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Entrevista a Zygmunt Bauman

LA ACCIÓN EN LA SOCIEDAD CIVIL

 

Por Fernando Vallespín

 

En una reciente conferencia en Madrid trató acerca del creciente divorcio entre el conocimiento que tenemos de gran cantidad de cuestiones cargadas de valor moral y nuestra capacidad para abordarlas mediante una acción moral efectiva.

 

Quizás el mensaje más seminal, aunque apenas articulado de modo explícito, de la extensión planetaria de la televisión sea el complejo desfase entre lo que sabemos y lo que podemos hacer; entre lo que desafía a nuestra conciencia y lo que clama por alguna acción, lo que nosotros, testigos pasivos, podemos modificar mínimamente. Tenemos todos los instrumentos para la tele-visión, pero apenas ninguno para la tele-acción: vemos más allá de lo que nuestras manos pueden alcanzar. Diariamente contemplamos cómo se hace el mal, cómo se sufre el dolor, pero el desafío que ello representa para nuestros sentimientos morales queda en gran medida sin respuesta. No hay duda de que algunas de nuestras acciones y reacciones están inspiradas moralmente, pero sus efectos no llegan a compensar la enormidad de cuestiones que los inspiraron. Somos demasiado concientes de ello, pero no sabemos cómo superar esa brecha. Habiendo sido colocados en la posición de “espectadores” (de testigos que ven cómo se hace el mal, pero que aún así no hacen nada por evitarlo, ni siquiera prevenirlo) se nos ha privado de la excusa más común para la conciencia culpable: el “yo no lo sabía”. La única excusa que queda es la que se apoya en la impotencia: “haga lo que haga no servirá de nada”. Es una débil excusa, poco convincente incluso para nosotros mismos. Sospechamos –y con buenas razones que más bien se trata de lo contrario: de que lo que hagamos o dejemos de hacer sí importa...

 

Aquí es donde entraría el “problema de la acción” en la sociedad global...

 

El espacio planetario en el que se forman las condiciones de nuestras vidas compartidas parece completamente “desregularizado”: aunque supiéramos exactamente qué hacer para ajustar ese espacio a nuestros valores éticos, no sabríamos quién sería capaz de realizar esa tarea. En momentos de reflexión, sentimos que el espectáculo de ausencia de regulaciones (también el que promueven, con impunidad, unos poderes que deberían ser los primeros en demostrar su compromiso con estándares éticos globales) solo puede servir como invitación a más desorden, y que no hay ninguna fuerza a la vista capaz de romper ese círculo vicioso. Estamos en una era de experimentaciones, de ensayos y errores. La mayoría de las consecuencias de la globalización acelerada no han sido previstas, y todavía debemos aprender, probablemente a un alto precio, las habilidades sociales necesarias para hacerles frente y dominarlas. Es demasiado pronto para prever la forma final de la cohabitación humana planetaria.

 

¿En qué consistiría esa “comunidad global”?

 

Hay una cosa que sí puede postularse: la perspectiva de una “comunidad global” es un horizonte último en el que debemos medir la pertinencia de cada paso que demos hacia su consecución. ¿Cuánto nos aproxima esa respuesta ideal a nuestro destino común, a la interdependencia, a la responsabilidad mutua? Y, además, solo una cosa, aunque de una importancia crucial, parece cierta: una “comunidad”, para merecer tal nombre, debe apoyarse en la idea de que sus miembros asumen una responsabilidad compartida por cada cual. No puede haber una comunidad sin un sentido y una práctica de la responsabilidad. Y si la capacidad de carga de los puentes se mide por la fuerza de sus pilares más débiles (y no por la media estadística de la fuerza de los pilares) la solidaridad de una comunidad se mide por el bienestar y la dignidad de la vida de sus miembros más débiles. Estados Unidos, principal autor de la destrucción de Irak, ha destinado 275 millones a la ayuda, mientras que la suma dedicada a la guerra asciende a 55 mil millones. Hay 115 millones de niños en todo el mundo sin acceso a ninguna educación; dotarlos de escuelas requeriría 5.600 millones de dólares al año, una décima parte de la suma invertida por Estados Unidos en la destrucción de Irak.

 

¿Puede haber alguna esperanza en esa nueva sociedad civil global que se ha activado con la guerra?

 

La “sociedad civil global” es otra cuestión. Se constituye a sí misma en el proceso de creación de una democracia planetaria, y exige algo más que unirse a manifestaciones y firmar cartas de protesta; hasta ahora se ha avanzado poco en ese proceso. Por otra parte, lo que ha emergido en el movimiento de protesta mundial contra la guerra ha sido algo así como un “sentimiento de comunidad planetaria”. Ha sido un ejercicio mundial de empatía; un descubrimiento, en forma de fogonazo, de la semejanza de los seres humanos, de sus esperanzas y temores, sus alegrías y sus penas. Estamos todavía muy lejos de llegar a ser una “comunidad planetaria”, pero el sentimiento de humanidad compartida es una condición importante para que pueda llegar a producirse alguna vez; lo mismo que otro descubrimiento que hicimos durante las protestas contra la guerra: que no hay soluciones locales para problemas generados a nivel global, que las cuestiones globales solo pueden confrontarse y controlarse globalmente.

 

¿Hay alguna posibilidad de que este nuevo movimiento social pueda articularse a través de una acción política eficaz y con sentido?

 

Cualesquiera que sean sus virtudes y sus logros, el movimiento contra la guerra adolece de la debilidad común a todos los movimientos de “tema único”: se difuminan y mueren tan pronto como el objetivo en cuestión desaparece de la agenda; gestan pocos vínculos humanos duraderos y dejan pocos trazos estables sobre el pensamiento humano y las prácticas cotidianas. Además, aparte de sus ventajas, construir un movimiento de masas en torno a un único objetivo tiene serios defectos. Permite unificar a grupos y categorías de personas que se mueven por muy diferentes motivos y fines. Olvidan sus diferencias pero solo durante un tiempo, en cuanto la cuestión unificadora desaparece de la atención y la preocupación del momento, las divisiones vuelven a hacer acto de presencia, a menudo profundizadas y fortalecidas por la frustración. No es concebible un avance decisivo hacia una sociedad civil global o una comunidad mundial a menos que la desigualdad e injusticia planetarias, que subyacen en el fondo de nuestras desconfianzas, perjuicios y enemistades mutuas, se afronten sin rodeos y se hagan serios y concertados esfuerzos por mitigarlas y recomponerlas a largo plazo.

 

  
Publicado el 5 de enero de 2006 en Brecha, Montevideo. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos.

 

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