere la globalización capitalista. El movimiento feminista, por tanto, debe estar presente entre los movimientos sociales que se oponen a la globalización, la Europa del Capital y la guerra, del mismo modo que los movimientos antiglobalización deben integrar la lucha de las mujeres por su libertad.


Notas

[1] No sólo tenemos el doble de paro que los hombres y la mayor tasa de trabajo temporal y a tiempo parcial, sino que la media de nuestros salarios es casi el 30% inferior y estamos mayoritariamente segregadas a ocupaciones específicas y a los niveles profesionales más bajos.

[2] Las asalariadas jóvenes, que en su gran mayoría no están todavía implicadas en el trabajo de cuidados, son las únicas que se aproximan al modelo masculino.

[3] Como ejemplo del enorme volumen del trabajo no remunerado de las mujeres, podemos señalar que en el Estado Español el cuidado de niños y niñas supera anualmente los 14.000 millones de horas y el cuidados de adultos dependientes supera los 4.000 millones.

[4] Además de las empresas de servicios, hay que subrayar el trabajo doméstico asalariado, excluido de la legislación laboral general, donde la norma es la falta de cualquier derecho. En esta actividad es cada día mayor la presencia de mujeres inmigradas, que son sometidas en la mayoría de los casos a condiciones abusivas por su estado de necesidad.
 

Secciones del capítulo de la autora en el libro “El Movimiento Antiglobalización en su laberinto. Entre la nube de mosquitos y la izquierda parlamentaria”, publicado por Editorial Catarata – CAES 2003. Reproducido por el CAES (Centro de Asesoría y Estudios Legales, España). Reproducido en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

 

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