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DIVERSIDAD CULTURAL Y GLOBALIZACIÓN

 

María José Fariñas Dulce

 

Del 3 al 15 de octubre de 2005 se celebró la Conferencia General de la UNESCO con un objetivo importante: la elaboración de una futura Convención sobre Diversidad Cultural del Mundo, cuya base se encuentra en la Declaración Universal de la UNESCO sobre Diversidad Cultural, adoptada por unanimidad en noviembre de 2001 por la Conferencia General, tras los atentados del 11 de septiembre. Dicha Declaración se fundaba en la conjunción, entre otros, de dos principios ideológicos claves, el reconocimiento del pluralismo cultural y el respeto a los Derechos Humanos, y afirmaba en su artículo 1º que la diversidad cultural es "un patrimonio común de la Humanidad", cuya defensa hará posible un mundo más justo, más abierto y más democrático.

El proyecto de Convención, que ahora se está debatiendo, tiene como objetivo "la protección y la promoción de la diversidad de las expresiones culturales del mundo". Se basa, entre otros, en los principios de la igual dignidad y respeto de todas las culturas, la solidaridad y la cooperación internacional de las "culturas en diálogo", el acceso equitativo y el desarrollo sostenible. Todo ello bajo el prisma fundacional de la propia UNESCO, como agencia especializada de las Naciones Unidas: "Construir la paz en la mente de los hombres". En definitiva, está en juego la aprobación de un texto legal que ponga en marcha un verdadero derecho internacional que regule el tratamiento de los bienes y servicios culturales, en cuanto que son portadores de los valores y la identidad de los pueblos. Su eficacia dependerá de su grado de aplicación en caso de litigio, de la posibilidad real de imposición de sanciones, así como de su relación de no subordinación a otros textos internacionales firmados por las partes.

Pero el debate en torno a estos objetivos no es pacífico y la unanimidad en la actual Conferencia General no está garantizada, hasta el punto de que algunos Estados miembros pretenden retrasar la aprobación de la Convención hasta la próxima Conferencia General de la UNESCO en 2007. El actual proyecto de Convención choca contra poderes e intereses económicos muy fuertes, contra países que temen la radicalización de las identidades culturales o contra otros países, como Estados Unidos, Australia o Japón, que ven en este texto una estrategia de intervencionismo en sectores y servicios (industrias audiovisuales, de telecomunicaciones, industrias culturales, sistemas de conocimiento, sistemas educativos, etcétera), que se suponen regidos únicamente por la regla del libre mercado, tal y como estableció la OMC en el Acuerdo General sobre Comercio de Servicios, o sometidos a las normas mundiales sobre Propiedad Intelectual y Derecho de Patentes (Acuerdos TRIPS).

Estos dos instrumentos legales internacionales están poniendo en marcha a ritmo acelerado un proceso de privatización de los diversos medios a través de los cuales se expresan la diversidad cultural, los saberes y los conocimientos, en definitiva, un proceso de mercantilización de bienes públicos y democráticos. Por ejemplo, el tipo de cultivos, de alimentación y de medicinas tradicionales también forma parte de la identidad cultural de los seres humanos y de los pueblos. Por ello, no deberíamos olvidar que la implementación mundial de los derechos de patentes y de propiedad intelectual se realiza muchas veces a costa de la violación de los derechos tradicionales de los pueblos y mediante la apropiación de los recursos naturales, agrícolas, culturales, cognitivos, genéticos e, incluso, humanos de los países más pobres del planeta. Qué decir, si no, de los actuales monopolios empresariales que promueven los monocultivos con semillas elaboradas en laboratorios, como medio de mantener el control total sobre la producción y distribución mundial de alimentos, de fármacos y de biotecnología.

Lo cierto es que la actual globalización neoliberal genera muchos riesgos para el mantenimiento y la protección de la diversidad cultural del mundo. Asistimos ya a una poderosa globalización cultural que representa el aspecto más profundo de la dominación, porque penetra en la vida íntima de los seres humanos, destruyendo su originalidad y su identidad. Incluso, las personas con frecuencia perciben mucho más fácilmente la agresión cultural que la agresión económica. La globalización cultural niega el derecho de cada cultura a ser ella misma y a desarrollarse en su propio tiempo y con su propio espacio. Es, pues, el fruto de una ideología neoliberal excluyente y totalizadora. Se trata de un nuevo tipo de imperialismo cultural, ejercido especialmente desde el sector privado global, que representa, además en este punto, la antítesis del pacifismo en materia de relaciones internacionales, porque frecuentemente ocasiona desequilibrios sociales, desigualdad económica y expoliación cultural.

Si, a pesar de las fuertes oposiciones existentes, se consigue aprobar la Convención, esto puede suponer un paso adelante en los intentos de gestionar social y políticamente la globalización económica neoliberal. Se trataría de un primer paso para la necesaria cooperación entre el sector privado y el sector público en las políticas culturales y de comunicación, así como una actitud intelectual y estética de apertura hacia experiencias culturales divergentes y plurales.


  
M. Fariñas Dulce es profesora de filosofía del derecho de la Universidad Carlos III de Madrid. Publicado el 13 de octubre de 2005 en El Correo Digital de Vizcaya. El artículo se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

 

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