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SEIS IDEAS FALSAS SOBRE LA GLOBALIZACION 

Argumentos desde América Latina para refutar una ideología

    

 Carlos M. Vilas

   

 Introducción

 La globalización se ha introducido en el habla cotidiana de sectores amplios de población. Aunque se trata de un fenómeno complejo cuyo conocimiento dista mucho de haberse agotado, en América Latina parece predominar la idea de que la globalización es algo extraordinariamente poderoso, que obliga a actuar a los países de la región y a su gente de un modo que no deja alternativas. Identificada generalmente con la emancipación de ataduras y rigideces del pasado, parece implicar al mismo tiempo la reducción drástica del margen de opciones públicas: hay cosas que ya no se pueden hacer, y otras que es inevitable hacer, por la globalización.

Este discurso, eufórico y determinista, se basa en un conjunto reducido de proposiciones simples que se asumen como verdades autoevidentes; el cuestionamiento de las mismas es considerado la mejor prueba de la ignorancia, estupidez incluso, de quien aventura sus dudas.

Planteadas de manera muy resumida, esas proposiciones son las siguientes:

1. La globalización es un fenómeno nuevo.

2. Se trata de un proceso homogéneo.

3. Es, asimismo, un proceso homologeneizador: gracias a la globalización todos seremos, antes o después, iguales y en particular los latinoamericanos seremos iguales en desarrollo, cultura y bienestar a nuestros vecinos del norte y de Europa.

4. La globalización conduce al progreso y al bienestar universal.

5. La globalización de la economía conduce a la globalización de la democracia.

6. La globalización acarrea la desaparición progresiva del Estado, o al menos una perdida de importancia del mismo.

En conjunto, esas proposiciones constituyen el núcleo de lo que podemos llamar la ideología de la globalización. Se trata de una ideología conservadora que encubre la realidad para inhibir la voluntad de cambiarla. Como toda ideología conservadora, enfoca selectivamente al mundo de acuerdo con una configuración de poder dada, a la que trata de preservar y consolidar. Así presenta como necesaria e inevitable una configuración contingente de la realidad, y como producto de la dinámica inmanente de la técnica lo que es en realidad producto de particulares decisiones en función de objetivos e intereses específicos. La dinámica egoísta del mercado y la búsqueda de la ganancia pecuniaria por encima de cualquier otra consideración son exaltadas como la realización de la razón y del progreso, postulando como un avance hacia la modernidad, e incluso la “posmodernidad”, lo que en muchos aspectos es un regreso a las modalidades más perversas y depredadoras del capitalismo decimonónico. El enunciado de esta ideología está acompañado generalmente de referencias ambiguas y confusas al fin de siglo y a la inminencia de nuestro ingreso en el tercer milenio. El efectismo de estas alusiones contribuye adicionalmente a confundir a la audiencia desprevenida; el impacto de perderse la oportunidad de entrar por la puerta grande de la globalización a otros  mil años de historia es demasiado fuerte incluso para ponerse a pensar que ninguno de nosotros estará vivo al final del próximo siglo para contrastar, con el beneficio de la experiencia, la plausibilidad de las proposiciones que se enuncian en nombre de las próximas cien décadas.

Afortunadamente no será necesario esperar tanto. Las afirmaciones que integran esta ideología conservadora no se encuentran avaladas ni por la historia ni por la observación del presente; al contrario, cuando se las contrasta con la realidad la mayoría de ellas resulta desvirtuada, o por lo menos tan fuertemente acotada que pierde toda validez. Dicho llanamente: estas proposiciones están equivocadas. El de la globalización es un proceso, o mejor aun, un conjunto de procesos, que vienen desarrollándose con aceleraciones y desaceleraciones a lo largo de los últimos cinco siglos.

Estos procesos tienen dinámicas y ritmos desiguales, y su efecto conjunto es profundamente diferenciador tanto dentro de los espacios económicos nacionales y regionales, como entre las regiones del mundo. Dadas ciertas condiciones ligadas aun conjunto amplio de factores socioeconómicos,  culturales y políticos, la globalización puede redundar en oportunidades de mayor bienestar social, progreso técnico y desarrollo económico, pero en otras condiciones puede generar efectos exactamente opuestos y verdaderas catástrofes.

Normalmente unos y otros efectos han estado, y siguen estando, estrechamente relacionados. La globalización es una dimensión del proceso multisecular de expansión del capitalismo desde sus orígenes mercantiles en algunas ciudades de Europa en los siglos XIV y XV. Co-mo tal, es parte integral de un modo de organización económica y social profundamente desigualador, basado en la explotación de los seres humanos y la depredación de la naturaleza: un modo de organización social y económica que asocia el progreso de algunos con la desventura de muchos; el éxito con los quebrantos; la abundancia con el empobrecimiento. El debate en torno a la etapa presente de desarrollo de la globalización debe llevarse a cabo, por lo tanto, en el marco de la etapa contemporánea de desarrollo del  capitalismo.

Una de las características más destacadas de enfoque eufórico y liviano de la globalización es su ahistoricidad. La globalización como proceso y la globalidad como efecto son presentadas como una especie de gigantesca e indefinida nebulosa que lo abarca todo de manera ineluctable e irreversible y encuentra en si misma la fuente y razón de su dinámica: una verdadera entelequia (Ianni,1992; 1966a; 1996b). La actitud no es nueva y más bien parece ser un rasgo recurrente en algunos ámbitos intelectuales, siempre proclives al consumo indiscriminado e irreflexivo de las ofertas de la moda. El peligro de esta propensión es conocido. Hace 500 años la fascinación por la novedad de los espejitos y las cuentas de colores acarreó no pocas tribulaciones a los hospitalarios americanos; entusiasmados por los brillos y los reflejos, no se percataron de que detrás venían los arcabuces. Ni la ignorancia ni la ingenuidad, de las que generalmente se echa mano para explicar el engaño de entonces, pueden ser invocadas honestamente en beneficio de quienes hoy hacen gala de equivalente fascinación ligera ante las últimas novedades de la modernidad financiera.

Otra característica de la ideología conservadora de la globalización es su confusión entre metáforas y realidades. El recurso a la metáfora para disimular los aspectos de la realidad que cuestionan la legitimidad de la dominación de las élites es viejo; sin ir más lejos, recordemos las figuras retóricas del “contrato” y de la “mano invisible”, en los inicios de la civilización burguesa, para encubrir las luchas sociales y los profundos conflictos sobre los que el Estado y el mercado se apoyaban. La globalización suele ser presentada, por ejemplo, como una nueva versión del “tren de la historia” al que debemos subirnos, pues de lo contrario nos quedaremos abajo para siempre viendo cómo se nos escapa el progreso.

La discusión que sigue se lleva a cabo desde una perspectiva que tiene como referente principal América Latina. El modo en que la ideología conservadora de la globalición mistifica las situaciones y procesos de otras áreas del mundo cae, por limitaciones propias del autor, fuera de los alcances de este documento. Dado que la globalización es ante todo un proceso económico y político, la discusión presta particular atención a estas dimensiones.

  

I. Refutación de las proposiciones

 

1. Primera idea falsa: La globalización es algo nuevo

La idea demuestra poco conocimiento de la historia económica, incluso de la historia económica del capitalismo contrariamente a lo que afirma, la globalización es un proceso de desarrollo multisecular. Se origina en Europa hacia los siglos XV y XVI como dimensión particu-larmente dinámica del capitalismo y como efecto de su vocación expansiva (Sée, 1926; Polanyi, 1944; Wallerstein, 1974; Hobsbawm, 1975; Braudel, 1979; Arrighi, 1994; Ferrer, 1996; etc.). Se ha expresado como acierto que las economías y mercados precapitalistas presentaron fuertes tendencias al dinamismo comercial, cuestión que permitió a Frank (1990), por ejemplo, plantear la tesis de un inicio muy anterior de los procesos de globalización. Es incuestionable sin embargo que los desarrollos técnicos en algunas ciudades eu-ropeas (técnicas de navegación y de orientación, por ejemplo) y su aplicación al comercio, dieron a la globalización capitalista un em-puje y alcances sin paralelos, que habría de permitirle proyectarse sobre los espacios ocupados por las modalidades previas o no europeas de expansión. En particular, la incorporación de América a la economía europea y la consiguiente formación de una “economía atlántica”, constituyó un punto de inflexión de relevancia incuestionable (Hamilton, 1948; Davis, 1973).

Estamos hablando de un proceso que se extiende por lo menos durante 500 años. La globalización es un proceso ligado íntimamente al desarrollo del capitalismo como modo de producción intrínsecamente expansivo respecto de territorios, poblaciones, recursos, procesos y experiencias culturales. En el siglo XVI la dinámica expansiva del capitalismo europeo, asociada al nuevo espíritu intelectual y político de la época, impulsó la apertura de nuevas fronteras para los procesos metropolitanos de acumulación. El desarrollo de la ciencia y su aplicación a la producción favoreció la conquista de nuevas fuentes de materias primas y de productos de consumo suntuario, así como la implantación política en territorios cuyas poblaciones fueron incorporadas a esta primera ola de globalización por la vía del sojuzgamiento colonial y la mutación cultural. En un típico esquema de intercambio desigual, sus recursos y sus vidas pasaron a ser parte de la economía, de la política y la cultura centradas en Europa, y éstas entraron a depender de los recursos de las áreas coloniales. La primera revolución industrial a fines del siglo XVIII dotó de renovado dinamismo a este proceso; la producción masiva de minerales, recursos forestales y alimentos se convirtió en una de las piezas centrales del capitalismo europeo. En el último tercio del siglo XIX la llamada segunda revolución industrial (el desarrollo de nuevos medios de transporte terrestre y naval, la aplicación de la energía eléctrica a la producción industrial, las nuevas técnicas de conservación de alimentos, entre otros) estimuló masivos desplazamientos de población excedente de Europa hacia América y Oceanía. A los flujos de capital y del comercio se sumaron las grandes corrientes de población.

Incluso la “globalización” actual de los consumos asociada a la difusión internacional de franquicias comerciales carece del impacto y la proyección que tuvo la globalización alimentaria detonada a partir del siglo XVI con el acceso a Europa de una enorme variedad de productos originarios del mundo colonial: café, cacao, papas, tomates, plátanos, arroz y azúcar de caña, entre otros. ¿Qué harían los italianos sin el tomate para condimentar sus espaguetis, o los centroeuropeos si no pudieran acompañar con papas el goulash? ¿Y qué haríamos los argentinos sin nuestros churrascos, los cubanos si no pudieran saturar de azúcar sus “buchitos” de café, o los mexicanos sin crema de leche para sus chilaquiles o para las populares “enchiladas suizas”?

La forma correcta de enfocar la globalización es partiendo de la evidencia de la extraordinaria movilidad de capital, de su tremenda fuerza expansiva cuando se lo abandona a su propio dinamismo. Esa expansión combina la dimensión local con la proyección global. Los periodos de aparente aquietamiento trasnacional del capital son también periodos de profundización del capital en los espacios nacionales; tras lo cual vuelve alzar el vuelo hacia lo internacional. EI periodo 1930-1970 de “nacionalización” del capitalismo fue también una época de extraordinario desarrollo de sus fuerzas productivas, y de conversión de amplios segmentos de recursos naturales, población y espacios físicos, en mercancías. La movilidad trasnacional no desapareció, pero resulta un ingrediente de relevancia secundaria cuando se la compara con la magnitud de este proceso de profundización capitalista en escalas nacionales.

La alternancia entre estos períodos de movilidad trasnacional y de profundización nacional involucra la metamorfosis del capital. Para profundizar sus raíces y su expansión dentro de fronteras nacionales, el capital debe asumir ante todo la forma de capital productivo y comercial; los activos financieros asumen un papel complementario. Al contrario, para poder moverse de un mercado a otro en escala global, el capital debe liquidarse y asumir la forma de activos financieros;  así ocurrió en el periodo 187O-1914, y así vuelve a ocurrir en nuestros días. Con el beneficio que otorga una perspectiva de largo plazo, es posible afirmar que estos períodos de vertiginosa expansión trasnacional y de manifestación como capital financiero constituyen la norma del capital. Recuérdese que Braudel se refirió a la producción como “el terreno ajeno” del capitalismo, por contraste con la esfera de la circulación que sería su terreno propio.

La idea de la novedad contemporánea de la globalización parte de una contraposición banal ahistórica entre el dinamismo presente y la aparente falta de movimiento de la economía mundial en el periodo anterior. Al revés de Francis Fukuyama, que planteaba que la historia se había acabado, la ideología de la globalización afirma que, ¡por fin! la historia se puso en movimiento. Debe reconocerse sin embargo, a la luz de la historia larga del capitalismo, que esos momentos de relativa estabilización son atípicos, como también lo son los periodos largos de crecimiento sostenido como el que tuvo lugar entre la segunda guerra mundial y la década de los setenta.

 

2. Segunda idea falsa: La globalización es un proceso homogéneo

Enfocada desde una perspectiva de historia larga, la globalización resulta ser un proceso de desenvolvimiento desigual. La historia presenta períodos de tremenda aceleración de la expansión capitalista en lo que toca a los flujos internacionales comerciales y financieros por ejemplo, seguidos por periodos de relativa estabilización y mayor concentración en mercados naciona1es, a los que suceden nuevos periodos de aceleración. Estamos en la actualidad viviendo un periodo de particular aceleración de la globalización que sucede a un periodo de algo más de medio siglo de estabilización “nacionaI”, que a su turno fue precedido por una etapa (1870-1914/años veinte) de aceleración sin precedentes hasta entonces. Simplificando mucho, la aceleración contemporánea de la globalización fue detonada por la enorme liquidez de la economía internacional a partir de los choques petroleros de la década de los setenta y la aplicación a la econo-mía y las finanzas de los desarrollos en materia tecnoinformática vinculados a la guerra de Vietnam.

La globalización es asimismo un proceso de desarrollo desigual en sus diferentes niveles o dimensiones. En su etapa actual se encuentra mucho más desarrollada en materia financiera que en la de producción o de comercio. Se calcula que el valor anual de todas las transacciones financieras del mundo es entre 12 y 15 veces mayor que el valor de la producción mundial de bienes y servicios no financieros, y alrededor de 60 o 70 veces mayor que el valor conjunto de todas las exportaciones mundiales de esos mismos rubros (Vilas, 1994a). La práctica financiera acelerada y creciente de la economía mundial marca una diferencia importante con el modo de organización previo al capitalismo. Las finanzas dejan de ser el complemento necesario de la economía real para convertirse en la fuerza conductora de la misma, subordinándola. Puede afirmarse, en este sentido, que estamos en presencia del tercer nivel de globalización del capital, después de la comercial (primer nivel) y de la productiva (segundo nivel). La globalización financiera introduce en el sistema económico una marcada volatilidad, agravada por el carácter de corto plazo que predomina en las corrientes de la inversión financiera —en este sentido, hay una clara diferencia entre la inversión financiera de nuestros días y la del periodo entre los años setenta del siglo pasado y los veinte del actual. Además, la cuestión financiera actualmente esta a cargo de un conjunto de inversores de tipo nuevo: fondos mutuos, compañías de seguros, fondos de pensión, fondos contingentes, inversores individuales, que movilizan nuevos “productos financieros" (swaps y derivativos, entre otros). El resultado de la enorme volatilidad es el perfil marcadamente especulativo de la economía mundial, que recuerda mucho a la “economía de casino” a la que se refería con preocupación John Maynard Keynes. El colapso de las divisas europeas en septiembre de 1992; el crac mexicano de diciembre de 1994 y su “efecto tequila” sobre algunas economías de América del Sur, y la quiebra de la firma inglesa Baring en 1995 ilustran de manera dramática la vulnerabilidad de la economía a los juegos financieros de la globalización. A su vez, el valor del comercio mundial es apenas un tercio del valor del producto bruto mundial conjunto (respectivamente 8.7 y 25.2 millones de millones de dólares), lo cual indica que dos tercios del producto se realizan en los mercados nacionales respectivos y no en un supuesto mercado global, a pesar de los esfuerzos y la retórica en favor del crecimiento exportador. La apertura externa de las economías [(X+M)/PIB] es menor en los países más desarrollados que en los de desarrollo menor: O.32 y 0.40 respectivamente (Banco Mundial, 1996). La idea de que los mercados nacionales son irrelevantes para el desarrollo y que lo verdaderamente importante es el mercado global no resulta avalada por la realidad de la economía internacional. El comercio mundial ha crecido en años recientes a ritmos más rápidos que los del producto, pero la diferencia en las tasas de dinamismo no alcanza ni con mucho a compensar las enormes diferencias absolutas.

En tercer lugar, la globalización opera de manera desigual para diferentes actores o sujetos. Es globalización del capital mucho más que de la fuerza de trabajo, como se advierte en el avance de las legislaciones proteccionistas —frecuentemente fundamentadas en argumentos racistas— de los mercados de trabajo de los países más desarrollados. El capital financiero puede moverse de país en país buscando las tasas de ganancias y las condiciones de operación más atractivas, pero los trabajadores no pueden migrar con similar libertad para gozar de mejores condiciones de trabajo y de ingreso. Es posible afirmar incluso que la ilegalidad impuesta a las migraciones laborales constituye una fuente de renta laboral diferencial para las empresas, puesto que les permite contratar a los trabajadores en condiciones de mayor precariedad para éstos. Los ideólogos de la globalización no han sido capaces hasta ahora de explicar el auge de la xenofobia y de las trabas impuestas por las economías más desarrolladas (Estados Unidos, Unión Europea, Japón) a las migraciones laborales provenientes de los países menos desarrollados.

En cuarto lugar, la globalización es un proceso sometido a las tensiones y presiones recíprocas de sus principales protagonistas. En términos geo-económicos: Estados Unidos, la Unión Europea y Japón fundamentalmente, y sus tensiones, conflictos y acuerdos recíprocos. Las reuniones periódicas del Grupo de los Siete representan la instancia más evidente de coordinación y orientación  gubernamental de los procesos del mercado mundial. La hipótesis de una regionalización económica del mundo en torno a tres grandes polos —Estados Unidos en el hemisferio occidental; Alemania y la

Unión Europea en el viejo continente, y Japón (y posiblemente China en el largo plazo) en el Asia/Pacífico se apoya en la evidencia de que los flujos económicos internacionales tienden a centrarse en torno a estos tres puntos de referencia. Las transacciones comerciales y financieras dentro de cada una de estas tres áreas son mucho más significativas que entre las tres áreas, y esto es lo que define aun área económica (o bloque). En con-secuencia, más que una globalización entendida como transacciones de todos con todos en niveles más o menos similares de valor e intensidad, estaríamos en presencia de la constitución, o reconstitución, de grandes espacios económicos regionales, cada uno de ellos orientado por uno de sus miembros. La relación regionalización/globalización actuaría como una instancia o nivel de mediación entre cada economía nacional en particular, y la economía globalizada (Sapir, 1992; Guerra Borges, 1994; Guillén Romo, 1994). En América Latina, TLC y Mercosur pueden ser interpretados en este sentido como instancias de mediación entre las economías y sociedades que integran cada uno de estos acuerdos regionales, y la economía global.

Finalmente debe señalarse que la expansión mundial del capital se lleva a cabo combinando elementos de progreso y novedad con ingredientes de retroceso y primitivismo. Cabe recordar por ejemplo la reintroducción de la esclavitud como centro del sistema de plantaciones capitalistas en los siglos XVIII y XIX, o la conjugación de servidumbre laboral y capitalismo mercantil persistente hasta bien entrado nuestro siglo. La etapa actual de la globalización conjuga tecnologías informáticas de punta con condiciones laborales decimonónicas. La globalización ilustra así la pertinencia de la tesis del carácter “desigual y combinado” del desarrollo capitalista.

 

3. Tercera idea falsa: La globalización conduce a la homogeneización de la economía mundial, superando a la larga las diferencias entre desarrollo y subdesarrollo, y entre países y regiones ricos y pobres. La globalización permite ingresar progresivamente en el “Primer Mundo”

Esta es una idea falsa que se difunde con mucho entusiasmo cuanto más subdesarrollado, pobre y atrasado es un país. La interpretación de la globalización como un proceso “de homogeneización en los planos económico, social y político” (Alfie, 1995) y la creencia en la capacidad de la globalización para cerrar 1as brechas económicas y técnicas internacionales carecen de sustento en los hechos, incluso en el largo plazo. Esto es algo que ya fue advertido a fines de la década de los cuarenta por algunos economistas vinculados a la recientemente creada Organización de las Naciones Unidas, como Raúl Prebisch y Hans Singer (CEPAL, 1949; Singer, 1950), posteriormente retomadas, complementadas y adaptadas al desenvolvimiento ulte-rior de la economía mundial por un número amplio de economistas: Samir Amin, Arrighi, Emmanuel y Oscar Braun, entre otros. En conjunto, y con diferencias de énfasis o de enfoques particulares, estos trabajos coinciden en que, por su propia dinámica, la expansión mundial del capitalismo conduce a diferenciaciones crecientes entre regiones del mundo con desiguales niveles de desarrollo.

De acuerdo con un informe del PNUD, entre 1960 y 1989 la diferencia de niveles de ingreso entre países ricos y pobres se duplicó; el ingreso medio de los países donde vivía el 20% más rico de la población era en el primero de esos años 30 veces mayor que el de los países donde vivía el 20% más pobre de la población mundial; en 1989, la diferencia era de 60 veces  (PNUD, 1992:85). La tendencia se mantiene. Los países que el Banco Mundial considera pobres —es decir, con ingreso medio por habitante de menos de un dólar al día—, que en conjunto representan más de la mitad de la población del mundo, captan 7% del producto mundial, mientras que los países ricos, con 8% de la población mundial, concentran casi 70% del producto del mundo, y 80% del comercio mundial —más de dos tercios del cual se transa entre países desarrollados—, y recibe más de 80% de la inversión extranjera directa (Vilas, 1994b). Los marcados desniveles educativos, técnicos, de bienestar y productivos en unas y otras áreas contribuyen a explicar estas agudas y crecientes diferencias, y comprueban que la dinámica inercial de la globalización, lejos de homogeneizar, ahonda las disparidades.

En contra de esta conclusión podría argumentarse que esta configuración sesgada es el resultado del pasado mucho más que un dato del nuevo orden globalizado que se está configurando en los años recientes. Sin embargo hasta los más entusiastas portadores de la ideología de la globalización reconocen que la distribución desigual de recursos, valores, transacciones y beneficios se mantendrá en el futuro previsible. Después de admitir que los países más desarrollados extraen de la creciente integración comercial mayores beneficios que los países en desarrollo, el Banco Mundial proyecta un muy reducido incremento de la participación de las áreas en desarrollo en los intercambios mundiales. De acuerdo con sus propias proyecciones, la participación de estas áreas pasaría del 20% actual a alrededor de 30% a lo largo del periodo 1994-2010 (Banco Mundial, 1995a).

Cuadro 1

PIB por habitante en el mundo, por áreas de desarrollo (en dólares corrientes)

 

Areas de desarrollo 1980 1994 Diferencia en %
Bajo 312 380 +22
Medio 1,988 2,592 +30

Bajo + medio

882 1,110 +26

Alto

10,178 23,674 +132

Mundo

2,441 4,503 +84

              Fuente: Banco Mundial

El cuadro 1 apoya esta misma conclusión, al enfocar la dinámica de las desigualdades en el PIB por habitante entre diferentes áreas de desarrollo en los últimos 15 años de globalización acelerada. El producto mundial creció 134.4% acumulado en todo el periodo frente a 26.5% de crecimiento acumulado de la población mundial, sin embargo el crecimiento del producto en los países de mayor desarrollo fue considerablemente mayor que en el conjunto del mundo y, por supuesto, que en las áreas de ingresos medios y bajos, ahondándose las diferencias entre ricos y pobres. En contra de lo que plantean los argumentos neomalthusianos que adjudican el atraso de los países menos desarrollados a tasas excesivamente altas de crecimiento demográfico, debe señalarse que las diferencias en tasas de crecimiento poblacional entre países desarrollados y en desarrollados son mucho menores que la diferencia en las tasas de crecimiento del producto.

Cuadro 2

Evolución reciente de las desigualdades de ingreso entre áreas de desarrollo en el mundo

 

Diferencia entre áreas de desarrollo

1980 1994 Diferencia %
Alto/bajo           32.6 62.3 91
Alto/medio 6.0 9.0 50
Medio/bajo 6.4 6.8 6
Alto/bajo+medio     11.5 21.3 85

  

Las tasas diferenciales de crecimiento a partir de “pisos" de ingreso tan desiguales incrementan el efecto desigualador de la globalización. El cuadro 2 muestra de manera sencilla el crecimiento de las desigualdades entre áreas de desarrollo en el mismo periodo. En 1980 el PIB por habitante en las áreas de alto nivel de desarrollo era casi 33 veces mayor que en las áreas de bajo nivel de desarrollo, mientras que en 1994 era 62 veces mayor, con un aumento de la desigualdad de 91%. Con menor intensidad, las áreas más desarrolladas continuaron diferenciándose también de las de nivel medio de desarrollo.

Al mismo tiempo se ha estado registrando una cierta diferenciación del Tercer Mundo entre los países más pobres (los llamados “de ingreso bajo”), y los de “ingreso medio”. Es éste un proceso que se viene registrando desde hace casi cuatro décadas, impulsado sobre todo por el avance de algunas economías del Sureste Asiático. En años recientes se sumaron a estas economías de ingreso medio algunas de América Latina (Brasil, México, Argentina y Chile principalmente) y del este de Europa. En qué medida la activación de estas economías es algo más que coyuntural, y qué tan representativas son de un movimiento más amplio, son cuestiones sujetas a discusión (vid por ejemplo Harris, 1987; Broad y Landi, 1996). Debe señalarse, en todo caso, que la distancia que separa a estos países de los de ingreso alto sigue siendo abismal y creciente, y reduce muy poco las desigualdades del sistema en su conjunto. A lo largo de la última década y media el abismo entre las regiones más desarrolladas y el resto del mundo creció 85 por ciento.

La persistencia y ahondamiento del abismo entre ricos y pobres es el resultado del mantenimiento de los mecanismos de explotación internacional de tipo imperialista o neocolonial: saqueo de recursos naturales y degradación del ambiente; adopción de medidas proteccionistas en los países desarrollados en contra de las exportaciones primarias de los países periféricos; fijación de términos desiguales de intercambio; operaciones militares punitivas contra gobiernos “díscolos”.

Vale la pena señalar que hasta uno de los más entusiastas partidarios de la inevitabilidad de la globalización en clave neoliberal debe admitir que ella no apaga las desigualdades ni las contradicciones que constituyen una parte importante del tejido de la vida social nacional y mundial. Al contrario, desenvuelve unas y otras, recreándolas en otros niveles, con otros ingredientes (…) Si hay algo que se reproduce y acentúa, en escala mundial, es el desarrollo desigual y combinado de las relaciones y producciones materiales y culturales (…) la globalización nunca es un proceso histórico-social de homogeneización (Ianni, 1992:125-127).

El escenario político internacional que se está configurando en los años recientes también se contradice con la idea de una globalización homogenizadora. Debe señalarse en este sentido la crisis de la ONU y su tendencial conversión en una agencia de política exterior del gobierno de Estados Unidos. Ciertamente, esta crisis es el efecto de cambios profundos en las relaciones de poder en el plano internacional a partir del fin del sistema de la guerra fría, pero entre tanto el gobierno de Estados Unidos ha sido capaz de subordinar a la organización —sobre todo al Consejo de Seguridad— a sus tentativas de erigirse en fuerza hegemónica universal —una especie de reedición de lo que fue la hegemonía mundial británica desde las postrimerías de las guerras napoleónicas hasta la guerra de 1914. Destacan en este aspecto las acciones punitivas desarrolladas en Medio Oriente y en el Caribe en los años recientes —y en nuestros propios días—, las pretensiones de otorgar validez extraterritorial a su legislación doméstica (Johnson, 1994), o las presiones hasta conseguir la salida de Boutros B. Galhi como secretario general de la ONU.

Esta regresión imperial del gobierno de Estados Unidos —que en los casos de las leye Helms-Burton y D'Amato vulnera directamente el principio global del libre comercio— esta siendo acompañada por algunas voces en el ámbito académico de ese país justificando la reasunción del “destino manifiesto” (Johnson, 1993; Lefever, 1993). No está de más recordar en este sentido que en 1993, en su debate televisivo con el ex candidato presidencial Ross Perot respecto de la conveniencia de que el Congreso de Estados Unidos aprobará el tratado de libre comercio con México el vicepresidente Albert Gore comparó dicho tratado con la compra de Luisiana y Alaska en el siglo pasado.

En general el énfasis en una supuesta homogeneización producto de la globalización apunta a las dimensiones simbólicas del proceso: la globalización como "hibridización”, según la define Pieterse: la emergencia de formas nuevas de interacción, el desarrollo de una mélange translocal de culturas (Pieterse, 1994). Pero también es este aspecto existen profundas diferenciaciones: en la hibridización de la “cultura global” algunos actores se insertan como productores y otros como simples consumidores; la diferente calidad de la “oferta cultural” discrimina entre clases sociales y países.

El sentido, el contenido y las proyecciones de la inserción en esta “cultura global” siguen variando según hablemos de pobres y de ricos, de varones y de mujeres, de habitantes de países pobres y de habitantes de países ricos (Vilas, 1995a).

Puede concluirse por lo tanto que la creencia en la virtualidad homogeneizadora de la globalización carece de fundamentos, y choca contra el desenvolvimiento efectivo del proceso. El aumento de las desigualdades a partir de las cuales las regiones y los países resultan incorporados a la etapa actual de la globalización, es una de las características de este proceso, a falta de factores que intervengan y que definan contratendencias eficaces.

 

4. Cuarta idea falsa: La globalización es la clave del progreso y del bienestar; del mismo modo que conduce a cerrar las brechas internacionales, promueve el ascenso de los grupos menos favorecidos a crecientes niveles de bienestar y calidad de vida

Al contrario, se registra una persistencia, e incluso agravamiento, de las disparidades socioeconómicas y educativas en la mayoría de los países de América Latina: crecimiento de la pobreza, cifras récord de desempleo y subempleo, tugurización de las grandes ciudades, etc. En general, puede afirmarse que se ahondan las diferencias de todo tipo entre los segmentos de población que logran insertarse en los ámbitos dinámicos de la economía, y los que resultan excluidos.

El crecimiento de la pobreza en la región, o las dificultades para reducir sus niveles, obedecen a varios factores, todos ellos derivados del sesgo predominante en el proceso de globalización. Entre ellos:

1. Cambia la relación empleo/producto. En el pasado, el comportamiento de ambos factores presentaba una marcada relación positiva: cuando el producto crecía también crecía el empleo; cuando aquél caía, este también se reducía, hasta que la reactivación de la producción reactivaba el empleo. Ahora la situación ha cambiado: en fases de recesión el empleo cae más abruptamente que el producto y cuando éste se reactiva, el empleo no lo hace, o lo hace a la zaga y en condiciones de mayor precariedad. Vale la pena señalar en este sentido que mientras en el periodo 1991-1995 el PIB conjunto de América Latina y el Caribe creció casi 15% acumulado, la generación de empleos se movió a una tasa mucho menor, además de que 85% de los nuevos puestos de trabajo pertenece al llamado sector informal, donde las condiciones de precariedad son mayores. La tendencia al desempleo crónico, que fue considerada por a Teoría General de ]ohn Maynard Keynes una de las dos características centrales de las economías capitalistas, se mantiene firme, y acentuada, en la etapa actual de la globalización.

2) Las políticas estatales que fomentan la llamada flexibilización laboral, es decir la pérdida de las condiciones institucionales de seguridad laboral resultado de casi un siglo de luchas y negociaciones sindicales. Hay una progresiva sustitución del derecho laboral por el derecho civil o comercial, lo cual implica la desprotección institucional de los trabajadores. El tratamiento formalmente igual a sujetos que se encuentran en situaciones de enorme desigualdad socioeconómica implica institucionalizar la injusticia social. Asimismo, se registra una abierta hostilidad estatal hacia las organizaciones sindicales, y al contrario, una promoción abierta de las posiciones de las organizaciones patronales, incluyendo subsidios, desgravaciones impositivas, y similares.

3) Deterioro de los salarios reales, sin perjuicio de algunas alzas recientes que de todos modos no logran recuperar los niveles históricos. El trabajo deja de ser remunerador, es decir, deja de ser la llave que permite hacerle frente, en condiciones de dignidad, a las adversidades de la vida, y acceder a niveles aceptables de bienestar. Unido a la globalización de la “flexibilización” de los mercados de trabajo, este deterioro demuestra que, sin perjuicio del discurso de la modernidad y de los impresionantes avances técnicos y científicos, la competencia por bajar los costos laborales es un recurso permanente de la racionalidad capitalista.

4) En la medida en que la población en condiciones de pobreza crece más rápido que la población total, estamos en presencia de un fenómeno de exclusión social. El crecimiento desmesurado del sector informal agrava la redundancia de los empobrecidos. Se ha afirmado, en este sentido, que se trata de sectores de población innecesarios para el funcionamiento del capitalismo de nuestros días (Dahrendorf, 1994); en todo caso, es gente que se desempeña en actividades prescindibles. La propia masividad del fenómeno quita relevancia al modo en que se discutió el tema de la marginalidad en la América Latina de la década de los sesenta. Si hace más de 30 años, en otro patrón de desarrollo capitalista, podía argumentarse que se trataba en realidad de la versión criolla del ejército industrial de reserva, hoy es evidente que la mayoría de ellos es reserva de nada, y que la articulación que alguna vez se señaló entre el sector informal y el formal, o entre el “tradicional” y el “moderno”, hoy ya no se registra.

5) Las políticas estatales de privatización y de desregulación, que reducen los niveles de empleo y deterioran las condiciones de trabajo; además, la privatización de muchas empresas estatales implica la cancelación o arancelamiento de servicios sociales que antes se prestaban de manera gratuita a las familias de los trabajadores (por ejemplo, guarderías infantiles, subsidios alimentarios, prestaciones de salud), deteriorando adicionalmente sus ingresos. Vinculado con esto, hay que mencionar la contracción de los presupuestos públicos destinados a servicios sociales como educación, salud, seguridad, deportes, y al mantenimiento de infraestructura.

6) El acelerado deterioro ambiental tolerado o estimulado por los estados, en beneficio de corporaciones nacionales y trasnacionales, es causa directa del empobrecimiento de amplios sectores de las poblaciones rurales (desertización de suelos, contaminación o agotamiento de cauces de agua, deforestación, etcétera).

Nada hay en el escenario definido por los procesos contemporáneos de globalización que permita anticipar una reversión de estos resultados y, al contrario, todo sugiere su continuidad. El propio Banco Mundial, una de las instituciones más involucradas en la promoción de estos procesos, lo reconoce sin ambages: La desigualdad,  tanto entre las distintas regiones como dentro de los países, sigue siendo una característica significativa de la economía mundial (Banco Mundial, 1995b: 11). Es muy probable que en los próximos decenios la disparidad entre ricos y pobres aumente y se agudice la Pobreza (Ibid.:9)

La idea de la homogeneización de los estilos de vida como resultado de la globalización deriva de la indudable sofisticación de las condiciones de vida y de las posibilidades que brinda el consumo suntuario en el 20 o 25% más rico de la población de los países más atrasados. No es un dato novedoso que estos segmentos tienen acceso a niveles de gasto similares e incluso superiores a los de sus contrapartes en el mundo desarrollado —con el agravante para la cohesión social de que son niveles de consumo iguales o mayores que los de las élites del Primer Mundo, en países con ingresos nacionales de Tercer Mundo. Estos grupos privilegiados son también los que influyen de manera preferencial en los medios de comunicación y en las instituciones de educación y de cultura, desde donde se difunde, precisamente, la retórica de la homogeneización.

En verdad, si de homogeneización se trata, ésta es una dualizadora. Por un lado, tenemos la homogeneización “por arriba” de las élites del privilegio. Por el otro, la perversa de la exclusión social, de la marginación y los underclass. Una homogeneización dualizadora que, por lo tanto, ahonda las desigualdades del sistema globalizado en su conjunto. Se advierte que este conjunto de elementos establece una clara continuidad entre la problemática de la etapa actual de la globalización y la del imperialismo económico tal como fue discutida a principios de siglo por algunos economistas socialdemócratas como Hobson y Hilferding, y por socialistas como Luxemburgo y Lenin, y retomada posteriormente por un espectro amplio de especialistas —es decir la problemática de la apropiación internacional desigual de los frutos de la acumulación y del progreso técnico, y su vinculación con la dinámica interna de cada una de las unidades del sistema internacional (Barratt-Brown,  1975). La insistencia en el carácter inevitable e irreversible de la globalización se vincula a este panorama de distribución desigual de beneficios y perjuicios en el que una minoría de la población mundial accede a niveles superiores de bienestar mientras la mayoría se enfrenta a un descenso irrefrenable en sus niveles de vida. A falta de un argumento mejor, el énfasis se coloca en la supuesta inevitabilidad de este tipo de globalización.

 

5. Quinta idea falsa: La globalización de la economía favorece la globalización de la democracia

Ésta es una concepción errónea derivada de la hipótesis de que lo que esta ocurriendo en la antigua Unión Soviética y en Europa del Este es, sin más, una “transición a la democracia”. Es posible que algo de esto ocurra en algunos de esos países; también es cierto que en muchos de ellos se están

institucionalizando prácticas electorales. Pero la relación entre elecciones y democracia es similar a la que existe entre mercados y capitalismo: éste no existe sin mercados pero la existencia de mercados no es sinónimo de economía capitalista —algo que el antiguo bloque soviético permite comprobar con mucha claridad. Del mismo modo, la práctica de las elecciones es compatible con una variedad muy amplia de regímenes políticos que no son democráticos; pensemos simplemente en Anastasio Somoza en Nicaragua, en Francois Duvalier en Haití, o en Alfredo Stroessner en Paraguay (vid, por ejemplo, Hermet, Rouquié y Linz, 1982; Hermet, 1989; Vilas, 1997).

La idea de una funcionalidad de la globalización económica con la democracia es típica de una concepción vulgar de una y otra, notoriamente auspiciada, difundida y financiada por algunos think tanks del establishment político conservador de Estados Unidos, como el National Endowment for Democracy, y recogida por agencias financieras internacionales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y, más recientemente, el Banco Interamericano de Desarrollo (vid, por ejemplo, Diamond, 1993; Diamond y Plattner, 1996).

Esta idea aspira a dar cierto lustre académico a la llamada política de “exportación de la democracia” de Washington, consistente en promover a determinados actores políticos e implantar las “democracias de mercado”. Son éstas regímenes políticos donde el ingrediente democrático viene dado por la promoción y consolidación de la economía de mercado en su versión neoliberal (Robinson, 1996). Lo democrático va en relación con determinadas garantías institucionales a la libre expansión del capital y a la institucionalización de los ajustes macroeconómicos neoliberales, mucho más que con un conjunto de derechos y garantías individuales y sociales (vid, por ejemplo, Williamson, 1993). Por lo tanto, la idea de una asociación orgánica entre globalización y democracia implica una petición de principio.

En realidad, lo que se observa es la capacidad de la globalización capitalista para imponerse en una gran variedad da contextos institucionales en los que la característica común es el carácter restringido de la participación popular, o su mediatización por una red de mecanismos institucionales o de facto.

Contra la fantasía conservadora de Enrique Krauze de una “democracia sin adjetivos”, la multiplicidad de adjetivaciones que rodea a estos regímenes ilustra la desorientación de muchos observadores; “democracias delegativas” (Guillermo O'Donnell); democracias “de baja intensidad” (Edelberto Torres Rivas); “democracias autoritarias” (James Mittelman, Ricardo Pozas Horcasitas); democracias “prestadas” (Sergio Bitar) [Vilas, 1996, 1997]. La forma de estas democracias es algún tipo de procedimiento electoral, y el mercado desregulado es su contenido.

En escenarios de amplio empobrecimiento y profunda polarización social, la priorización del mercado por encima de la democracia tiene efectos conocidos. Incluso en su mínima definición como participación electoral, la democracia es un régimen de inclusión; la pobreza es, al contrario, un régimen de exclusión. El concepto de ciudadano como sujeto de la democracia, implica por lo menos cuatro dimensiones: autonomía, igualdad, sentimiento de eficacia y responsabilidad. Al contrario, la exclusión social se caracteriza por un sentimiento de ineficacia personal para salir adelante en la vida, de inseguridad frente a la falta de trabajo, a la prepotencia policíaca o a los peligros de las ciudades tugurizadas (inundaciones, delincuencia...); la responsabilidad se restringe a lo inmediato: la familia, el vecindario a lo sumo; la igualdad no subsiste ni siquiera de manera simbólica frente a la evidencia de las desigualdades en todos los órdenes de la vida. Además, se degrada el acceso a información que se supone condición para la toma de decisiones ciudadanas.

En estas condiciones el ejercicio de la ciudadanía se deteriora; hay una reversión de la ciudadanía hacia el clientelismo. La propia vulnerabilidad de la situación de vida lleva a privilegiar el valor seguridad y a esperar de la intervención de un agente externo la solución a los propios problemas.

La desconfianza en el sistema político oficial suele acompañarse en estos casos por la búsqueda de liderazgos fuertemente personalizados, que proyecten imágenes de eficacia, de fuerza, de seguridad. La ruptura del pacto social implícito en cualquier sociedad moderna —la ruptura del sistema implícito de reciprocidades sociales— lleva a los excluidos a intentar vincularse a los poderosos (es decir a los que son vistos con capacidad de resolver los problemas cotidianos) de manera directa, sin mediaciones: elecciones plebiscitarias en apoyo de caudillos electorales sin trayectoria política previa; volatilidad del comportamiento electoral; intercambio del voto por favores concretos.

Debe señalarse que, al contrario de lo que sugiere la versión elitista de esta cuestión, el deterioro de la ciudadanía no se circunscribe exclusivamente a los más pobres. Se registra también, y a menudo de manera mas acusada, en los niveles más altos de la riqueza, el prestigio y el poder: el intercambio del apoyo político por la posibilidad de obtener beneficios económicos en gran escala, o la movilización del poder corporativo para conseguir decisiones especificas; la evasión impositiva en gran escala; la impunidad...

 

6. Sexta idea falsa: la globalización acarrea la desaparición progresiva del Estado, o al menos una pérdida de importancia del mismo

Esta idea revela el parentesco directo entre la ideología ligera de la globalización y el neoliberalismo. La idea es expresada de manera maniquea: la expansión global de los mercados tiene como contracara la retracción de los estados; la economía, los negocios, la cultura, el consumo se “desterritorializan” y en consecuencia el principio de la autoridad soberana estatal tiende a desvanecerse.

La idea de la desaparición del Estado es vieja en la teoría política; en los tiempos modernos la retomaron el anarquismo y el socialismo marxista, aunque con enfoques diferentes; hoy reaparece en la ideología neoliberal y en las versiones light del globalismo (Schwartz, 1995). Hay incluso una exageración culturalista de esta idea falsa: la que afirma que hemos dejado atrás a la política, y que la nuestra sería una época “pos-política” (García Canclini, 1991).

La discusión precedente entrega algunos elementos para la refutación de esta idea a partir de datos elementales de la realidad contemporánea. Se mantiene la diferenciación nacional/territorial de la fuerza de trabajo, de sus remuneraciones y condiciones de empleo como condición de aumento de los beneficios empresariales a nivel global, y en esta diferenciación la intervención política de los estados sigue siendo fundamental. Es asimismo importante la diferenciación territorial de los estados y el mantenimiento de las fronteras estatales para la generación de precios nacionalmente diferenciados de bienes “no transables”, es decir que no circulan a través de las fronteras o cuya circulación trasnacional es muy reducida: por ejemplo, tarifas de servicios nacionales (comunicaciones, combustibles, rentas inmobiliarias, etc.); estructura de precios en la industria de la construcción, y otros similares. Los recursos político-milítares de los estados siguen siendo estratégicos para mantener o ampliar los espacios económicos y comerciales (por ejemplo, las ya mencionadas leyes Helms-Burton y D’Amato). La disolución de la Unión Soviética y los procesos de fragmentación en los Balcanes han incrementado vertiginosamente desde 1990 el número de estados, e incluso la dispersión del poder militar nuclear.

Durante la década actual la membresía de organismos internacionales como la ONU, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional creció a un ritmo sólo comparable al de la década de los sesenta de la descolonización de Africa y Asia. En resumen, la componente estatal del mundo actual de los mercados globalizados es la mayor de la historia.

También es cierto que la familia de organismos supraestatales ha aumentado enormemente en el último medio siglo; a ella se agrega un número creciente de organismos no gubernamentales de proyección internacional que introducen mayor complejidad en la política mundial (Held, 1991:360ss; 1993:13-52; Morss, 1991). Se afirma incluso el progresivo surgimiento de una case capitalista trasnacional integrada por los ejecutivos de las corporaciones trasnacionales, las burocracias estatales globalizadas, los políticos y profesionales inspirados en el capitalismo global y las élites del consumismo (por ejemplo, medios de comunicación y élítes comerciales) [Isklair, 1995].

Es indudable que la relación Estado/mercados se ha transformado, pero lo cierto es que siempre ha tenido una enorme variabilidad, independientemente de lo que los voceros de los estados y de los mercados hayan dicho y digan al respecto. El carácter y contenido de esta relación, sus alcances y limitaciones, sus medios y objetivos, están definidos en última instancia por los actores que impulsan a unos y otros. En los últimos 500 años el mundo ha presenciado el paso del estatismo mercantilista al liberalismo de los “burgueses conquistadores” retornando luego al intervencionismo imperialista de fines del siglo XIX, pasando al “libreempresismo” de la década de los veinte que condujo a la crisis de 1929, para regresar al intervencionismo keynesiano y socialdemócrata, y ahora redescubrir las virtudes del mercado (Cox, 1992).

Hoy, lo importante no es quitar de en medio al Estado sino redefinir su articulación al mercado y sus actores, y el modo de ejercer sus funciones respecto del capital. Hay en consecuencia una reformulación drástica de la relación —y de las tensiones— entre Estado y mercado. Esto lo expresa bien el Banco Mundial, que desde inicios de esta década enfatiza la necesidad de que el Estado lleve a cabo “reformas económicas amistosas hacia el mercado” (market-friendly economic refoms). La cuestión por lo tanto es qué tipo de relación está construyéndose entre estados nacionales, organismos supraestatales y mercados globales, mucho más que una supuesta disolución de lo estatal-nacional en lo mercantil-global (Cox, 1987; Callaghy, 1993; Piccioto, 1991; Saxe-Fernández, 1993; Bienefeld, 1994; Halloway, 1994; Panitch, 1994).

Las funciones o servicios que presta el Estado al capital son conocidos; en su mayor nivel de abstracción consisten en brindar seguridad a la propiedad capitalista (legislación interna y defensa exterior, transacción de conflictos de intereses), generar economías externas (por ejemplo, inversiones en infraestructura, capacitación de la fuerza de trabajo, producción de insumos, etc.) para la acumulación privada, y legitimar el sistema social organizado a partir de la primacía del capital (educación, medios de información y simi1ares). Constantes otros factores (por ejemplo tradiciones histórico-culturales; dotación de factores y otros), diferentes estilos de acumulación de capital determinan modalidades de intervención estatal específicas. EL esquema neoliberal globalizante actual no es una excepción. El Estado cambia sus modalidades, alcances y estilos de articulación con el mercado para consolidar la reestructuración de las economías locales, su mayor apertura externa y una integración más amplia a las corrientes trasnacionales de capital.

El economista mexicano David Ibarra lo resume con relación a México. pero sus señalamientos son válidos para el conjunto de América Latina y el Caribe:

Quiérase o no, casi de manera autónoma el gobierno seleccionó los objetivos sociales de importancia y, mas recientemente, la naturaleza de la remodelación de las instituciones económicas. Además, determinó no sólo el sentido, sino también el ritmo de estas reformas. En virtud de ese poder autoritario, en los años ochenta se exageraron y apresuraron los cambios estructurales, ya sea con el propósito de evitar o limitar las reacciones adversas, contrarrestar fuerzas e intereses encontrados o concluir rápidamente la etapa sistémica de transición (Ibarra, 1996.12).

Vale decir que el Estado interviene en favor de los grupos mejor articulados a los procesos de globalización para fortalecer su posición en el mercado y promover sus intereses, perspectivas y objetivos. La globalización de los actores, los intereses y los capitales es tanto función de los mercados como resultado de la gestión política del Estado.

La etapa actual de la globalización en clave financiera y neolilberal ofrece ante todo una reorientación en el sentido de la gestión del Estado. Esta reorientación tiene lugar respecto de actores e intereses; cambia el referente social y político de la gestión estatal, y con ese cambio tiene lugar el de las modalidades de la intervención estatal. Un elemento importante de esta reorientación en América Latina y el Caribe deriva de la crisis de inicios de la década pasada y del modo en que fue manejada por los estados de la región: el Estado se hizo cargo de la deuda externa privada de las empresas y la convirtió en deuda pública. El recurso ulterior a mayor endeudamiento externo agravó la subordinación de los estados nacionales respecto de los mercados financieros donde se contrae la deuda y en los que cotiza. En este nuevo escenario, se incrementaron la capacidad de decisión y el poder político de las agencias estatales más directamente vinculadas a esos mercados: bancos centrales, ministerios o secretarías de finanzas, entre otros. En contraste, se reduce la gravitación institucional de las agencias más ligadas a los actores en retroceso: secretarías o ministerios del trabajo y de industria; organismos estatales de bienestar y seguridad social, etcétera.

Hay ciertamente una contracción de la presencia empresarial del Estado en la economía. Sin embargo deben efectuarse al respecto dos precisiones. La primera es que esta retracción es mucho más marcada en las economías menos desarrolladas que en las más industrializadas, donde el Estado mantiene amplios márgenes de intervención directa e indirecta, incluyendo la propiedad de activos (vid, Calcagno, 1993).

La segunda se refiere a que el “achicamiento” estatal no implica un paralelo o equivalente retroceso del Estado en su carácter de institucionalización del poder político de determinados actores. ¿Cómo explicarse la globalización del sistema bancario y financiero mexicano sin la intervención directa del Estado para rescatarlo de la crisis, hacerse cargo de sus pasivos, y conectarlo con la banca europea, asiática y canadiense? Más aún: ¿Cómo habría podido salvarse la economía mexicana de lo que el propio FMI llamó “la primera crisis financiera de la globalización” sin la intervención de la Reserva Federal de Estados Unidos, y sin la garantía del Estado mexicano de sus exportaciones de petróleo? ¿Cómo explicar la creciente globalización de la burguesía chilena sin tomar en cuenta el Estado pinochetista y su drástica redefinición del poder político, especialmente en lo referente al desmantelamiento de las organizaciones sindicales y políticas de los trabajadores? ¿De qué manera explicar el retroceso político de la fuerza de trabajo y sus organizaciones sin hacer referencia a las transformaciones en la legislación laboral de los estados?

La historia del capitalismo muestra como una constante que cada vez que la economía entró en crisis a causa de la especulación desenfrenada de los mercados, fue la intervención de los estados lo que hizo posible salir de la crisis. Sin necesidad de retroceder mucho, esto es lo que enseñan las experiencias de 1929, 1987 y 1994. Más en general, cada vez que una economía se enfrentó a un punto de viraje en los estilos de acumulación predominantes, el paso de un estilo a otro fue posible por la gestión del Estado en función de los actores económicos emergentes, para que éstos pudieran romper con el apoyo de los recursos públicos —el poder coactivo, el manejo de la moneda y el crédito, entre otros—, los equilibrios pre-existentes y ganar posiciones de poder en el mercado (Vilas, 1995b).

Argentina es hoy, en América Latina, una de las ilustraciones más crudas del nuevo tipo de involucramiento del Estado en la economía y en la promoción de la integración del país a la globalización financiera. Por un lado, el Estado se deshizo apresuradamente de las empresas de bienes y servicios que creó en el pasado o de las que por razones diversas se había convertido en propietario. En términos formales, el Estado “se achicó”. Al mismo tiempo, interviene en el mercado de cambios fijando mediante una ley del Parlamento una paridad determinada, que decide políticamente cuáles actores de la economía estarán en condiciones de insertarse en la economía trasnacionalizada, y cuáles no. Finalmente, el Estado interviene en el mercado de trabajo desde la perspectiva de las corporaciones de negocios, eliminando los mecanismos de protección social de la fuerza de trabajo.

No se trata solamente de la ejecución estatal de políticas determinadas, sino de la movilización de la esencia política del Estado —la coacción— en función de la dinámica globalizada del capital. Las reformas “amistosas al mercado” a través del cambio en el sentido de la gestión estatal han debido ser apuntaladas no tanto en la plausibilidad de las argumentaciones doctrinarias como en la contundencia de los gases lacrimógenos, los chorros de agua coloreada, el encarcelamiento de quienes protestan, e incluso su eliminación física.

La reorientación del funcionamiento del Estado puede resumirse en lo que Stephen Gill denomina “un nuevo constitucionalismo para un neoliberalismo disciplinario” (Gill, 1992). Por tal, Gill hace referencia aun régimen institucional trasnacional generado por los estados que define y garantiza mediante tratados interestatales de jerarquía constitucional, los derechos globales y nacionales del capital: la Unión Europea, el TLC de América del Norte y el Mercosur, para mencionar a los más conocidos. Estos espacios ampliados de circulación supranacional del capital no habrían podido construirse sin la intervención del Estado, o bien del predominio político de unos actores —las corporaciones de negocios con mejor inserción en la globalización— sobre otros —los trabajadores y campesinos, los sectores medios, el público consumidor…— difícilmente habrían alcanzado los extremos y la fisonomía actual.

En momentos en que el capital recupera posibilidades de circulación desconocidas en los últimos 70 años, y cuando la especulación financiera desestabiliza mercados y países, destacan las reuniones periódicas del Grupo de los Siete (G-7) y sus intervenciones macroeconómicas para la regulación de los mercados internacionales y los flujos globales de capital. Contrariamente a lo que sería de esperar según la ideología conservadora de la globalización, el G-7 no agrupa a hombres de negocios, ejecutivos de grandes corporaciones u operadores de los mercados de valores. Al contrario, el G-7 es la reunión bianual de jefes de Estado y de gobierno y de los altos burócratas estatales de los países más industrializados del globo (Estados Unidos, Japón, Alemania, Gran Bretaña, Francia, Canadá e Italia). En estas reuniones políticas se definen las tasas de interés, se negocian los tipos de cambio, se formulan proyecciones que inciden en las apuestas de los especuladores financieros, y se orienta indirectamente el movimiento del capital. Si se quiere simplificar una cuestión muy compleja, puede decirse que el G-7 es la instancia interestatal de gobierno colegiado de los mercados globalizados.

En resumen: esta idea falsa presenta como un dato lo que es una vieja aspiración de deseos del capital financiero. Después de todo: si los estados y la política fueran tan irrelevantes en este mundo globalizado, ¿cómo explicar el interés y los recursos dedicados por las élites empresariales globalizadas al control político de los estados?

 

La globalización como escenario y como oportunidad

Abandonada a su propia dinámica, sobre todo a la dinámica de sus ingredientes económicos y financieros, y al impulso de los países más desarrollados, la globalización monta un escenario sumamente desnivelado, con actores que ingresan a él de manera desigual, y cargando sobre sus hombros desigualdades que se arrastran desde la etapa anterior de configuración del capitalismo en escala mundial. Lo que generalmente se presenta como un proceso que aunque doloroso, hará ingresar a América Latina en la “moderndad” e incluso en la “posmodernidad”, significa en verdad una regresión a las condiciones de trabajo y de vida del siglo XIX o de principios del actual para entre un tercio y dos de la población, según los países.

El informe antes citado del Banco Mundial no deja lugar a dudas (Banco Mundial, 1995b). Abandonada a su propia dinámica, la globalización conducida por el capital financiero, las corporaciones trasnacionales, los organismos financieros multilaterales, y la ideología neoliberaI, sólo puede producir más de lo mismo: es decir, más empobrecimiento, más degradación ambiental, más degradación humana, y por lo tanto, mayor tendencia a la violencia, a la inseguridad, a la regresión hacia la guerra de todos contra todos donde, como en la condición prepolítica descrita por Hobbes sólo existe “el miedo y el peligro de la muerte violenta”.

Al mismo tiempo, debe considerarse que la globalización ofrece la oportunidad para un desarrollo más humano y más respetuoso del medio ambiente.

En primer lugar. el proceso de globalización pone de relieve la existencia de un conjunto amplio de temas y problemas de proyección universal que sólo pueden ser encarados de manera eficaz reconociendo esa proyección, y adoptando acciones y estrategias también de proyección global, o por lo menos regional. Es, por supuesto, el caso del medio ambiente. A él podemos agregar la problemática de los derechos humanos, de los trabajadores migrantes, del desarme; los derechos de la infancia; la violencia contra las mujeres; el lavado de dinero producto de actividades ilícitas; el endeudamiento externo y las condiciones leoninas de pago impuestas a los países deudores. En conjunto, estos lemas y problemas, y otros que sin duda podrían agregarse, diseñan lo que podríamos denominar “agenda hacia una ciudadanía global” o, si esto parece demasiado osado todavía, “agenda para una conciencia global de la ciudadanía” que convoque a la acción por encima de las fronteras nacionales.

En segundo lugar, junto con el desarrollo progresivo de la agenda hacia una ciudadanía global, tiene lugar el crecimiento de amplias redes de expresiones asociativas, genéricamente denominadas “organizaciones no gubernamentales”, que abarcan una enorme variedad de casos: locales, nacionales, trasnacionales; orientadas hacia ternas específicos o sectoriales o hacia cuestiones globales. La eficacia de estas organizaciones, su autonomía efectiva respecto del Estado y las corporaciones, así como el tipo de relaciones que mantienen con la gente, son extremadamente variadas y han motivado discusiones intensas. Muchas de ellas han probado ser simples fachadas de los grandes actores de la globalización financiera y de la penetración neocolonial de las grandes potencias —o, por lo menos, un modus vivendi disimulado tras la máscara de la beneficencia—, pero en otros casos, y es fundamentalmente en ellos en los que estoy pensando ahora, esas organizaciones probaron ser de un valor estratégico para la introducción y la promoción muchos de los temas de una agenda global alternativa —derechos humanos, medio ambiente, derechos laborales, derechos de las minorías étnicas, la problemática de la opresión de género de las mujeres...— incluyendo la lenta pero progresiva sensibilización de algunas organizaciones e instituciones políticas respecto de tal agenda.

En tercer lugar, algunos aspectos del sesgo y de los efectos desigualadores de la globalización “realmente existente” ayudan, contradictoriamente, al progresivo desarrollo de lo que en una ocasión anterior denominé “"globalización de la idea de justicia” (Vilas, 1994a). La desregulación de los medios de comunicación, el internet, etc., permiten el tráfico de mucha chatarra informativa e incluso su utilización con fines atentatorios a la dignidad y la libertad humanas (por ejemplo, la utilización del internet por “paginas” de pornografía infantil); pero también permiten la socialización de información alternativa, o de confrontación con los poderes autoritarios del Estado y de las corporaciones, que ya no puede ser censurado por aquél o por éstas. No todo lo que circula por estos canales puede considerarse como proveniente de los ámbitos más democráticos o progresistas de la sociedad, pero parte importante de lo que circula es de confrontación con los intereses de las fuerzas que impulsan la globalización financiera del capital y sus efectos más negativos. En particular incrementa y acelera el acceso de información entre los nuevos actores de la agenda global a los que me referí en el párrafo anterior.

La enunciación podría extenderse pero me parece que lo apuntado hasta aquí sirve explícitamente para considerar la posibilidad, y de hecho la necesidad, de ver en la globalización, además del conjunto de sesgos e inercias negativas ya discutidas, el desafío para encontrar vías de oposición y alternativas a tales sesgos e inercias. Por supuesto, los avances en el conocimiento y en la gestación de una conciencia de ciudadanía global son todavía mucho mayores que en términos de capacidad para generar impactos en las políticas estatales y en el comportamiento de las corporaciones depredadoras. Pero sin el desarrollo de esta conciencia es imposible pensar en avanzar en el terreno de los resultados concretos Y esta misma conciencia es un extraordinario desarrollo concreto: posiblemente por primera vez en la historia, enormes cantidades de seres humanos estamos pensando en términos de humanidad, proyectando nuestro sentido de responsabilidad y nuestros deseos de justicia hasta los últimos confines de esa humanidad.

Ahora bien: esta ciudadanía global no surge espontáneamente o por inercia de la globalización en curso. Como toda ciudadanía, es el producto de la resistencia a la opresión y de la lucha por algo mejor que lo realmente existente Sin una voluntad de confrontación a lo presente, hasta la idea de futuro carece de sentido.

 

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Artículo publicado en  John Saxe-Fernández (coord.) Globalización: crítica a un paradigma, México, UNAM-IIEC-DGAPA-Plaza y Janés,1999, pp 69-101.

El autor es argentino. Hasta 1999 fue investigador titular en el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades, UNAM. Actualmente es funcionario del Instituto Nacional de la Administración Pública en Buenos Aires. Es autor y coordinador de dieciocho libros y más de doscientos artículos académicos. Sus obras más recientes son The New Politics Of Inequality in Latin America (Oxford, 1997) y América Latina: Experiencias comparadas de combate a la pobreza (CEIICH-UNAM, 1998). Es el único autor latinoamericano incluido en la antología internacional sobre revoluciones y cambio político de la International Library on Politics and Comparative Government (1996). Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.  

 

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